Opinión

  • | 2004/05/28 00:00

    El control del enclave

    Eduardo Pizarro tiene razón cuando identifica un punto de inflexión en materia de orden público. Pero creo que sobrestima la capacidad del país para aprovecharlo.

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En estos días en que me metí en la camisa de once varas de una exploración económica de largo plazo -pero no tan largo para poder hablar de las estrellas- leí con interés el libro de Eduardo Pizarro "Una democracia asediada" cuya tesis es esperanzadora: Colombia está en un punto de inflexión en materia de orden público. En sus palabras, "en un momento en el cual se puede ver seriamente alterado el curso de los acontecimientos". Y cuando digo que lo leí con interés no me refiero solo a la satisfacción de seguir el desarrollo de una tesis no convencional, sino al propósito egoísta de obtener información utilizable para la definición de mis escenarios de largo plazo. Concretamente ¿hay razones sólidas para apartarse de la posición mayoritaria, que de todos modos ha sido expuesta con convicción por muchos intelectuales que preferirían estar en minoría, como Antonio Caballero, según la cual la guerrilla y las AUC son males endémicos, que solo se terminarán cuando se acabe el narcotráfico, mejor dicho el día de San Blando?

Después de leer el libro de Pizarro no tengo más que un desacuerdo serio con el autor. Creo que sustenta bien su afirmación de que la guerrilla no ha perdido protagonismo militar por una decisión deliberada de replegarse y reservarse, como dicen otros violentólogos, sino que fue golpeada hasta obligarla a renunciar a la iniciativa militar y política. Que el gobierno Uribe construyó sobre el fortalecimiento de la Fuerza Pública que inició Pastrana, y fue mucho más allá hasta articular una estrategia integral, que incluye la internacionalización deliberada del conflicto, la ocupación militar del territorio con soldados campesinos, la lucha frontal contra las finanzas de la subversión y muchos otros componentes, que se refuerzan mutuamente. Comparto su apreciación de que los avances logrados en el primer año y medio de gobierno son notables y crean la posibilidad, que lucía fantasiosa, de alcanzar la paz sin negociar, como diría el Presidente, "la agenda legítima de la democracia".

En lo que, muy a mi pesar, no estoy de acuerdo con Pizarro es en considerar alta la probabilidad de que el país aproveche ese punto de inflexión. La razón tiene relación con pesos y centavos: aprovecharla exigiría un gran esfuerzo económico adicional al que ya se hizo. En términos de hombres en armas al servicio de la Nación, posiblemente 100.000 adicionales a los 300.000 que hoy suman las Fuerzas Militares y de Policía. Pero, sobre todo, el enorme gasto de un ejército en campaña, que multiplica los costos de ese ejército en reposo. Y, por supuesto, la inversión y la organización para darles una oportunidad económica a los pobladores de las zonas que se fueran recuperando de la subversión, para que no acaben transformadas en nuevas guerrillas o autodefensas. Y todas las exploraciones que he efectuado sobre ese asunto, precisamente con la idea de armar mis "escenarios de largo plazo", me llevan al convencimiento de que, los únicos que podrían financiar ese esfuerzo, simplemente "no le jalan".

Como me lo dijo un colega, que acepta ser, para estos propósitos, el intérprete de muchos empresarios: "nuestro objetivo no es recuperar la paz, pues eso costaría demasiado. Solo aspiramos a recuperar el control de las zonas económicas que nos interesan, y eso ya lo logró Uribe. No vamos a gastar más que lo que nos costaría mantener la seguridad de nuestras haciendas, nuestras mansiones y nuestras fábricas con nuestros propios cuerpos de seguridad".

Confieso que me escandalicé, por lo que me pareció un absurdo económico. ¿Acaso la recuperación de la paz no valorizaría todos los activos y elevaría la riqueza material, incluso si no le concediéramos valor a nada más? Pero reconozco que esa racionalidad limitada, de habitantes de enclave, es lo más autóctono que podamos imaginar, porque viene desde cuando Angosta era una colonia. Es cierto, en la colonia había paz pero ¿acaso no sería igualmente válido, al menos para un ingenuo economista como yo, señalar que los ricos derivarían enormes beneficios de acabar con la pobreza extrema? ¿Y que, para colmo, eso está probado por la historia pues muchos otros países ya lo hicieron? Pero aquí no hay caso. "Costaría demasiado".

La mayor frustración para un economista es saber que el costo económico de recuperar la paz -el sacrificio efectivo para hacer una gran inversión militar y social- sería muy bajo pues el principal costo es el recurso humano, y hay casi 3 millones de personas desocupadas, y quién sabe cuántas más "ocupadas" en los semáforos, sin costo alternativo. Pero la mentalidad de enclave está demasiado arraigada. En Macondo-Angosta siempre hay que esperar tres o más generaciones, y con la guerrilla apenas llevamos dos.
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