Opinión

  • | 2010/04/16 12:00

    El destino de la humanidad

    No sentaría mal pensar algo diferente a qué pasa con los candidatos y las elecciones; deberían existir otros intereses o preocupaciones.

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La salud del planeta podría ser una. Entre huracanes, inundaciones y terremotos comienza a sentirse que la tierra está sufriendo un proceso de cambio importante. Esto se constata en una especie de lenguaje alegórico en todas las generaciones: los mayores que, con cierto grado de humor, dicen que lo que pasa es que también la tierra se envejece y padece achaques con la edad; los de las generaciones yupis que consideran que se defiende contra los ataques y males que provienen de las acciones del ser humano; y los más jóvenes que simplemente dicen que el hombre ha acabado con su hábitat y que para el futuro, tanto del uno como del otro, no hay esperanzas.

Esta percepción alegórica tiene su correspondencia por supuesto en una realidad. El calentamiento global ya no es una especulación a futuro sino una realidad científica. Los cálculos pesimistas de hace cinco años resultaron optimistas, y todos los indicadores de deshielo de los glaciares, de cómo desaparecen los nevados en todos los continentes, de cómo cambian las temperaturas promedio de casi todos los países y de cómo sube el nivel de los océanos, ha sido peor de todo lo que se previó.

Más que anecdóticos son ilustrativos casos como el desprendimiento de lo que vino a convertirse en el iceberg (¿o la isla

) más grande del mundo en el ártico, o el de los bancos marinos que disputaban la India y Bangladesh y que desaparecieron bajo las aguas dando una solución salomónica al diferendo.

Y la explicación o análisis más evidente que he visto lo propuso Alan García (antes de volverse neoliberal) cuando planteaba que si para llegar a que el 5 % de la población de la tierra tuviera el nivel de desarrollo (léase consumo) de las élites de los países industrializados, el planeta había alcanzado el punto de deterioro que estábamos viviendo, era más que absurdo aspirar o buscar que el 95% restante siguiera el mismo camino. (Como exégeta del pensamiento del APRA, sugería entonces que, más que pretender que los países subdesarrollados alcanzaran esos niveles, lo que se podría estudiar era cómo los que habían usufructuado así las capacidades del planeta compensarían a quienes no comprometieran lo que queda de recursos vitales -v.gr. la Amazonia-)

Pero el destino de la tierra debe ser también el destino del hombre. Algo hay de pretencioso en pensar que la inteligencia o la capacidad tecnológica humana podrán superar esa destrucción del medio ambiente creando colonias en otros planetas como en la película Avatar.

Y, a menos que uno acepte la teoría de que toda la evolución tuvo por único propósito llegar al hombre, lo lógico es suponer que, como todas las otras especies, seremos especie pasajera y otra nos remplazará (los antropocentristas que no ven eso tendrían la pretensión de que Dios solo existe como un instrumento para que el hombre exista y padecerían un fundamentalismo contrario pero peor que el de los creacionistas -la 'secta' fundamentalista de Bush- que se oponen a la enseñanza en los colegios de la teoría de Darwin por alejarse de la versión bíblica de la creación del hombre).

Algo en tal dirección podría verse si se considera que el control de la reproducción puede representar un cambio del estado que nos dio la naturaleza; y otro tanto puede decirse de la nueva vida en sociedad con las secuelas que ha traído de la práctica extinción de la familia; sobre todo cuando las parejas ya no se orientan hacia la propagación de la especie (como lo prueba la proliferación exponencial del homosexualismo).

O lo muestra también la multiplicación de lo que en cuanto a invasión del planeta equivale a las células cancerosas en el individuo, donde la 'modernidad' significa transformar recursos de energía no renovables para producir desechos no degradables (al respecto vale aclarar que los residuos de las plantas nucleares se califican como contaminantes de alto riesgo imposibles de degradar y cada vez es más difícil encontrar quién ofrezca espacio para usarlos como 'cementerios' -solo se puede en los países subdesarrollados, por supuesto-). En especial, el incremento de automóviles con los trancones de tráfico que en todo el mundo paralizan y contaminan la vida de los humanos mientras nos inventamos 'soluciones' para seguir pavimentando nuestro globo y multiplicando la cantidad de carros, con ideas como los famosos biocombustibles.

Como toda la producción agrícola del mundo dedicada a los biocombustibles solo podría sustituir un diez por ciento de la energía que generan el petróleo y el carbón, la verdadera intención de tal 'alternativa' es reducir la dependencia que los Estados Unidos tiene hoy de países que no están bajo su órbita (su aparato productivo depende el petróleo que compra a Irak, Venezuela, Nigeria, Irán y Arabia Saudita, países todos, exceptuando esta última, con pobres relaciones con ese imperio) y, al ayudar a 'rendir' los combustibles fósiles, preservar el poder de las compañías petroleras.

En realidad, lo que determina la evolución del mundo y a lo que responde todo lo anterior es a ese principio tan complejo que se llama la entropía. Como concepto filosófico se entiende como la tendencia del planeta al desorden o al caos. En términos científicos puede ser más claro: es una ley de la termodinámica -o sea una ley de la naturaleza- que complementa la que dice que la energía ni se pierde ni se crea sino solo se transforma; esta ley dice que esa transformación tiende en una dirección, lo cual equivale a decir que pierde potencial de transformación y que el universo siempre avanzará hacia un mayor deterioro.

Habiendo partido del Big Bang, cuando el universo era una masa infinita concentrada en un punto, ese principio de la entropía hizo que esa energía potencial se convirtiera en lo que hoy entre planetas, galaxias y polvo cósmico configura el universo que conocemos.

Pero la misma teoría del Big Bang explica que en el universo hay otros puntos de masa infinita donde ni siquiera la luz puede salir, de tal manera que ignoramos cómo funcionan por dentro. Son estos los famosos 'agujeros negros' que igual podrían llamarse así, más que por absorber cualquier energía que se les acerca, por corresponder al vacío en nuestro conocimiento respecto a ellos.

Pero aún sin ese conocimiento podemos suponer que si algo similar a ellos fue el inicio de nuestro mundo, pueden existir otros mundos paralelos o incluso el nuestro puede desaparecer en uno de esos agujeros y nacer uno nuevo de otro Big Bang.

Los experimentos adelantados por el CERN en el acelerador de partículas en Ginebra, Suiza, son la investigación más adelantada y costosa del mundo y donde más colaboración mundial en el campo científico se da.

La investigación más reciente busca reproducir las condiciones inmediatamente posteriores al Big Bang. Algunos creen que con ello tendremos nuevas informaciones que nos permitirán aprender del pasado y tener más opciones para manejar el futuro; otros temen que la carrera desbordada de la ciencia siga menospreciando los efectos sobre el planeta y se llegue incluso a correr el riesgo de producir un Big Bang que de un golpe acabe con nuestro universo.

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