Opinión

  • | 2010/11/12 12:00

    El fenómeno de la corrupción

    Cualquier resultado que se logre mediante caminos tortuosos es corrupción, con la circunstancia de que el acceso así al poder político es más cuestionable y más grave que las coimas y los serruchos.

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Un amigo me señaló lo interesante que sería conocer indicadores de lo que ha sido el crecimiento de la corrupción en los últimos años, y así ver la diferencia de trato del tema entonces y ahora. Recordó lo esporádico de los escándalos y lo violento de la reacción antes, en contraste con la dimensión y lo reiterativo de los casos actuales y lo resignado del país ante ellos.

Si partimos de la base de que no es solo por la gracia de Dios -o del demonio- que 'los colombianos somos así', valdría la pena buscar algunas razones de lógica que expliquen por qué se está viviendo esta escalada.

Por ejemplo, el clientelismo o politiquería no es un mal nacido de la naturaleza de nuestra gente sino de la organización política que hemos creado: con la eliminación de la confrontación de ideologías, de propuestas o de modelos impuesta por los pactos del Frente Nacional, la competencia por el voto se reduce necesariamente a quién se acerca con más halagos al votante; si de-saparece el propósito de capacitar y motivar al elector para que escoja entre verdaderas alternativas, y solo se presentan opciones en la práctica similares, lo esperable es que la decisión se tome alrededor de quién ofrece más beneficios inmediatos, directos y personales; o sea, que gane quien paga más por el voto -ya sea en tejas, en becas o en simple dinero-.

A su turno, quien consigue los recursos para acceder a un poder espera recuperarlos con él: cuando para una campaña a una curul en el Senado se estima un gasto de $5.000 millones o una a la Cámara en $2.000 millones, es inevitable que se adquieran compromisos con los financiadores que por supuesto tienen intereses concretos al hacer sus aportes. Se completa así el círculo vicioso de que las elecciones se convierten en contraprestaciones alrededor del dinero, tanto en la captación como en la repartición, y no se requiere perversidad para que dentro de este sistema nazca la 'corrupción'.

En la dimensión económica y concretamente en la de los contratos, el sistema de licitación tiene una tendencia natural a que las mejores opciones las tiene quien haga la oferta más baja, es decir la de mayor riesgo. Guiarse por simples criterios de mercado hace que uno reciba por lo que paga, con lo cual, a menos que se cambie de principio y se dé prioridad a otros criterios, el contratista ganador buscará otras compensaciones (prórrogas, modificaciones, adiciones, mala calidad) que le garanticen un retorno parecido al de una propuesta seria.

Un agravante mayor que se aplica también al mundo del poder político es la imposición del modelo neoliberal que hace que el Estado se retraiga y, en vez de intervenir buscando regular las distorsiones de las desigualdades del poder, defiende la teoría de que el mejor orden nace de la libre competencia; esto, que aplica no solo a la economía sino por igual al mundo de la burocracia estatal, hace que lo que antes se consideraban incompatibilidades (cuando un candidato a funcionario en determinado cargo tenía intereses dentro, o participación en la dirección o manejo del mismo sector) bajo las nuevas reglas sea el idóneo para asumir dicha función. Caso contrario a ejemplos como el conocido de Arturo Sarmiento, a quien le fue ofrecido un par de veces el Ministerio de Agricultura por su experiencia en el ramo, y justamente por considerar que su actividad le creaba conflictos de interés nunca aceptó. Hoy, el sector privado y el sector público no son excluyentes sino, por el contrario, la representación del gremio fácilmente lleva a la responsabilidad estatal o a la inversa a través de la famosa puerta giratoria. El modelo alterno es por excelencia el francés donde las 'Grandes Écoles' son universidades orientadas a formar servidores públicos y la carrera administrativa es una profesión y no un accidente que aporta oportunidades y honores ocasionales pero a lo cual ni en el enfoque ni el tiempo hay dedicación exclusiva.

Y esto lleva a otro aspecto como es el de que la corrupción no es únicamente la que gira alrededor del dinero. Cualquier resultado que se logre mediante caminos tortuosos es corrupción, con la circunstancia de que el acceso así al poder político es más cuestionable y más grave que las coimas y los serruchos (al fin y al cabo estas últimas casi siempre son condición para las otras). No solo es costumbre entre nosotros atacar a las personas por tener convicciones diferentes de las nuestras (con o sin fundamento acusarlas de 'corrupción', en vez de controvertir sus propuestas), sino pareciera que el camino solo es indebido si hay dinero de por medio. Por eso, para algunos hay eventos como el cambio de 'articulitos' de la Constitución mediante el soborno del voto pagando con puestos, que se ven como simple 'habilidad política'. En este sentido sería necio minimizar el peso que ha tenido el deterioro de la ética pública alrededor del mal ejemplo transmitido en los últimos tiempos desde el alto gobierno.

A todo lo anterior se le puede sumar una política antidrogas absolutamente errada. La idea de que solo se puede aceptar la modalidad de 'tolerancia cero' y envolver todo el problema en un solo concepto ha llevado al peor de los mundos: más drogas y más criminalidad. La rentabilidad de esa actividad depende de su ilegalidad -y de la delincuencia y corrupción que la acompaña- con lo cual más que disuasión es estímulo lo que ese enfoque aporta. A título de ejemplo, si el mayor precio disminuyera el consumo, el permitirlo con altos impuestos lograría el mismo resultado, pero dando ingresos al Estado y no motivando y dándoselos a los delincuentes.

Y una consideración que no es de menor importancia es que la inmensa mayoría de las 'denuncias' de corrupción no tiene por propósito acabar con ella, sino beneficiarse de su existencia. Desde su explotación para ganar rating por parte de los medios de comunicación, hasta su uso para desacreditar rivales políticos, quienes promueven el escándalo por lo que sucede tienen más en mente los réditos que les puede dar el mover las emociones del público y tomar figura de 'puros' que estudiar en qué forma se podría corregir esa situación (algo parecido al llamado 'cartel de la moral' en los Estados Unidos, que vive de la 'guerra a las drogas' -y que va desde los políticos que consiguen curules en base al mal que ellas producen hasta toda la burocracia de la DEA-, y que por eso no permiten que se acabe, ni se corrija esa política de la cual depende su propia existencia o su poder).

La corrupción como la violencia y la delincuencia han tenido crecimientos que tienen causas explicables. Pero no se estudia como un fenómeno social, de unas reglas del juego políticas nacidas del marco institucional que tenemos, de una moralidad pública que sigue las directrices de sus gobernantes, y por supuesto complementado de un lado de la cultura mafiosa que se apoderó del país, y del otro de las condiciones de necesidad en que se encuentra buena parte de la población.

Sin embargo, no aparece el interés en estudiar el fenómeno de la corrupción como tal, sino solo el de dar gran despliegue a los casos particulares, sin profundizar o siquiera pensar en cuales pueden ser las causas.

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