Connie de Santamaría

| 10/3/2002 12:00:00 AM

El oficio de la cocina

Una oportunidad de servir y de transmitir valores.

por Connie de Santamaría

Tengo una sobrina que estudia cocina como profesión. Tiene el gusto, el sentido y desde pequeña lo ha sabido hacer. Ahora será la forma de "ganarse la vida". Me cuenta que la cocina como profesión ha sido de los hombres. Los grandes chefs en la historia han sido hombres, por ejemplo, Auguste Escoffier y, más recientemente, Alain Ducasse y Paul Bocuse. En la mayor parte de los restaurantes famosos, quien está al mando de la cocina es un hombre. Se considera un oficio muy pesado, por lo cual no ven a las mujeres dedicadas a él. Incluso Bocuse se resistía a que las mujeres estuvieran en la cocina. Recomendaba para ellas la pastelería.



Ahora, una cosa es la profesión y otra el oficio diario, esa tarea sostenida, tres o más veces al día, de preparar alimentos para toda la familia que puede volverse rutinaria. Parece ser que la profesión estuviera reservada a los hombres y el oficio a las mujeres. Porque corresponde a ellas, con contadas excepciones, o bien preparar los alimentos o hacerse cargo de supervisar al servicio doméstico que lo hace y que siempre es femenino. ¿Será que al igual que en otras áreas profesionales se reservan ciertos espacios para los hombres?



Pero la tarea de la mujer en la cocina de su casa tiene una importancia fundamental que, si se asume como tal, pierde el papel de sacrificio y se torna en el sacro oficio u oficio sagrado no solo de alimentar físicamente a su familia y amistades, sino también, por qué no decirlo, espiritualmente. Es en torno a la preparación, presentación y consumo de los alimentos donde se puede expresar y poner en práctica el cariño y el interés por la salud y sustento de los otros de una manera más concreta. Además, pocos placeres y sensaciones de satisfacción mayores que comenzar por pensar en qué cocinar, cómo combinar los alimentos, de qué manera organizarse para tenerlo todo caliente y a tiempo y luego explorar recetas, opciones posibles, atreviéndose a crear un poco. Y, por último, ver a la familia y amigos disfrutar lo que uno ha preparado o coordinado e intentar entre todos adivinar a qué corresponde un determinado sabor o compartir diversas formas de preparar un alimento.



Difícil encontrar una mejor forma de servir, de compartir lo propio que sentarse conjuntamente a la mesa a ofrecer nuestra más reciente creación, que vista así va a alimentar y concebida como obligación puede indigestar.



Comer bien, generar un buen ambiente, disfrutar los olores y sabores no solo es un verdadero privilegio --que no tiene por qué estar reservado a la mujer--, sino que es una oportunidad inigualable de mostrar a nuestros hijos lo que es la generosidad, la creatividad puesta al servicio del goce y bienestar de los otros con una actitud amorosa y desinteresada. De esta forma, el oficio pierde lo rutinario y repetitivo. Se torna en un espacio para transmitir valores porque qué mejor que mostrar, en la práctica, que el sustento y la salud, en todos los sentidos, de nuestros seres queridos son una prioridad.



Es fundamental mantener aquello que en nuestros países latinos aún es valorado: disfrutar de una buena comida, del gusto de sentarnos juntos, sin afán, a conversar alrededor de un buen plato. Ojalá, en el intento de reconocer el valor del tiempo que requiere la preparación de los alimentos no lleguemos a aceptar costumbres de otros países que producen industrialmente sustitutos alimenticios como las llamadas "barras de energía", que se pueden consumir para alimentarse sin tomarse el tiempo de gozar la producción de la o el chef del hogar. Si se pierden esos espacios que hacen la vida en familia, se acaba esta forma de vida y luego nos preguntamos por qué.
Publicidad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.