Opinión

  • | 2003/09/05 00:00

    El libre comercio y las pesadillas

    Antes de lanzarnos a lo que llaman 'negociaciones', necesitamos más estudio, más concertación y más claridad en lo que se requiere para saber cómo lo debemos buscar.

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Cuentan de un individuo que sufría mucho porque no podía dormir. Pasaba toda la noche desvelado, pensando en los problemas administrativos de su empresa, en las dificultades financieras que atravesaba personalmente, en las malas relaciones familiares, etc. Y para colmo de males, su cama era un viejo mueble heredado de sus antepasados con un colchón de borra que hacía que incluso cuando lograba conciliar un poco el sueño los mismos temas le volvieran en forma de pesadilla.

Buscando consejo, contactó un amigo médico, supuestamente especialista en esas enfermedades, quien le diagnosticó que su problema se solucionaba con la adquisición de un nuevo modelo de colchón especialmente blando que ayudaba a dormir a cualquier parroquiano.

El colchón era sumamente caro, pero lo podría pagar cambiándolo por su empresa.

Una presentación similar nos hacen nuestros amigos o consejeros del gobierno respecto al ALCA ayer o al Tratado de Libre Comercio hoy.

Nos proponen que el acceso a los mercados internacionales y la apertura a la inversión extranjera son la respuesta al caos que vivimos, porque son la medicina universal recién descubierta: el remedio consistiría en que los capitales extranjeros vendrían a Colombia, traerían además de los dineros la tecnología para desarrollar el país, y la producción podría ser infinita porque los mercados externos consumirían todo lo que nosotros ofreciéramos. Colombia solo necesitaría aportar la mano de obra y lo que sirva de recursos naturales, y la riqueza que se generaría cerraría la brecha no solo con los países industrializados, sino que permitiría internamente que se acabara la desigualdad. Nos beneficiaríamos además de los bajos precios de los productos foráneos, y desaparecerían la pobreza y los conflictos sociales disminuirían, pues el crecimiento aportaría recursos fiscales para que el Estado responda por sus obligaciones y ofrecería empleo a toda la población, garantizando que todo el mundo tendría satisfechas sus necesidades básicas.

En otras palabras, como al señor del cuento: desentiéndanse de todo y entreguen lo que sea necesario por el colchón que es la gran solución.

Pero también como el señor del cuento, por bueno que sea el colchón no está subsanando el deficiente funcionamiento de la empresa, ni aliviando las dificultades económicas del paciente, ni arreglando las cuitas maritales, ni en general los otros motivos que lo trasnochan. Ni siquiera dice qué pasa con esos otros temas.

El colchón que tiene es malo, pero no es la causa de las pesadillas y, en consecuencia, no es ahí donde está la solución. Las pesadillas nacen de que existen unas situaciones en la realidad y no hay que olvidar que el no poder dormir y el que durmiendo tengamos pesadillas son problemas diferentes pero estrechamente vinculados: el uno no se soluciona sin el otro.

Los tratados de libre comercio (bilaterales o multilaterales, da lo mismo) no corrigen las desigualdades que naturalmente produce el mercado, ni subsanan el deficiente control sobre el funcionamiento de las instituciones (la 'corrupción'), ni reemplazan la planeación para evitar el desorden en la inversión. Se podría decir que, por el contrario, en términos generales propician esos males.

Y también como el consejero médico, los defensores del libre comercio nos proponen que entreguemos todo nuestro aparato productivo a cambio de la apertura total de los mercados, pero mencionando solo lo que aparentemente podría ser positivo, y sin tocar lo que debería producir dudas. ¿Por qué no nos cuentan lo que, tal como está planteado, pasaría, con otros aspectos, con otras relaciones diferentes del comercio de bienes? Por ejemplo, el tema del empleo: ¿estaría igualmente abierto el mercado del trabajo y podrían nuestros nacionales entrar y trabajar libremente en él o los otros países? O el tratamiento al conocimiento y la tecnología: ¿desaparecerían las franquicias y las patentes como lo hacen los aranceles para que todos los partícipes de la integración tengan los productos al mismo costo? ¿Qué pasaría con las barreras sanitarias que justifican el bloqueo a nuestras frutas o nuestras flores pero no impiden que nos manden productos prohibidos por su condición cancerígena? ¿Las políticas de combate al consumo de tabaco irían acompañadas de la misma protección para que no se comercialice en nuestros países o, por el contrario, será la salida para compensar con perjuicios nuestros los beneficios que se buscan allá? ¿Tendrían acceso en igualdad de condiciones y sin trabas de ninguna clase nuestras empresas de servicios, o constructoras, o de grandes proyectos de ingeniería, para operar en Estados Unidos como lo pueden hacer las extranjeras aquí?

Pero lo peor de todo es que no hay diagnóstico pues se parte de la base de no estudiar siquiera al paciente. Siguiendo nuestro ejemplo, puede ser que nuestro cliente tenga una enfermedad en la columna vertebral y que lo que menos necesita es un colchón superblando.

La oferta del tratamiento de 'libre comercio' para el mal nacional no está basada en un estudio y un análisis de la situación colombiana y del origen de sus males; el argumento que respalda su promoción es que es el brebaje de moda.

No se pretende con estas consideraciones llegar a la conclusión de que no hay que hacer tratados o que no hay que insertarse en el comercio mundial. Como tampoco tendría sentido negar que el señor del insomnio, entre otras cosas, tiene que cambiar de colchón. Pero es evidente que lo propuesto no parece ser lo deseable y que antes de lanzarnos a lo que llaman 'negociaciones', necesitamos más estudio, más concertación, más capacitación, más claridad en lo que se requiere para saber cómo lo debemos buscar.

Para terminar la comparación, no olvidemos que el médico, amigo, consejero, que se 'sacrifica' en el servicio público si es interno, o nos 'ayuda' graciosamente si es externo, es al mismo tiempo el fabricante de los colchones.
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