Opinión

  • | 2004/04/02 00:00

    El atentado de Madrid

    Las bombas en la capital española dejaron en evidencia la debilidad de la política estadounidense y los peligros de llegar a situaciones en las cuales las partes no pueden negociar.

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El atentado de Madrid conmovió al mundo. Sin lugar a dudas, marca un hito en la historia no solo de España sino de la humanidad; algún analista hablaba de la Tercera Guerra Mundial y puede estar acertado.

La decisión de Bush de prescindir de las instancias y jurisdicciones internacionales (al ir en contra de la posición de la ONU y del Estatuto de Roma con la tesis de la agresión preventiva) no solo cambió el mundo, como él esperaba, sino que lo dividió.

El abuso de la fuerza por parte del poderoso contra el débil tiende necesariamente a producir la reacción de este último en la única forma que puede, es decir, mediante su capacidad de hacer daño, así esto no lleve a ninguna parte o incluso lo perjudique. Cuando ese exceso se produce dentro de una confrontación, existe la alternativa de buscar un acuerdo o de finalizar el conflicto, siempre y cuando esto sea viable para las dos partes.

Pero cuando el propósito es aplastar a la contraparte, imponerle condiciones imposibles, el resultado prácticamente inevitable es lo que hoy llaman terrorismo (no lo es propiamente cuando representa un ánimo de represalia y no de imponer la voluntad sobre la contraparte).

El propósito de acabar con las costumbres de un pueblo y de implantar los propios valores (que obviamente uno considera superiores y que eventualmente pueden serlo) tiene esa característica: no es transable. No se trata de calificar, sino de entender una situación: si uno decide meterse en los terrenos de una víbora porque ella se come a los ratoncitos y a uno le parece mal, la víbora primero va a defender su territorio y con más razón a defender su supervivencia; quien se mete en los campos ajenos, corre el riesgo de sufrir las consecuencias, así las razones para hacerlo sean las más válidas.

La tendencia de Occidente ha sido la de 'evangelizar', es decir, de hacer aceptar universalmente sus valores y creencias, unas veces a las buenas y otras a las malas.

Porque eso es un fenómeno real (bueno o malo pero real) se ha intentado crear unas reglas que minimicen la posibilidad de que esa tendencia culmine en situaciones 'no transables' en el sentido de que desembocan inevitablemente en la confrontación de la fuerza (legítima si se quiere, pero de fuerza) contra el terrorismo.

Ese intento son las instancias multilaterales (instituciones y leyes) que permiten evitar esas situaciones sin salida. La multiplicidad de elementos no comprometidos o con una percepción distinta de los argumentos que llevarían a esa 'sin salida', propician soluciones que entre las solas partes enfrentadas son imposibles.

Estados Unidos se ha caracterizado por ser el único país del mundo que no participa de este propósito: no acepta la prelación de los Tratados Internacionales sobre su propia normatividad y evita someterse a pactos como los ambientales o a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional o de la Corte Internacional de La Haya.

Lo que hasta ahora no había sucedido es que correspondiera representar esa posición a un personaje de las características del actual (con su pasado alcohólico, su recuperación como miembro de una secta iluminada y su bajísimo cociente intelectual).

Así se embarcó el mundo en esta situación típica de 'sin salida': la triste realidad es que la consideración por las víctimas es un argumento algo retórico, y todos, tras reconocer lo inadmisible de ello, definen un poco su posición frente a las alternativas impuestas por el señor Bush. Ante semejante tragedia, esa triste realidad es que hay poblaciones enteras que en alguna forma se sienten representadas en estos actos y otras tantas que, lamentándolo, lo ven como la oportunidad para que el mundo y sus propias comunidades corrijan rumbo.

Obviamente, eso sucedió en España. Pero también en Estados Unidos los movimientos latentes de oposición a la 'lucha final contra el terrorismo' y a barbaridades como las 'guerras preventivas' han tomado fuerza y se da por altamente probable la no reelección de Bush. A pesar de la fuerte institucionalidad estadounidense, del poder que tiene y el respeto que inspira el Presidente dentro de ella, y de la capacidad que allá existe de movilizar la población alrededor de un gran eslogan ('defensa del mundo libre', etc.) los ciudadanos no admiten que sus 'boys' estén muriendo en un mundo que no conocen, por una causa que no los afecta. Y en la medida en que los pretextos aparecen hoy como viciados y falsos (supuesto peligro de que un señor Hussein intentara dominar al mundo con unas armas químicas y biológicas), la reacción a favor del aislacionismo tradicional se refuerza con la rabia de haber sido involucrados en ese problema mediante engaños.

Pero si esto motiva la reflexión en otros países, más impacto debe tener entre nosotros.

En parte porque somos blancos potenciales de aquellos a quienes nosotros mismos les dimos el título de enemigos, y podríamos vivir lo que ya sufrieron los españoles y están temiendo los ingleses principalmente (nosotros después de ellos, siendo nuestra esperanza nuestra propia insignificancia).

En parte, en el contexto de alineamiento de las naciones, por las mismas razones ya expuestas de obligar a preocuparnos por si en la alternativa planteada de estar con Bush o buscar un camino diferente hemos escogido (o escogieron por nosotros) la peor.

En parte por motivos que deben producir similar o mayor enervamiento que el que sufren los estadounidenses. Preguntarnos ¿qué diablos teníamos que hacer en una confrontación con la cual nada tenemos qué ver? ¿Por qué esa adhesión incondicional a la política del presidente Bush sin medir otros intereses diferentes al de 'estar bien con él'?

En parte sobre todo porque eso se repite en nuestra situación interna. Vale la pena pensar si la política misma del Estado no es la que induce el 'terrorismo'; replantear que la paz nunca se logra mediante soluciones de fuerza; que ella depende y solo la traen los acuerdos que entre las partes se logren; que las situaciones de 'sin salida' inevitablemente aumentan esa clase de atentados sin sentido.

En resumen, debemos aprovechar para hacer las reflexiones que produjo en el mundo y en España este atentado sin tener que pasar por la tragedia de sufrirlos (¡ojalá!).

Tal vez eso nos lleve, como sucedió en España y parece sucederá en Estados Unidos, a rechazar las políticas guerreristas y extremistas, a manifestar nuestro inconformismo con un gobierno que nos ha embarcado en esas 'sin salida' del círculo vicioso en que se necesita más maldad de la contraparte para poder justificar más la intransigencia, que nos ha apartado de las 'leyes de la humanidad', tanto de las que así se denominan por ser los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, como de las que en seguimiento del ejemplo de 'líder' Bush hemos despreciado (las que nacen del consenso de las naciones en el Consejo de Seguridad de la ONU o de los pronunciamientos que hacen sus altos funcionarios -Delegados, Relatores, Alto Comisionado-).

Tal vez nos lleve a tomar distancia crítica ante el 'culto a la personalidad' alrededor de Uribe (con su rating alto, porque son admirables su consagración al trabajo, su austeridad, etc.) y evaluar más las políticas en que nos está embarcando.
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