Opinión

  • | 2008/06/20 00:00

    El debate sobre la revaluación y la inflación

    Una mezcla explosiva de políticas macro.

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Hacía mucho tiempo no había una polarización de opiniones como la que observamos hoy con respecto al curso de la política monetaria y cambiaria en el país. Todos los especialistas convinimos en que el gasto público creció excesivamente desde el año 2006, habida cuenta del alto dinamismo en la inversión y el consumo privado. La política fiscal expansionista acentuó el recalentamiento de la economía privada y condujo a la generación de presiones inflacionarias de demanda y a la peligrosa aparición de un alto déficit en cuenta corriente (remember 1998!!). Como consecuencia, Colombia es el único país grande de América Latina que se las ha ingeniado para alcanzar un alto déficit externo en cuenta corriente en medio de una bonanza sin igual en sus términos de intercambio. En esas condiciones, el Banco de la República se vio obligado a apretar la política monetaria desde el segundo semestre de 2006, con lo cual todos estuvimos de acuerdo. De hecho, a muchos nos pareció que se demoró en comenzar a hacerlo.

Pero de golpe cambió la película y el Banco siguió aferrado a la misma política. Cuando la política monetaria contraccionista ya estaba haciendo su trabajo, el exceso de demanda estaba en camino de desaparecer y el crédito y el crecimiento económico estaban ya en franca desaceleración, se produjo un alza inusitada en los energéticos y los alimentos a nivel mundial que impactaron los precios en Colombia y en el resto del mundo. Ante la nueva elevación de los índices de inflación, debida ahora a una causa externa, el Banco decidió seguir subiendo las tasas de interés, sin pararse a reconsiderar las nuevas circunstancias. Diversos analistas (Fedesarrollo, Junguito, Hommes, el suscrito) señalamos que no era apropiado seguir este curso dado el origen externo y eminentemente temporal del rebrote inflacionario (temporal, pues el precio internacional de los alimentos no puede seguir creciendo indefinidamente).

El Banco oyó, pero no escuchó. Resolvió que aún observaba excedentes de demanda y le preocupaban los efectos de "segunda vuelta" del aumento externo de los precios de los energéticos y los alimentos, y que por ello debía seguir apretando la política monetaria. Estos argumentos, a mi juicio, no tienen fundamento alguno. Con ellos, el Banco desconoció, tanto los efectos rezagados de su política monetaria (vale decir, que a la fecha no se han sentido en su plenitud los efectos de la política restrictiva del último año y medio) como que los indicios de desaceleración eran muy fuertes y se encargarían, por sí mismos, de evitar los efectos de "segunda vuelta". Hoy la mayoría de los analistas ha reducido la proyección de crecimiento para el promedio de 2008 a alrededor de 5,5%, lo que significa que a finales de 2008 la economía colombiana estará creciendo por debajo del 4%1. Los sectores que dependen de la demanda interna (industria, construcción de vivienda, comercio) ya muestran una desaceleración importante en sus tasas de crecimiento. Los empresarios, que tienen muy claro este panorama, como lo demuestra la encuesta de opinión de Fedesarrollo, no pueden permitir que los aumentos temporales de inflación pasen a los salarios y por ello resulta innecesario elevar las tasas de interés para impedir efectos de "segunda vuelta".

Lo anterior sería ya suficientemente grave aun si la Reserva Federal no hubiese bajado significativamente sus tasas de interés. Cuando se añade esta escena a la película, el tamaño de la equivocación y el daño ocasionado por la mezcla inadecuada de la actual política fiscal y monetaria se revela en toda su magnitud. ¿Cómo explicar que el peso colombiano sea la moneda latinoamericana que se ha revaluado más este año, a pesar de ser el único país de la región con un alto déficit en cuenta corriente (que debería estar conduciendo a una devaluación del peso)? La respuesta es muy simple: la revaluación continúa como consecuencia del crecimiento del gasto público y del diferencial tan alto en tasas de interés. Este último genera un gran incentivo a traer dinero al país por cualquier medio, lícito o ilícito.

De nuevo el Banco oye, pero no escucha. Responde que el grueso de la entrada de capitales aparece registrado como inversión extranjera y no como inversión en portafolio y por tanto que no se debe al alto diferencial en tasas de interés sino a la "confianza inversionista". Por supuesto que hay ingresos altos de inversión extranjera hacia el sector petrolero y minero gracias a los altos precios del crudo y los minerales. Más aún, el alto crecimiento y la seguridad democrática han creado un ambiente muy favorable a la inversión nacional y extranjera en todos los sectores. ¡Pero resulta ingenuo pensar que los tesoreros de las grandes empresas y los inversionistas colombianos son tontos o mancos! Ante semejante diferencial en tasas de interés, los tesoreros de empresas extranjeras y nacionales por igual anticipan en cuanto pueden la traída de fondos y demoran en lo posible su giro, con el objeto de maximizar ganancias de tesorería invirtiendo en papeles nacionales de corto plazo o alta liquidez. Estas operaciones no están sujetas a encaje. Ni qué decir de la inversión extranjera proveniente de empresas de colombianos situadas en paraísos fiscales.

Ahora bien, como al Gobierno y al Banco les preocupan los efectos devastadores de la excesiva revaluación, pero no han estado dispuestos a corregir sus orígenes (el excesivo gasto público y el diferencial creciente en tasas de interés), recurren a medidas de segundo orden para atajarla: controles a la entrada de capitales e intervenciones cambiarias. Sin embargo, en el panorama descrito la efectividad de estas medidas es limitada y genera distorsiones inconvenientes.

¿Cómo salir de este lío? En ocasiones pasadas el Banco y los gobiernos han acordado acciones de política concertadas para corregir los desequilibrios de la política macroeconómica. Ahora que el Gobierno ha anunciado un recorte al anteproyecto de presupuesto para 2009, convendría llevar a cabo un acuerdo de este tipo. El Gobierno podría aportar un mayor recorte en 2008 y 2009 y el Banco una reducción moderada de tasas de interés. Precisamente porque el Banco es autónomo puede coordinar y negociar con el Gobierno. Debe recordarse, además, que la Constitución obliga al Banco y al Gobierno a coordinar la política económica y que la Corte Constitucional hace tiempo estableció que el mandato constitucional de controlar la inflación no exime al Banco de preocuparse por otros objetivos de la política económica, tales como el empleo. Por parte del Gobierno, un acuerdo exigiría menos retórica y mas acción. Debe limitar efectivamente el gasto público y cambiar sus frecuentes declaraciones mediáticas por un trabajo técnico más dispendioso y una postura más humilde de negociación discreta entre iguales con el Banco. Si no lo hacen, que Dios nos proteja!?

1. Comoquiera que comenzó el ano creciendo al 8%, no puede obtenerse un promedio de 5,5% para el año si los últimos meses no muestran tasas inferiores al 4%.
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