Opinión

  • | 2009/08/21 00:00

    El país de la biodiversidad

    Hay que aprovechar la celebración del Año Internacional de la Biodiversidad en 2010 para convertir este valor estratégico en un gran propósito nacional.

COMPARTIR

Para nadie es un secreto que Colombia es el país número uno a nivel mundial en número de especies de fauna y flora por kilómetro cuadrado. En otras palabras, somos el país de la biodiversidad. Pero la pregunta que muchos se hacen es ¿y para qué nos sirve todo esto?

Contamos con el mayor número de especies de aves y anfibios, somos segundos en plantas vasculares después de Brasil -que tiene un territorio siete veces más grande que el nuestro- y estamos en el tercero y cuarto lugar en lo que a reptiles y mamíferos se refiere. Colombia, con tan solo 1% de la superficie del planeta, concentra el 10% de toda la biodiversidad. Una condición que, tal como lo definiera un grupo de expertos y empresarios en la pasada edición de Expogestión, se constituye en el principal elemento diferenciador de Colombia para su competitividad a nivel global.

El término biodiversidad fue acuñado por el profesor Edward O. Wilson, académico de Harvard, quien según la revista Time es uno de los hombres más influyentes del planeta por sus múltiples investigaciones y publicaciones en el área de la biología. Para Wilson, la biodiversidad es a Colombia lo que el petróleo ha sido para Arabia Saudita.

Una de las formas para acercarse a este tema ha sido el biocomercio, definido por la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo como el conjunto de actividades de recolección y producción, procesamiento y comercialización de bienes y servicios derivados de la biodiversidad nativa bajo criterios de sostenibilidad ambiental, social y económica.

Las cifras son sorprendentes. En 2006, el mercado mundial de productos para el biocomercio fue de US$210.380 millones, en los cuales Colombia solo participó con un 0,05%, cifra ridícula comparada con el potencial que tenemos. Dentro de los principales productos que exportamos están las plantas medicinales y aromáticas; peces ornamentales y mariposas; aceites vegetales, grasas, ceras y resinas y colorantes producidos a partir de productos de nuestros bosques, en tanto que para los mercados locales se producen heliconias y follajes, mermeladas y pulpa de frutas tropicales y ajíes, entre otros productos. En su gran mayoría se trata de incipientes microempresas de pequeños productores en zonas remotas. El mercado mundial de productos orgánicos crece exponencialmente: en 2004 las ventas fueron de US$27.000 millones, y para 2007 habían alcanzado los US$40.000 millones. Algo similar pasa con el ecoturismo, cuyo mercado global es de US$514.000 millones. La tendencia de los mercados mundiales es hacia una mayor demanda de productos naturales. Así se observa en las industrias de alimentos, farmacéuticos y cosméticos.

Son muchos los esfuerzos que se han hecho en este campo. Sin embargo, por tratarse de un tema novedoso, son aún innumerables los retos para ponernos a la vanguardia en esta área. Temas como la inseguridad jurídica, la necesidad de consolidar cadenas de valor, la articulación de esfuerzos hoy dispersos entre diferentes instituciones, un mayor desarrollo en ciencia y tecnología que permita avanzar en procesos de innovación, además del involucramiento de los sectores empresariales que practican un comercio justo, son tan solo algunos de los aspectos que hasta ahora empiezan a estar en la agenda.

Apostarle a la biodiversidad como un producto de clase mundial cumple con dos propósitos fundamentales: generar riqueza y aclimatar la paz de manera equitativa y sostenible, tomando en cuenta que las principales reservas naturales de nuestro país están en manos de campesinos, indígenas y afrocolombianos, clases marginadas que hoy viven en medio de los rigores del conflicto, el narcotráfico y el desplazamiento; y, de otro lado, poner el énfasis en la conservación y uso ético y sostenible de la biodiversidad, lo que permitirá garantizar los servicios ambientales de los que depende nuestro desarrollo: agua, aire, suelos fértiles para nuestra seguridad alimentaria, mitigar el cambio climático, etc. A esto se suma el evitar continuos desastres naturales y numerosas pérdidas económicas y de vidas.

Colombia debe beneficiarse de este potencial que nos diferencia de los demás países, y para esto qué mejor que aprovechar la celebración del Año Internacional de la Biodiversidad en 2010, para convertir este valor estratégico en un gran propósito nacional.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?