Opinión

  • | 2009/11/13 00:00

    El desarrollo del modelo de subdesarrollo

    A fuerza de implantar y defender un antimodelo de desarrollo, el Gobierno ha llegado al punto de voltear también los indicadores.

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Difícil encontrar un caso al cual pueda uno referirse más como un antimodelo de desarrollo o un modelo de subdesarrollo que el que tiene Colombia en la actualidad.

En lo económico, el desarrollo consiste en avanzar en la cadena del valor agregado, escalando de la minería, a la agricultura, a la manufactura, a la industria, a los servicios, al desarrollo tecnológico, hasta las industrias del conocimiento. Exceptuando el sector financiero, todos los subsectores han venido cediendo terreno al petróleo y aún más al carbón, o sea como el cangrejo avanzando de para atrás (llegando incluso a la reducción de los presupuestos de educación e investigación; o a desaparecer -como en el caso de Carimagua- los centros donde se habían acumulado estudios a lo largo de decenios).

En lo social, un modelo de desarrollo supone propender por que se cierre la brecha entre los pobres y los ricos de una misma sociedad; la política expresa y sobre todo el resultado que confirman el coeficiente Gini tanto de ingreso como de riqueza es que bajo el mandato de la 'seguridad democrática' la política ha sido la de agrandar la brecha: siguiendo la premisa de que los ricos son los que producen la riqueza se ha volcado el Estado en su favor mientras se anestesia con limosnas a los desfavorecidos. El AIS es solo un ejemplo, puesto que el ICR, las exenciones de impuestos, las zonas francas preferenciales, los 'contratos de estabilidad jurídica', etc., no son sino prebendas para beneficiar a los ricos, a las cuales no tienen acceso los pobres.

En lo político, el desarrollo es el asentamiento de las instituciones y en el caso del sistema democrático el fortalecer los partidos, el equilibrar el sistema de pesos y contrapesos y la independencia de los poderes. Nada más evidente que el retroceso en ese camino. A ello se debe, y además se agregan los diferentes 'choques de trenes', que, a más del descalabro institucional que significan, impiden la resolución de conflictos siendo no solo ejemplo sino motivo de la búsqueda de soluciones basadas exclusivamente en la convicción de la propia razón.

No solo como condición para el desarrollo sino como resultado de él, es la capacidad de propiciar acuerdos que permitan trabajar armónicamente con quienes tienen visiones o convicciones diferentes; es decir, tener la capacidad de buscar la paz con los rivales o enemigos. Claramente está nuestro gobierno alineado en la orientación contraria, no solo respecto a la guerrilla, sino en el campo internacional con los vecinos, o incluso en absurdos tan extremos como el de haberse asociado con Bush en su declaratoria de guerra a Irak.

En lo internacional el ejercer la soberanía, afirmar la independencia y la autonomía, y defender la propiedad sobre los recursos naturales es característico del desarrollo de una Nación. La sumisión a los intereses y las políticas de los Estados Unidos es una decisión para dar más fuerza al Gobierno pero a contravía de estos propósitos; igualmente sucede al crear para las trasnacionales condiciones y prebendas superiores a las del resto del mundo (v.gr. entregar hasta el 92% de nuestro petróleo para recibir regalías de solo el 8%).

Por supuesto, el desarrollo también debe manifestarse por progresos en el campo del respeto por los Derechos Humanos y por la promoción de una ética ciudadana. Es decir, lo opuesto a las políticas que propiciaron los falsos positivos, o al ejemplo sentado de cómo sacar adelante mediante compra de conciencias las leyes de la República.

Por eso, no puede uno menos que oponerse al propósito del Presidente de mantener ese modelo, abusando del poder que ejerce entre los medios de comunicación y de la ingenuidad o indefensión del grueso público ante eso.

Para cualquier economista no enfermo de furibismo, es claro que presentar la baja inflación como un éxito de la política oficial es una burda manipulación; de un lado porque no fue gracias al Gobierno, ni porque él se lo propusiera, ni porque tomara medidas encaminadas hacia ello que esto sucedió; pero, sobre todo, porque esto está muy lejos de ser síntoma de un bienestar de nuestra economía.

La reducción de la inflación podría reivindicarse como buen manejo de las autoridades si esto representara un resultado positivo del pasado y proyectara un desarrollo favorable en el porvenir.

No es lo que estamos viviendo. No es necesario entrar en profundidades para entender que la inflación depende en buena parte de la diferencia entre la oferta y la demanda, y que no es lo mismo cuando ella se reduce porque crece la producción que cuando eso pasa porque disminuye el consumo.

Es cercano a la mala fe asimilarnos a los países desarrollados -como lo insinúa el Dr. Uribe- porque tendremos en los próximos años bajas inflaciones, cuando la causa de esto es que después de la recesión que estamos viviendo lo que se presenta es una mala perspectiva de 'reactivación' (aumento del PIB para 2009 = 0 y para 2010 se espera un 2%).

Cualquiera medianamente informado entiende que no puede ser reivindicada como un logro una baja de la inflación causada por una disminución del 6,5% del consumo de los hogares; un desempleo que sube al 13,5% y un subempleo que excede el 30% con perspectivas de deteriorarse aún más; una caída de la Inversión Extranjera Directa (IED) del 10% con respecto a igual periodo del año pasado; y, a pesar del gran auge de la industria del carbón de las exportaciones del 19,4% (a los Estados Unidos en 16,4% y a Ecuador y Venezuela del orden del 34,8% y 28,8%); además de una caída de las remesas de los expatriados y una revaluación del peso que agrava todo este panorama.

Lo que sucede es que, a fuerza de implantar y defender un modelo de subdesarrollo o un antimodelo de desarrollo, el Gobierno ha llegado al punto de voltear también los indicadores, de forma tal que cuando estos muestran un atraso o un fracaso son presentados como una calificación positiva del modelo.

Y también es abusar de la buena fe de los colombianos la aparente reversa del Dr. Uribe al actuar una vez más como 'jefe de la oposición' al atacar el programa bandera del Ministerio de Agricultura (el AIS).

La decisión y orden del Presidente de suspender la entrega de los 'créditos no reembolsables' a las grandes empresas (aunque no dijo nada de los multimillonarios particulares) lejos de desmentir los motivos y las acusaciones que han causado el último escándalo (y que ojalá sean la gota que desborda la copa) confirman que cualquier cuestionamiento es poco: pero más importante es que al actuar así demuestra que no es el Ministro el responsable de ellos sino el mismo Dr. Uribe quien ha tenido siempre la capacidad de decidir al respecto (desde la orientación de la ley y la forma de su reglamentación hasta la forma en que se hacen los repartos).

Y resulta que es ahora cuando prohíbe que en adelante se regalen dineros del Estado a los ricos, para supuestamente, cuando ya se han agotado los fondos, entrar a beneficiar a los pequeños agricultores.

Tal vez lo único más grave es que abundan los candidatos, pero ninguno aborda el tema de cómo organizar el Estado para que se encause en un modelo de desarrollo que no se oriente hacia el atraso del país.

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