Opinión

  • | 1997/08/01 00:00

    El estornudo de los tigres

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Cuando los mercados bursátiles temblaron el mes pasado luego de la devaluación de la moneda tailandesa, el mundo financiero se acordó de la crisis de México en 1994 y las secuelas a que condujo en otros países. La crisis de México perturbó los mercados bursátiles mundiales, contribuyó en algunos países a detener el acceso a recursos internacionales privados y afectó adversamente los recursos captados por sus entidades financieras. Los acontecimientos de la economía tailandesa afectaron principalmente a los otros tigres asiáticos, incluyendo Filipinas, Indonesia y Malasia. No sólo cayeron sus mercados bursátiles, sino que también se presentó una corrida cambiaria que presionó devaluaciones de las monedas locales contra el dólar. Las caídas significativas en las bolsas de valores más importantes de América Latina pudieron haber obedecido parcialmente a la reacción de los inversionistas ante los acontecimientos al otro lado del mundo. Tanto el episodio originado en México en 1994 como aquél originado en Tailandia el mes pasado ponen de presente la interdependencia de los mercados en una economía globalizada, donde el capital fluye más o menos libremente de país a país, respondiendo a los cambios en rendimientos y riesgos percibidos por inversionistas tanto comunes como sofisticados.



Al operar en una economía globalizada, los países enfrentan mucho más que antes posibles efectos de acontecimientos económicos ocurridos en otros países. Todos tenemos presente cómo la situación económica colombiana ha dependido de las cosechas de café en otros países o de las tasas de interés internacionales que afectan el costo de la deuda. Pero nunca antes los movimientos internacionales de capitales privados fueron tan importantes para los países en vía de desarrollo. Ante la facilidad con la cual hoy migra el capital, se presenta una pregunta similar a la que surge cuando un banco privado pierde depósitos: ¿ocurrirá que los retiros de depósitos se extienden al resto del sistema bancario porque los depositantes pierden confianza en el sistema como un todo? Así mismo, si un país sufre retiros de capital por parte de inversionistas internacionales nerviosos, ¿afectarán estos retiros la percepción de los inversionistas sobre los riesgos y los rendimientos en otros países? Si es así, la pesadilla de contagio en los sistemas bancarios y bursátiles se extiende entonces al sistema financiero internacional.



Al analizar la posibilidad de propagación o contagio de fugas de capitales y depósitos, la pregunta de fondo es si los inversionistas distinguen un banco o un país solvente de un banco o un país insolvente. Con la capacidad de distinguir, las acciones de los inversionistas ante un caso aislado de insolvencia tienen menor riesgo de propagarse hacia países solventes. En consecuencia, un enfoque para reducir los efectos de propagación es mejorar la capacidad de distinguir por parte de los inversionistas. Ello se logra principalmente con políticas fuertes y transparentes que muestren a las claras la solidez de un banco o de un país. En muchas ocasiones, la falta de transparencia o información sobre las reales condiciones económicas o financieras crea la incertidumbre necesaria para convencer a los inversionistas sobre la bondad de salirse de una inversión. Con todo, siempre los bancos o países solventes tienen que demostrar suficiente liquidez y solvencia para sobrevivir los ataques a los depósitos o reservas durante las épocas de crisis.



De otra parte, las posibilidades de originar turbulencias en los mercados internacionales dependen directamente de la fragilidad de las políticas macroeconómicas, incluyendo las políticas cambiarias. La credibilidad de la tasa de cambio en Tailandia estaba comprometida especialmente por un alto déficit en cuenta corriente producido en buena parte por pérdida de competitividad en las exportaciones y altos niveles de deuda externa. Esta situación es una invitación para quienes especulan en los mercados de divisas, apuestan a que la tasa de cambio no es sostenible, y venden activos internos para drenar las divisas del banco central, contribuyendo a sostener sus propias expectativas, bajar los depósitos bancarios, y reducir las cotizaciones bursátiles. El contagio a otros países el mes pasado condujo a que los bancos centrales de algunos otros países gastaran cuantiosas reservas en sostener sus propias tasas de cambio. Con políticas fiscales y cambiarias consistentes y sostenibles, la posibilidad de estas corridas cambiarias hubiera sido mucho más limitada.



A medida que se integren aún más los países en una economía global, la presión para armonizar políticas macroeconómicas será mayor. La Unión Europea y otros bloques comerciales se preocupan cada vez más por la integración de políticas, y no sólo por la reducción de barreras aduaneras. De particular relevancia es la configuración de las tasas de cambio entre las diferentes monedas. Por lo pronto, esta configuración continuará combinando países que flotan sus monedas con otros que las amarran a alguna de las monedas fuertes. Algunos países continuarán presentando oportunidades de especulación, bien sea por cambios endógenos en las condiciones económicas o por políticas macroeconómicas insostenibles. Pese a los progresos recientes en el manejo de estas políticas, el mundo ideal de estabilidad de precios a nivel global, el cual limitaría la actividad especulativa y los efectos de contagio a otros países, está todavía muy lejos de materializarse. Así las cosas, podemos esperar nuevos episodios en los cuales la especulación contra la moneda de un país se extienda a otros países vulnerables.
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