El estornudo de Dios

| 7/19/2001 12:00:00 AM

El estornudo de Dios

Que alguien le traiga a Dios un pax caliente y que le dé dos desenfriolitos antes de dormir, no sea que vuelva a estornudar.

por Armando Botín

Este es una maravilla de país. Lo que pasa es que por una mala jugada del destino un día Dios, que estaba resfriado, estornudó sobre Colombia y desordenó todo. Fue tal la violencia del estornudo divino que todos terminamos en actividades distintas a las que nuestras capacidades y el destino nos deparaban. Desde ese momento, nadie se dedica a lo que debe hacer, sino a cosas totalmente ajenas a su actividad. En especial a opinar sobre el lamentable desempeño de los demás, convirtiendo la destrucción en una constante nacional.



Los periodistas se convirtieron en juristas.



En realidad, nuestros periodistas no son periodistas. Son expertos penalistas. Su fuerte no es la objetividad de la información, sino juzgar y condenar con una celeridad que hace evidente la ineficacia del sistema judicial. En una mañana ya han conseguido las pruebas, han acabado con la inexistente honra de varios ciudadanos y los han condenado. Si la justicia institucional no falla en concordancia con los conceptos de tan doctos juristas, esto solo puede ser explicado por la corrupción de la justicia. No nos digamos mentiras: a este país lo acabó eso de la seguridad jurídica y el derecho positivo. Aquí necesitamos justicia bien pautada.



Los columnistas se convirtieron en ministros.



Los columnistas son los ministros de verdad. Son unos seres a los que ni Laureano les hallaría falla alguna. No solo son adalides de la moral, sino que ya quisieran todas esas crápulas de funcionarios públicos tener tal profundidad de análisis en temas como la reforma tributaria o los servicios públicos. Si opinan con esa contundencia y juzgan con esa vehemencia, se imaginan la maravilla si realmente les tocara enfrentar crisis y tomar decisiones. No solo tendríamos un país diáfano moralmente, sino que la secuencia de decisiones acertadas sería imparable.



Los ricos se volvieron teatreros.



Algunos de nuestros grupos económicos no están integrados por ejecutivos de producción, sino por excelentes y emocionales actores de telenovelas, o del más sentido montaje de Ricardo III. Mucho Shakespeare y poco P&G. La trama es siempre la misma. Todos comienzan como héroes y terminan como villanos. Los héroes y los villanos cambian con la nueva temporada. Los actores de soporte son siempre los mismos. Por eso, somos un país de grandes telenovelas y débiles conglomerados.



El Congreso se volvió plaza de mercado.



El Congreso, el lugar donde se ejerce el noble arte de la política, se nos convirtió en una plaza de mercado. Quien más calumnia, quien más grita, es quien más brilla. Las ideas y los conceptos fueron perdiendo valor en medio de los insultos. ¿Será que si volvemos a las plazas de mercado, ahí nos encontraremos con ese Congreso inteligente donde se debate y se disiente con respeto?



Qué enorme daño nos hizo el estornudo. Tanta amargura y tanta destrucción se deben a que todos parecemos estar en el lugar equivocado. Que alguien le traiga a Dios un pax caliente y que le dé dos desenfriolitos antes de dormir, no sea que vuelva a estornudar. Que le dé un kleenex para que se suene y ponga esto en orden. Que no lo deje enfriar. Que le hace daño.



Alto ejecutivo de una de las 100 empresas más grandes del país que prefiere mantener su nombre en reserva.

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