Opinión

  • | 2006/05/26 00:00

    El mejor aliado de Uribe

    La oposición a ultranza al concentrarse en Uribe se descalifica a sí misma por ser irracional.

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El mejor aliado del presidente Uribe es la oposición.

La vertiente violenta de la guerrilla lo favorece, pues sus actos terroristas demeritan los argumentos que ella misma podría tener para protestar, y simultáneamente validan ante la opinión el tratamiento que el Presidente da al problema de la subversión (en cuanto desaparece todo interés por sus orígenes y ataca solo sus manifestaciones).

Pero también quienes compiten con él porque se concentran en ser oposición, en el sentido de orientarse más a descalificar al gobierno que a proponerse como alternativa. No porque no tengan razón: las propuestas de profundizar el modelo económico neoliberal y el enfoque político de extrema derecha (con la percepción de que los paramilitares eran parte de 'nosotros los buenos' pero que les tocó volverse malos para defendernos, o que la capacidad de violencia legítima del Estado basta como solución a los problemas que las relaciones sociales generan) hacen que el principal objetivo sí deba ser impedir su continuación.

Lo que sucede es que para este propósito la estrategia cuenta, y la que se ha seguido es errada: no tiene que ser el Presidente quien responde por todas las decisiones que se toman en las diferentes instituciones del Estado, ni todos los funcionarios que él nombra respaldan lo que a él se le critica, ni son malas o cuestionables todas las medidas o políticas que se asumen. La oposición a ultranza al concentrarse en Uribe se descalifica a sí misma por ser irracional.

Lo cuestionable —y lo que al mismo tiempo es la fuerza— del doctor Uribe es su carácter caudillista, su manejo del culto de la personalidad. Luego, lo que la oposición está haciendo al buscar un mejor candidato alrededor de la persona como tal es reforzar el principio de que lo que cuenta es el caudillo, pero además llevan todas las de perder ante el Factor X que indiscutiblemente tiene nuestro primer mandatario.

No es que todo lo que tenga que ver con la reelección sea indeseable; lo grave es la visión del mundo y la propuesta de la cual forman parte, y es alrededor de ellas que se debe decidir el voto. No fue la subida al poder de Hitler lo que llevó a Alemania a las barbaridades cometidas, sino el que los ciudadanos no quisieron reconocer las realidades que semejantes propuestas acarreaban.

Ese centrarse en las personas produce dos efectos. De una parte, las fallas que nacen de la ideología misma o de las políticas que se siguen pierden importancia, prácticamente no cuentan, y el inicio de un proceso de corrección (y en términos electorales la posibilidad de concretar un resultado) solo se logra mediante la descalificación moral y/o legal del funcionario responsable de una gestión, lo cual es difícil e injusto pues es excepcional alguien que actúe motivado por hacer el mal. Por ejemplo, en el caso Noguera y el DAS se le ha dado más importancia a buscar escándalos alrededor de la persona, que a cuestionar una política de nombramientos que no se basa en la idoneidad para el cargo sino en la participación en la campaña ganadora, o a lo que significa que el órgano de inteligencia del Estado esté infiltrado —y/o hasta dónde lo está— por el paramilitarismo (puesto que esto sí no está en discusión). El gusto por 'comer funcionario' no debe prevalecer sobre la necesidad de entender bien el problema.

Pero no solo se pierde la sana crítica. Los aspectos positivos de las propuestas se pierden cuando lo determinante es el 'quién', y no el 'qué' y el 'cómo'. Un gobierno debe tener una orientación ideológica concreta, unas propuestas consistentes con ella, unos programas definidos que sean confrontables con las promesas que acompañan esas propuestas, y un equipo cuyos antecedentes de preparación y experiencia den credibilidad a todo lo anterior. La confrontación es entre la institucionalidad y el caudillismo. Más que decidir si uno u otro candidato tiene tales o cuáles condiciones y por eso sería mejor que el otro, la escogencia para la ciudadanía es entre lo que Uribe representa —es decir, las convicciones, las virtudes y las capacidades de un individuo (con sus respectivos ánimos de venganza, sentimientos mesiánicos, y otras limitaciones)— y lo que sería el gobierno de quien pertenece y ejerce a nombre de una institución. Es decir, entre quien tiene por ejemplo el respaldo de la Social Democracia como organización internacional y de los mandatarios que en diferentes países ejercen en representación de ella, y no solo la relación personal amigable o antagónica con determinados gobernantes; entre quien se reconoce obligado por los estatutos de un partido, o sea que nace y pertenece a una organización que ha desarrollado y estudiado programas y políticas como propuestas concretas de gobierno, y quien depende solo de su propia inspiración; entre quien está acompañado por tanto por varios actores que han participado y colaborado en esa elaboración con una trayectoria que los ha familiarizado y preparado para desarrollar esas propuestas, y quien se guía por una especie de instinto de 'cazatalentos' para buscar en organizaciones ajenas no solo quién puede servir, sino quién se deja 'sonsacar'; en fin, la diferencia entre alguien que responde solo por sí y ante sí, y alguien que es vocero de una ideología, reconoce compromisos y limitaciones legales, presenta y depende de propuestas programáticas concretas, y lo acompañan quienes han tenido identidad como equipo para compartir tanto lo que sería la acción política como la responsabilidad administrativa.

Que los resultados de las propuestas actuales y de los modelos que las acompañan son insatisfactorios lo reflejan las mismas encuestas que miden la intención de voto por la reelección: si se pregunta por temas específicos, como empleo, manejo económico, relaciones internacionales, servicios públicos, o incluso 'seguridad democrática' cuando no se limita al simple eslogan y se concreta a sus resultados con la guerrilla o a resultados en la guerra antidrogas, el gobierno no cuenta con la aprobación de la mayoría.

Infortunadamente, el electorado no percibe que eso se debe a esos modelos y propuestas porque la oposición no ha logrado hacer claridad al respecto. No ha sucedido lo del cuento (viejo entre nosotros pero que los estadounidenses acaban de descubrir con Bush) de los gatitos que eran todos furibundos por Bush el primer día de nacidos, que al segundo día la mitad ya no lo eran, y que al tercer día ya ninguno lo era, y la explicación simplemente es que con el tiempo iban abriendo los ojos.
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