Opinión

  • | 1994/11/01 00:00

    El galeón San José: Lo incontrovertible

    El galeón no se ha encontrado. Los cazadores de tesoros que lo reclaman primero tienen que localizarlo.

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Historias de naufragios conjuran la emocionante imaginería infantil de corsarios, galeones y tesoros escondidos. Morgan, Barba Negra y el Olonés desfilan sable al cinto y cuchillo entre los dientes, mientras entierran sus mal habidas pertenencias en alguna isla desierta. Mapas arrugados y siniestros personajes con pata de palo completan el cuadro. Lo mismo ocurre con las fabulosas riquezas de otros tiempos que se engulló el mar en tormentas y batallas navales. A esta categoría pertenece el galeón San José.

Pues bien, al anochecer del 7 de junio de 1708, un convoy de vela encabezado por el galeón San José fondeó en las islas de San Bernardo, al norte del golfo de Morrosquillo. Venía de Portobello, en la costa caribe de Panamá. La flota constaba de 17 barcos que habían participado en la fabulosa Feria del Istmo. La mayoría eran mercantes débilmente armados, pero al poderoso San José lo acompañaban su gemelo el San Joaquín, capaz como él de montar 64 cañones, y el más pequeño aunque también formidable (55 cañones) Santacruz. Los dos primeros cargaban piezas de oro y lingotes de plata y monedas de oro; era el pago de la mercancía europea vendida en el curso de la feria.

Al día siguiente, el 8 de junio de 1708, el convoy navegó en aguas profundas al occidente de las islas del Rosario. A eso del medio día, una vez negociado el archipiélago, se enrumbó hacia el este. Su objetivo era ganar Bocachica y ponerse al abrigo de los fuertes de la bahía de Cartagena. No lo logra. Mientras el convoy orzaba lentamente hacia su meta lo intercepta un escuadrón inglés de tres navíos de línea. Llevan muchos días esperándole. No son piratas. La suya es una legítima acción de armas entre beligerantes. Los barcos del comodoro Wager enarbolan orgullosamente el pabellón de su majestad británica. España e Inglaterra están en guerra (Guerra de la Sucesión Española, 1701-1713).

Frustrado en su intento, José Fernández de Santillán, conde de Casa Alegre y general de los galeones, ordena virar hacia mar afuera y aprestarse a combatir alineando su conserva según un orden de batalla previamente establecido. Son las cinco de la tarde. Wager persigue y su nave capitana, el Expedition, se lía a cañonazos con el San José. Dos horas más tarde, ya en la oscuridad de la noche, el galeón explota debajo de la línea de flotación y se va a pique en "el breve tiempo en que se pudiera rezar un credo", según la expresión de un testigo presencial. De los 650 pasajeros y tripulantes que transportaba en sus 1.000 toneladas de desplazamiento no hay sino diez sobrevivientes.

El resto de la flota se dispersa. Los ingleses capturan el Santacruz -sin rastros del tesoro--, los españoles abandonan y queman uno de los mercantes (la urca de Nieto) y el resto del convoy (14 barcos) ancla descuadernadamente en Cartagena durante los dos días siguientes. Entre los navíos que arriban a puerto seguro está el San Joaquín con la mitad del oro y de la plata, que tres años más tarde (1711) llega a Europa en barcos de aliados franceses, después de burlar hábil y peligrosamente el bloqueo inglés. A los dos capitanes de Wager se les somete a consejo de guerra en Jamaica y pierden sus comandos por haber dejado escapar el San Joaquín. El comodoro, en cambio, asciende a almirante y acumula una brillante hoja cíe vida. Llega a ser ministro de Marina y cuando muere en su cama -1742- es uno de los hombres más ricos de Inglaterra.

RIMER HECHO INCONTROVERTIBLE: en una noche aciaga hace 286 años el galeón San José se hunde cargado de oro y plata para el pago de mercancía exportada desde la península ibérica, de joyas y del peculio personal de los numerosos pasajeros, y de una remesa de impuestos debidos a la Corona española. Se trata del más importante naufragio de que se tenga noticia en aguas americanas. No se han encontrado los conocimientos de embarque del San José, que de todas maneras no contrarían toda la historia -sólo una parte de lo embarcado se declaraba oficialmente-. Sin embargo, por información circunstancial puede inferirse que al peso en onzas troy multiplicado por el valor actual del oro y de la plata el galeón contenía alrededor de US$500 millones. El valor artístico, histórico y numismático de los objetos y monedas es, por supuesto, mucho mayor. ¿Cuánto vale, por ejemplo, un lingote de plata estampado por la Casa de Moneda de Lima en 1705 para regalárselo a Bill Clinton como pisapapel? Si se deja volar la imaginación y se subasta en Christie's el tesoro del San José, su precio sería muchas veces el de su peso. ¿Cuánto? Lo que el lector quiera soñar...

El tesoro ha permanecido en su profunda tumba de agua cerca al archipiélago del Rosario hasta cuando hoy la tecnología exploratoria submarina lo ha puesto a nuestro alcance. Sólo que ahora no es ya

simplemente un tesoro, sino ante todo un sitio arqueológico de la mayor significación universal; una cápsula del tiempo de la marinería en la Carrera de Indias a principios del siglo XVIII. Los guaqueros no tienen cabida en el futuro del San José. La responsabilidad colombiana es velar porque se conserve intacto para primero estudiarlo con rigor científico.

En 1980, la Glocca Morra, una compañía norteamericana de capital de riesgo, obtuvo permiso para explorar en una extensa zona cercana a las islas del Rosario en pos del San José. La existencia del galeón era, por supuesto, bien conocida tanto por los historiadores como por los buscadores de tesoros. Dos años más tarde -1982Glocca Morra denunció haber encontrado una anomalía en el fondo del océano del tamaño y la forma de un galeón-presumiblemente el San Joséen unas coordenadas que puso a disposición de la autoridad competente (en este caso la Dirección Marítima y Portuaria de la Armada Nacional DIMAR). Segundo hecho incontrovertible: para tener derecho a un porcentaje del descubrimiento, los buscadores de tesoros dijeron haber localizado una especie náufraga en aguas colombianas y señalaron con precisión geográfica el sitio del hallazgo.

En enero de 1993 el gobierno nacional abrió una licitación pública internacional con el objeto de contratar la tecnología y los equipos indispensables para verificar si existía una especie náufraga en las coordenadas denunciadas por Glocca Morra. En junio de este año se realizaron los trabajos por la compañía Columbus America, con la interventoría del Ocean Science Research Institute (Orsi) de La Joya, California, y de la Armada Nacional. La investigación arrojó que en las coordenadas denunciadas por Glocca Morra (cuyos derechos fueron cedidos a la compañía Sea Search Armada), y en milla y media a la redonda, el fondo marino es lodoso y plano como una mesa de billar. No hay rastros de especie náufraga y mucho menos del galeón San José.

La Columbus America no es un buscador de tesoros -aunque también los ha encontrado-. Se trata de uno de los grupos científicos más avanzados del mundo en robótica submarina, cuyas investigaciones se adelantan en cooperación con la Universidad de Ohio y el Laboratorio Nacional de Investigación del gobierno de los Estados Unidos en Columbus (Ohio). No tienen rival en el desarrollo de equipos para la exploración subacuática. Se trata de instrumentos infinitamente más sofisticados que los empleados por Glocca Morra hace trece años; en estas materias se ha pasado de la mula al jet en muy corto lapso. Por otra parte, la principal ocupación de Columbus America no es detectar naufragios antiguos, sino localizar para la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos las cajas negras de aviones perdidos en el océano, o las bombas atómicas que los gringos dejan a veces por ahí regadas. Tercer hecho incontrovertible: si los científicos de Columbus America y sus interventores han dicho que en las coordenadas de Glocca Morra no hay nada, es porque no hay nada.

Si no hay nada, Sea Search Armada tiene derecho exactamente a eso: a nada. Para tomar posesión de un tesoro, lo primero que hay que hacer es encontrarlo, y el San José, evidentemente, no ha sido encontrado, o por lo menos, no ha sido encontrado en las coordenadas denunciadas, que son las únicas que podrían otorgar pertenencia y entrañar obligaciones por parte de Colombia. ¿Y por qué tal despropósito? Aquí se entra en el terreno de lo controvertible. O Glocca Morra encontró el San José y no lo dijo, o no lo encontró, y tampoco dijo. Se trata, recuérdese, de una compañía de capital de riesgo, que compromete los haberes de grandes y pequeños inversionistas muy dispersos (actores famosos, políticos, gentes del común) en una aventura altamente aleatoria. Los expertos que han identificado los equipos y el personal contratado por Glocca Morra, y examinado el tiempo que se empleó durante sus tres campañas en Cartagena y las islas del Rosario (198083), afirman que las expediciones no pueden haber costado -para propósitos científicos- más de 10 a 11 millones de dólares. Se sabe, sin embargo, que la suscripción de acciones pasó de los US$18 millones. ¿Y el resto? Una forma de no tener que rendir cuentas es prolongar la ficción del hallazgo.

e trata. de una hipótesis controvertible, pero menos quizá que acusar al gobierno de estar envuelto en una turbia patraña para arrebatarle a Sea Search Armada (sucesor de Glocca Mora) sus derechos. Eso puede ser útil para engatusar accionistas pacientes e ingenuos dada la deteriorada reputación de Colombia, pero no para el consumo de gente seria. Lo práctico por parte del gobierno sería ahora invitar a los responsables de Sea Search Armada a verificar por su cuenta y riesgo lo que hay en sus coordenadas, eso sí, con una severa interventoría para evitar que se equivoquen de constelación al orientarse en la ancha mar. No sería de sorprenderse que no se hagan presentes porque ellos muy bien saben que nada hay. Pero así por lo menos la abrumada justicia colombiana .y talentosos y respetables abogados dejarían de perder el tiempo embargando galeones fantasmas y definiendo hipotéticas partijas de esquivos tesoros en las simas marinas.
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