Opinión

  • | 2010/01/22 00:00

    El mundo trató de ponerse de acuerdo en Copenhague, no lo logró

    Solo la correcta definición de incentivos, castigos y precios será capaz de crear un "Mercado Ambiental Global" que controle el calentamiento del planeta.

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La sensación de frustración es generalizada. Los representantes de casi 200 naciones no fueron capaces de ponerse de acuerdo respecto a un tema que para muchos parecía obvio. Hay que reducir y prevenir el calentamiento global.

Nos preguntamos qué hay detrás de esa incapacidad de hacer acuerdos y lograr compromisos. ¿Será que la percepción que tenemos del calentamiento global es exagerada? ¿Será que es cuestión de darle tiempo a las negociaciones para que lleguen a zonas de encuentro? O, ¿simplemente será que la humanidad es incapaz de lograr acuerdos, aun en el caso de temas tan avasalladores como este?

Lo cierto es que el problema es mucho más complejo de lo que parece. No se trata simplemente de ponernos de acuerdo en que hay que hacer todo lo que sea posible para detener o al menos minimizar el calentamiento global. El punto de fondo es que esa prevención, esa reducción de daños, tiene costo, y no se ha logrado acordar quién lo va a asumir. La pregunta entonces es: ¿quién pagará la cuenta de la reducción del calentamiento global?

Todavía no hay respuesta para la anterior pregunta, y con plena seguridad, si se llega a una solución, será una solución compleja.

Probablemente estamos frente al nacimiento del más sofisticado mercado que haya tenido la humanidad, el Mercado Ambiental Global.

Se trata de un mercado muy particular. Un mercado en el que participa directamente toda la humanidad, todos los países, sin importar el régimen político o religioso. Un mercado en el cual los costos y beneficios son totalmente asimétricos. Para algunos, los costos son el desarrollo, para otros, producir un poco menos de riqueza, al tiempo el 20 % de los países producen el 80 % de las emisiones.

El más claro ejemplo es China, país que se ha negado sistemáticamente a firmar los compromisos de reducción de emisiones que se le han propuesto. Tiene un potente argumento para no firmarlo. Los esfuerzos que se le están exigiendo van en detrimento directo de su desarrollo. En el sentido estricto de la palabra entonces, el costo para China es el de sacrificar el crecimiento económico de un país que requiere sacar a miles de millones de sus habitantes de la pobreza.

¿Es razonable que China pague este costo? ¿Es razonable que lo haga para reducir las emisiones hacia una atmósfera que fue contaminada por los países desarrollados?

Se estima que el 80% de los gases presentes en la atmósfera fueron emitidos por los países desarrollados. Hoy en día, con la industrialización de China, India y Brasil, parece ser que ese porcentaje de emisiones es del 50%.

El Mercado Ambiental Global debe entonces ser una combinación de mecanismos que haga que todos los actores tengan incentivos para "hacer las cosas bien". Debe haber una estimación correcta del costo de contaminar, acompañada de incentivos atractivos para no contaminar y un mecanismo de compensaciones que cubra los costos derivados de esfuerzos como el que se pretende haga China o que se pretende hagan los países amazónicos cuidando y preservando el llamado "pulmón del mundo".

Este mercado debe además ser atractivo para las naciones y sus gobernantes, pero al mismo tiempo tiene que tener sentido para los empresarios y los individuos.

Hay que ser realistas. La sola preocupación sobre las catástrofes que vendrían dentro de 40 años no es suficiente para propiciar el consenso que evite el calentamiento global. Como mencionaba en una columna anterior, esas catástrofes a largo plazo no producen temor real, y sin temor real no hay sacrificios generales que conduzcan a una solución.

Después de Copenhague, mi conclusión es que hay que trabajar en la construcción detallada de ese Mercado Ambiental Global, en su operativización, en sus mecanismos de valoración y de transacción, en su regulación, en su lógica y su ética. El actual mercado de carbono, aunque importante e interesante, es solo una pequeña arista de un modelo mayor. De forma que todos deberíamos, especialmente los economistas, poner manos a la obra en la construcción de este Mercado Ambiental Global -MAG o GEM, en inglés-, como seguramente se denominaría si llegara a existir.

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