El dilema de Shylock

| 6/14/2002 12:00:00 AM

El dilema de Shylock

Si se exige que una política de recuperación carezca por completo de efectos secundarios transitorios sobre la inflación, la recesión puede prolongarse varios años.

por Javier Fernandez Riva

Bueno, por fin tenemos Presidente. Comparto el optimismo de la mayoría puesto que el doctor Uribe tiene bien ordenadas las prioridades, ha demostrado su capacidad y se ha preparado desde la primera comunión para ejercer el cargo. Más o menos como Peñalosa para la Alcaldía de Bogotá. No me gusta el ideologismo de algunos de sus colaboradores, pero me parece que al Presidente le sobran personalidad y capacidad para que la orquesta toque afinada.



El doctor Uribe recibió un mandato claro para recuperar el orden público, la carencia más sentida de muchos colombianos. Aunque su programa abarca



Todos lo vimos en los noticieros. En una escena la multitud hambrienta asalta un camión cargado de reses, destaza los animales en la vía y corre hacia sus viviendas con los trozos al hombro. En otra la cámara enfoca el tugurio y el alambre del que cuelga por el pescuezo, aireándose como si fuera un conejo, la rata que hará de cena. Esas escenas, y peores, podrían haberse filmado en Colombia, y se filmarán si seguimos como vamos, pero por ahora son de Argentina. Sobrecogedoras pues, hasta hace poco, ese país tenía un nivel de vida europeo y, aún hoy, su ingreso per cápita es el triple del colombiano.



Puesto que Argentina no fue arrasada por un desastre natural ni por una guerra, quienes estuvieron al frente de ese país durante la última década alguna responsabilidad deben tener en la tragedia, así allá, como acá, se ofendan cuando alguien sugiere tal cosa. Pero no voy a ir sobre las causas de la tragedia argentina. Sean cuales fueren, es criminal que un país que cuenta con una población educada, ingentes recursos naturales y una infraestructura productiva todavía en buen estado --aunque acabará cayéndose a pedazos si no se invierte en mantenimiento-- continúe hundiéndose en la miseria.



Pero seguirá hundiéndose, si no cambia el rumbo. Y el cambio no se avizora. Por un lado, el FMI, al cual solo le interesa que se genere un superávit para poder pagarles a los acreedores externos, exige que se recorte todavía más la inversión pública y que se eleven los impuestos para reducir el déficit fiscal. A cualquiera que sugiriera semejante política para un país desarrollado en recesión lo echarían a patadas.



Pero hay un obstáculo aún más grave para la recuperación. Como señaló Paul Krugman, quienes manejan la política económica de los países emergentes, comenzando por Argentina, dieron de un tiempo a esta parte en apostarlo todo a la "credibilidad", a la apariencia más que a la sustancia de las políticas y sus resultados. Hernando Gómez Buendía, en el último número de Semana expresó la misma idea para Colombia diciendo que "cambiamos una buena teoría económica por una mala teoría psicológica", que consiste en "pretender que a uno le creen por lo que hace y no por lo que es". Volviendo a Argentina, vemos que, aun después de haber caído en default, y a pesar de no tener posibilidad de que nadie le vuelva a prestar un dólar --como no sea para cobrarse un dólar con veinte, como hará el FMI-- sigue obsesionada por la "presentación" de su política económica, en lugar de concentrarse en poner al país en movimiento.



Uno de los elementos de esa presentación es la lucha prioritaria contra la inflación. Por ello, después de que el dólar se multiplicó por 3,6 desde diciembre, con un inevitable efecto sobre los costos de producción, el banco central intenta mantener la inflación al mínimo posible mediante una política que se traduce en depresión aguda.



Un país que avanza por su senda de crecimiento potencial, no tiene por qué correr riesgos inflacionarios. Pero hoy Argentina no puede generar la demanda agregada suficiente para volver a crecer sin aceptar que, en el proceso, se generen desequilibrios y alguna presión inflacionaria. Si al cirujano que intenta salvar el paciente abriéndole el tórax para extraerle el tumor recesivo se le impone la misma restricción que el tribunal de Venecia le impuso al estafado Shylock, de no poder derramar ni una gota de sangre, no es posible operar. ¿Será necesario recordar que cuando Junguito "salvó" la economía en 1985, con una gigantesca devaluación y emisión, la inflación aumentó 4 puntos, que nos salieron baratos?



Lo más triste es que en Argentina la inflación de todas maneras va disparada. Pero esa inflación no es la contrapartida de una demanda vigorosa y de la aparición de cuellos de botella a medida que se alcanza el pleno empleo. Es apenas otra cara del disparo del dólar, por la desconfianza de la población en un país que fue llevado a la ruina por políticas absurdas y que hoy es incapaz de levantarse por el "qué dirán".
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