Opinión

  • | 2003/11/28 00:00

    El ocio no es un pecado capital

    Es un tiempo especial que solo cada uno se puede conceder.

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Ahora que se acercan las vacaciones, comienzo a escuchar a las parejas en la consulta y a los amigos en las reuniones, la discusión sobre dónde pasarán la temporada de fin de año para poder "descansar". Todos parecen asumir que solo se puede descansar al salir a vacaciones. Mientras tanto se matan trabajando largas jornadas, abandonan el resto de sus intereses, dejan de lado su salud, ignoran las demandas de sus hijos, no asisten a las reuniones de amigos y todo porque "tienen que trabajar". Simultáneamente, crecen las quejas de salud por el estrés, esa sensación de agobio por las exigencias del trabajo y el conflicto que se nos genera por tener varias demandas de nuestro tiempo a la vez, sin contar con un tiempo para simplemente "estar ahí". Así, todo lo que no es trabajo se pospone para el fin de semana o para el fin de año cuando supuestamente se tiene ese tiempo. Y cuando finalmente llega, nos ocupamos en miles de actividades que tampoco nos permiten descansar. Y arranca otra semana, otro año, con las mejores intenciones de cambiar. Mientras tanto se acaban las relaciones de pareja, se resquebraja la familia, se alejan los amigos, crecen los hijos y seguimos corriendo.

"No nos queda tiempo para darnos cuenta de cuál es nuestro papel frente a nosotros mismos, para conocer lo que somos, para sentir lo que realmente sentimos, para querer lo que realmente queremos", escribe en un testimonio una estudiante de posgrado. Y otra al reflexionar con pesar sobre la falta de equilibrio entre las distintas áreas de su vida, recuerda su experiencia en matemáticas en el bachillerato y describe que cuando no le fue bien en esta materia, "no era porque no supiera matemáticas, en realidad era muy buena; pero entre otras razones estaba en el primer enamoramiento. Al ver que me estaba yendo mal en el colegio, me olvidé de todo eso y me concentré en el estudio".

Esa dificultad para establecer un equilibrio adecuado entre las diferentes dimensiones de nuestra vida y la tendencia a dar prelación al trabajo, a las tareas útiles, nos ha afectado de tal forma que aun cuando les dedicamos tiempo a otras actividades, lo hacemos con afán. Así, el padre de familia que resuelve racionalmente pasar un tiempo con su hijo, siente que está "perdiendo el tiempo" y lo contabiliza cuidadosamente para regresar pronto a las tareas "importantes". Luego, cuando su hijo adolescente ya no quiera estar con él y prefiera distraerse de otra forma, termina internamente -no sin dolor y ambigüedad- celebrándolo porque se le acabó el conflicto de tiempo.

Por otra parte, esa distracción, que hoy es toda una rama de actividad muy próspera, nos aleja nuevamente del tiempo al que se refiere la estudiante arriba mencionada, para conocernos a nosotros mismos, para poder "estar ahí", sin hacer algo "especial", distinto a disfrutar el tiempo sin una exigencia particular. En ese tiempo de ocio podríamos detenernos a mirar quiénes somos, para dónde vamos, por qué y para qué hacemos lo que hacemos. De esta forma, podríamos, una vez pasada la angustia inicial de encontrarnos con preguntas sin respuestas evidentes, tener la disponibilidad para revisar nuestras actividades y establecer nosotros mismos las prioridades que han sido impuestas por el medio externo, sea el trabajo o la distracción. Imposición que explica por qué le huimos al ocio y hemos entrado en el círculo vicioso que nos lleva a evitar el descanso y la tranquilidad de un ratico sin pensar ni hacer algo especial.

No esperemos las vacaciones para buscar esos espacios que nos permitan estar con nosotros mismos sin afán. Empecemos con diez minutos cada dos horas, no es imposible. Así, al aprender a estar con nosotros mismos, lograremos "estar ahí" en cada actividad: con nuestros hijos sin pensar en lo que nos falta hacer, con nuestros padres disfrutando su compañía en silencio, en nuestro trabajo mientras estamos trabajando, porque al lograr estar con nosotros mismos se nos acaba la angustia por mantenernos ocupados, incluso en las vacaciones.
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