Opinión

  • | 1995/02/01 00:00

    ¿El nuevo Mexico?

    En Colombia no sucederá lo de México porque aquí la tasa de cambio sí es un precio de mercado y no un precio político, como lo fue hasta 1991.

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A pesar de la férrea oposición de los dinosaurios locales, tanto México como Colombia -al igual que Brasil, Chile, Perú y Argentina- han iniciado durante el último lustro un proceso acelerado de cambios estructurales, cuyos resultados han sido unos sectores industriales, comerciales y de servicios crecientes y dinámicos. Todos estos países han seguido en mayor o menor grado las mismas recetas económicas: tasas de inflación más bajas, déficit reducidos en el sector público, liberalización comercial y privatización de las empresas estatales.

Pero como es apenas natural, tanto el grado, la intensidad, la cobertura y los resultados han sido diferentes en cada uno de los diferentes países. Hay un aspecto, sin embargo, común en prácticamente todas las economías: la liberalización comercial y de capitales conduce a una reevaluación de las respectivas monedas y un aumento sustancial en el déficit comercial, el cual conlleva necesariamente a hacer menos competitiva la producción nacional frente a la extranjera. Una moneda sobrevaluada por mucho tiempo tiende a minar la capacidad del sector exportador de convertirse en más eficiente y competitivo.

En términos generales, la crisis del peso mexicano se debió a un

desbordado déficit en la cuenta corriente de la balanza dé pagos -por encima del 9% de PIB- y que fue financiado principalmente por crédito y capitales a corto plazo, en un momento de escasez mundial del capital y tasas de interés más competitivas en los mercados norteamericanos y europeos. Lo anterior se combina con una absurda política del gobierno mexicano de utilizar las reservas internacionales del país para mantener una paridad ficticia del peso-dólar y un creciente déficit en el gasto público. En lugar de dejar que el peso se devaluara, las autoridades mexicanas prefirieron gastarse las reservas internacionales.

¡Eureka!, exclamarán al unísono los dinosaurios y los comentaristas superficiales de la economía nacional: "Las raíces estructurales de la crisis mexicana son exactamente las mismas que la colombiana y por lo tanto nos dirigimos inexorablemente a la misma crisis".

Pero la realidad colombiana es bien diferente. En primer término, el déficit de la cuenta corriente del país es del orden del 4.5% del PIB y no del 9%, y como bien lo señala el presidente del Fondo Monetario Internacional, los flujos positivos de capital al país consisten principalmente en inversión extranjera y créditos a largo plazo, haciendo radicalmente distinta la situación de Colombia a la de México. A esto hoy que añadirle la repatriación -en muchos casos permanente- de los ahorros de los colombianos en el exterior, al igual que el ingreso de parte de los flujos del aberrante, pero inocultable, negocio del narcotráfico. En segundo término, ni el gobierno ni la junta del Banco de la República han seguido -a pesar de la equivocada interpretación de muchos comentaristas la política de mantener una paridad ficticia del peso contra el dólar, utilizando las reservas internacionales del país. En forma acertada, la junta del Banco de la República ha dejado que la tasa de cambio la determine la libre oferta y demanda de divisas, cosa que no hicieron las autoridades mexicanas. Finalmente, hasta el momento y a pesar del anunciado pacto social, el déficit del sector público no superará el 1% del PIB en 1995.

Colombia está lejos de tener una crisis como la mexicana. Sin embargo, la brecha entre la devaluación y la inflación sigue siendo preocupante y es un factor negativo en el desenvolvimiento de la economía. Para sub sanar esa anomalía es necesario mantener y acrecentar la lucha contra la inflación y no permitir bajo ninguna circunstancia desbordamiento del gasto público.

Por otra parte -y en contra de la opinión de varios integrantes del equipo económico del actual gobierno- quien escribe esta nota considera que en lugar de restringir la oferta de divisas como se ha hecho, limitando el crédito externo y ciertos flujos de capital, el gobierno debe tomar medidas urgentes para aumentar la demanda por divisas. Dichas medidas pueden desarrollarse en tres campos:

1) La obligación de suscribir parte de los impuestos en bonos denominados en dólares y otras divisas, como recientemente lo propuso don Hernán Echavarría Olózaga, fondos que serían utilizados por el Estado una vez se supere la actual anomalía.

2) Permitir el ahorro y la suscripción de todo tipo de instrumentos de ahorro y captación, como los CDTs denominados en dólares, por parte de los intermediarios financieros en el país, recursos que a su vez se les prestaría a las empresas nacionales.

3) Un esquema que les diera ventajas fiscales a los nacionales para adquirir las nuevas emisiones de deuda pública y privada denominada en dólares.

Las anteriores medidas contribuirían a equilibrar la demanda y oferta de divisas, logrando evitar la peligrosa sobre valuación del peso colombiano.

Por contra, los que propugnan devaluar a la fuerza regresando al superado esquema de una junta monetaria de bolsillo del gobierno de turno, no comprenden el fenómeno del mercado ni la irreversible internacionalización de la economía mundial.
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