El dólar fetiche

| 10/26/2001 12:00:00 AM

El dólar fetiche

La idea de sustraer el dólar de las influencias de mercado solo difiere de las antiguas prácticas de manejo populista de los precios en una cosa: sus beneficiarios.

por Javier Fernández Riva

¿Qué pensarían los lectores si alguien afirmara que el intento del Banco de la República de defender la banda cambiaria en 1998 no tuvo nada qué ver con el disparo de las tasas de interés ese año, que los intereses impagables tampoco tuvieron qué ver con la recesión y la posterior crisis de los deudores, cuya verdadera causa fue haber permitido que el dólar subiera al eliminar la banda cambiaria en septiembre de 1999, y que lo poco que desde entonces se ha recuperado la producción no tiene relación alguna con el buen desempeño de las exportaciones, apoyado en la nueva competitividad cambiaria? Posiblemente, que está tomando el pelo o usando el sarcasmo para subrayar exactamente lo opuesto. O que se trata de un marciano, ignorante de la realidad colombiana pero inclinado a lanzar interpretaciones acomodaticias. O que alguien con responsabilidad en el desastroso manejo económico de esa época está tratando de escribir "neohistoria" para falsear la realidad, tan incómoda.



Bueno, eso es lo que dice un artículo reciente de Alberto Carrasquilla, decano de Economía de la Universidad de los Andes, donde crítica a quienes en 1998 pedían que se eliminara la banda cambiaria. Un grupo que, hasta donde sé, ese año incluía solamente al autor de esta columna, que por estas calendas de 1998 escribió una pidiendo la eliminación del engendro, una idea que solo ganó partidarios en 1999. Dejo a los lectores opinar cuál sea la explicación de tan estrafalarios conceptos del decano, pero podría ayudarlos saber que su cargo previo fue el de subgerente técnico del Banco de la República en la época de la tristemente célebre banda cambiaria.



La conexión entre la defensa de la banda con altísimas tasas de interés y los desastres económicos posteriores, incluyendo el aumento vertiginoso de la deuda pública interna para financiar los exorbitantes intereses, ya ha sido reconocida hasta por el Consejo Nacional de Política Económica y Social, CONPES, en un documento de julio pasado. No voy a volver sobre eso, pero quiero hacer unas precisiones sobre el significado del actual régimen cambiario, porque noto un intento deliberado de oscurecer las cosas.



Quienes lamentan el abandono de la banda cambiaria y quisieran retornar a ella o "avanzar" a un sistema de tipo de cambio fijo, como el argentino, aluden con frecuencia a los inconvenientes de la "devaluación", un término que sugiere que los aumentos del dólar son decididos por las autoridades y promovidos por los partidarios de que el peso valga cada vez menos. La verdad es menos conspiratoria y mucho más sencilla: bajo un régimen de flotación cambiaria, como el vigente en Colombia y en la mayoría de los países del mundo, el precio del dólar responde a las condiciones del mercado: sube cuando los dólares son escasos, y cae en el caso opuesto. El debate actual no es entre los "partidarios de la devaluación" y los que quisieran un peso fuerte, sino entre quienes creemos que es conveniente que todos los precios, incluyendo el del dólar, reflejen su escasez o abundancia, y quienes preferirían que el precio del dólar se sustrajera a las influencias del mercado.



Pero hay un aspecto aún más interesante del debate. Según los partidarios de un tipo de cambio fijo quienes pedimos que se permita que el dólar suba cuando su oferta es insuficiente no nos damos cuenta de que el alza puede "propinar un golpe mortal a las empresas endeudadas en dólares". Claro que nos damos cuenta. Como nos damos cuenta de que, cuando sube el precio de la leche se perjudican quienes consumen leche. Y que, cuando sube el pasaje del bus, se perjudican quienes montan en bus. Sencillamente creemos que el reconocimiento de que todo aumento del precio perjudica directamente a alguien no justifica bloquear las fuerzas del mercado pues, cuando se opta por esa vía, acaba causándose un daño económico fuera de proporción con los presuntos beneficios distributivos.



Hace unos años el manejo político de los precios de los bienes de consumo popular, como la leche o el bus, era una de las expresiones más típicas del populismo en América Latina. Esas prácticas cayeron en descrédito pues la historia demostró lo que todo economista aprendía en la cuna universitaria --especialmente si era uniandino-- bueno, eran otros tiempos: si se bloquea el alza del precio de un producto escaso será necesario recurrir a esquemas menos eficientes para racionar la oferta entre los demandantes. Esos esquemas fomentan la corrupción, anulan los estímulos para que fluyan más recursos hacia la producción del bien escaso y garantizan que el problema se agrave hasta lo inmanejable.



Hoy ese populismo de viejo cuño, para pobres, no se estila. Ha sido reemplazado con una especie de "populismo para afluentes", donde el precio del dólar, un bien escaso y precioso, pretende ser manejado para beneficiar a quienes adquirieron deudas en esa moneda, apostándole al control político del tipo de cambio. Por ese camino un país puede terminar como... Bueno, como Argentina.
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