Opinión

  • | 1995/08/01 00:00

    EL BARZÓN

    Una institución que parece sacada de una película de Cantinflas, asocia a los pequeños deudores mexicanos que decidieron no pagar más.

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México está en la olla. Su ministro de Hacienda pronostica una caída del producto interno bruto cercana al 4% en 1995. La realidad es aún más dolorosa: los optimistas prevén una disminución superior al 5%. Por enésima ocasión queda demostrado que para crecer es insustituible el esfuerzo tesonero y continuado, en vez de las burbujas a que es tan dada Latinoamérica. México vivió durante casi cinco años en la euforia del déficit en la cuenta corriente, con la lujuria que se nutre de poder gastar más de lo que se gana, por lo menos hasta cuando los parientes y los bancos se aburren de colmatar la brecha. El barrigazo era inevitable.

Para el aterrizaje de emergencia, se apeló a soltar el cambio en diciembre pasado cuando ya se habían agotado las reservas internacionales y el margen de maniobra era inexistente. Vino entonces el pánico, el volar del capital golondrina que había sostenido el andamiaje de la vida muelle y la devaluación del 100%. Todo esto en cabeza de un gobierno endeble que, asediado por los zapatistas y Cuahutemoc Cárdenas a la izquierda y por el neoliberal PAN a la derecha, ve desmoronarse la hegemonía electoral del PRI. La inestabilidad política atiza la crisis. Hace cuarenta años, una similar debacle cambiaría fue sorteada sin contratiempo, pero entonces el PRI controlaba incuestionado todos los resortes del poder, incluyendo la dictadura de Fidel Velásquez sobre el movimiento laboral, quien hoy cree poder seguir en las mismas, con noventa años a cuestas. Además, en esa época no se estaba tratando de ingresar al primer mundo por la poterna, como si eso fuera cosa de coser y cantar Aquello fue, quizá, el más perjudicial de los espejismos. Se vendió el TLC como panacea contra la pobreza y los diplomas de brillantes tecnócratas como sustitutos del ahorro y sus lentos efectos. Ni la miseria, ni los naturales límites del desarrollo económico se dejaron engañar. Nadie más vilipendiado en el México de hoy que el ex presidente Salinas de Gortari. Se le atribuyen nefandas apropiaciones. La feria de las ilusiones constituyó su gran pecado.

Si el país se podía endeudar y recibir capital a buena cuenta de un corto - placista globo bursátil, también podían hacerlo alegremente los agentes económicos a nivel micro, incluyendo los asalariados por la flexibilidad crediticia de la tarjeta de crédito. Con excepción del campo -sufrido como siempre- la artificial bonanza llegó a casi todas partes. A la hora del guayabo son pocos los que pueden pagar. El desempleo desafía las cifras oficiales (según el gobierno cerca del 10%), la inflación -confiesa el ministro de Hacienda promediará el 40% en el año, los intereses llegaron al 75% (ahora están en el 50%) y la actividad industrial, con excepción de las exportaciones, se ha reducido a la mitad en muchísimos rubros. Hay esperanzas, es cierto, porque, dado el terrible apretón a la demanda agregada, las cifras macroeconómicas comienzan a lucir mejor. Mientras tanto, para lo del diario, ¿quién consigue comer conellas? Algunos se dedican, por unos pesos, a tragar fuego o a hacer maromas y malabarismos en los semáforos, y otros, para no pagar, se acogen a El Barzón.

Esta singular organización parece salida de la imaginación de Cantinflas -aunque, como se verá, habla en serio. Por su torturada historia, los mexicanos han sido, desde siempre, maestros del rebusque, "ahí está el detalle", diría el inolvidable actor. El Barzón nació antes de la crisis. En 1993, los agricultores del noroeste del país insolventes por la apertura y la sequía, y agobiados por los intereses de mora se "plantaron" frente a los bancos y trabaron carreteras. Estaban solos. El resto de México aún se regodeaba en el jolgorio. Cuando llegó el costalazo algunos se acordaron de esa lucha campesina diciendo: "No somos responsables de la situación económica, ni de los altos intereses". Somos deudores, y no lo negamos, pero el problema no es solamente nuestro, sino también del gobierno y de los acreedores.

Hasta aquí todo parecería un efugio fácil de conjurar. Hacer efectivas unas cuantas hipotecas, cancelar algunas tarjetas de crédito y renegociar las deudas de los más acuciosos debía bastar. Hoy, seis meses después, el asunto ha tomado otro cariz. ¡Los barzonistas se acercan al millón! Vienen de todas las vertientes: agricultores, comerciantes, pequeños industriales, deudores hipotecarios, beneficiarios de "planautos", morosos de las tarjetas de crédito, sablistas y hasta testigos de Jehová. Pagan cien pesos (US$17) por afiliarse a la asociación y diez pesos adicionales cada vez que asisten a las bien concurridas y frecuentes asambleas. El único requisito de ingreso es deber y no querer pagar en las condiciones pactadas originalmente.

El Barzón cuenta con líderes serios y accesibles, degidos popularmente. Cualquiera puede acercarse a que le oigan sus cuitas. El movimiento es descentralizado y ya cubre la tercera parte de los municipios del país. En el Distrito Federal, con sus veinte millones de habitantes, la penetración es todavía baja, de manera que el potencial de crecimiento es enorme. Están bien asesorados. Dialogan con el presidente de la Asociación Mexicana de Bancos y se codean con los funcionarios de las Secretarías (ministerios) de Hacienda, Agricultura y Comercio. De ninguna manera se niegan a pagar, pero el pago "definitivamente tiene que ser justo, no hay para más".

En la práctica, los barzonistas pagan lo que quieren, según su capacidad y lo que aconsejan los asesores. Si la entidad crediticia no quiere recibir los abonos por insuficiente, compran bonos de la Nacional Financiera (estatal) y los consignan mensualmente con un juez. Descargada así la obligación, se consideran "barzonistas pagadores". La inmensa mayoría rumia su rabia en silencio y se manifiesta pacíficamente en esporádicos "plantones" que las autoridades no se atreven a disolver. Se sienten víctimas de la crisis y de los altos intereses, cuando no de la usura. Con la fragilidad del sistema bancario, golpeado por retiros masivos de sus depósitos en dólares, la amenaza barzonista es clara y presente. El gobierno no tiene gran margen para actuar como prestamista de última instancia sin provocar una fenomenal inflación. Y eso es precisamente lo que propone El Barzón. Pretenden que las deudas, con intereses apenas positivos, sea pagada en partes iguales por los deudores, el gobierno y los bancos (castigo de cartera). Mientras se espera una solución, el movimiento -para envidia verde de los partidos políticos- crece y crece. Se habla de cinco mil nuevos afiliados diarios. La prueba de fuerza se anuncia para la semana del 18 de septiembre. Con fervor patriótico esperan hasta después del Grito de Dolores (septiembre 15). Se programan masivos plantones frente a los bancos y, con malévola sevicia, miles de barzonistas en fila cambiando en las ventanillas billetes de cien pesos, que por mandato legal deben ser atendidos. Eso equivale a un efectivísimo paro nacional.

Al oído de la Asociación Bancaria y de Anif, y, por supuesto, del señor ministro de Hacienda: ojo con los márgenes de intermediación y los cafetales enfermos: si el tequila hizo tambalear, el menjurje de El Barzón no dejaría títere con cabeza.
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