Opinión

  • | 1998/06/16 00:00

    El fin del gradualismo

    Los desequilibrios externos se corrigen en forma abrupta y dolorosa. Prometer un ajuste gradual es anticipar que no se tomarán medidas a tiempo.

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No hay ajuste gradual. Desde que el desequilibrio externo sea crítico, no hay posibilidad de mejorar poco a poco la situación. Los inversionistas internacionales temen que un buen día, con o sin razón, el tipo de cambio tenga un ajuste abrupto. Si el país necesita financiamiento no lo conseguirá. Quienes puedan tratarán de adquirir divisas y retirar sus inversiones, antes de que las cosas empeoren. Si las autoridades económicas le apuestan a defender el tipo de cambio vendiendo reservas internacionales, el mercado podría interpretarlo como un factor adicional de debilidad, agravando aun más la situación.



No es posible saber cuándo ocurrirá tal cosa. Lo que sí puede conocerse es que, en la medida en que el déficit externo aumente, es mayor la probabilidad de una crisis y de un ajuste abrupto.



Si la crisis ocurre por un déficit externo del 7% del PIB, la corrección que se hace en un solo año es típicamente de unos 6 puntos del PIB. De un solo golpe se corrige la brecha externa abierta en varios años. Pero al poco tiempo se reduce el crecimiento económico, pierde terreno la tasa de cambio y aumentan el desempleo y la inflación.



¿Si los ajustes suelen ser tan dolorosos, por qué no se hacen antes? La razón es que, como es muy baja la probabilidad de que la crisis ocurra en un momento preciso, para muchos de los involucrados resulta atractivo esperar.



Para el gobierno es mejor dilatar las cosas para no asumir el costo político. Para el banco central es mejor esperar, porque su principal objetivo es controlar la inflación y no hacerle favores al gobierno con devaluaciones precautelativas.



Para los inversionistas internacionales es mejor esperar porque los períodos anteriores a la crisis siempre son los de mayores rentabilidades. Incluso para las agencias internacionales de calificación del riesgo, cuyo objetivo debería ser anticipar los desastres, la espera es su mejor opción por temor de que alguna señal negativa pueda precipitar una estampida en un momento en que hay muchas transacciones financieras internacionales en juego. Las calificaciones de riesgo suelen corregirse sólo después de que ha estallado la crisis.



Con alguna dosis de visión, las autoridades económicas pueden aprovechar la crisis a su favor, en especial cuando no han sido responsables de su generación. La experiencia mundial y latinoamericana es rica en ejemplos de cómo las crisis facilitan las reformas económicas.



D(*) Eduardo Lora es economista y trabaja en el BID. Las opiniones que expresa en este artículo no comprometen a esa entidad.
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