El amortiguador

| 5/26/2000 12:00:00 AM

El amortiguador

El salto del dólar permite absorber, al menor costo posible,los golpes que en las últimas semanas recibió la economía.

por Javier Fernandez Riva

Solo Superpeso habría resistido. Nuestro pobre y querido Chapulínpeso no tenía chance en el terremoto de orden público, político, jurídico y financiero de la semana pasada.

En efecto, después de unas palabras duras oficiales que ya se llevó el viento, se confirmó que el Gobierno no exigirá que la guerrilla se retracte de su extorsión pública y su amenaza de efectuar secuestros masivos, y que las ONG defensoras de derechos humanos también les harán el juego a los secuestradores confesos. Las FARC, o algún otro grupo de delincuentes, para demostrarnos que habíamos subestimado su barbarie le colgaron a una pobre señora un collar de dinamita y, después de torturarla en público durante todo un día, la volaron en vivo y en directo. El Gobierno, en lugar de demandar de las FARC una condena inequívoca del hecho, y el compromiso público de entregar los asesinos a una Corte Internacional si se demuestra que son hombres de sus filas, suspendió la mesa internacional de diálogo y se encamina a toda velocidad a hacer otro gran papelón cuando, dentro de unas semanas, recule como de costumbre.



Y eso fue, apenas, el comienzo. El oficialismo liberal revivió para mostrarnos que puede usar, sin que le importen un bledo las consecuencias para la economía, los errores y la soberbia del Gobierno, planteando un referendo que, en sustitución de la propuesta oficial, incluya elecciones generales, de Presidente para abajo, o nada. Y en el Congreso los representantes de la difunta Alianza se tomaron el trabajo de confirmarnos que pueden unirse con los oficialistas, y hasta con el diablo, para defender sus privilegios y sus puestos, votando masivamente contra los puntos del referendo oficial que los amenazaban.



Hay más. La Corte Constitucional tumbó el Plan de Desarrollo, dejando en evidencia la negligencia culposa del Gobierno y del Congreso, pero también la capacidad de los altos magistrados para posponer un fallo clave durante muchos meses, hasta maximizar la perturbación resultante. Y, para completar, Estados Unidos subió medio punto porcentual sus tasas de interés y se generó un caos en las bolsas latinas, que sobresaltó hasta a la autista bolsa local.



En medio de todo ese despelote, la Tasa Representativa del Mercado subió 2,5% la semana pasada.



No me gusta que el dólar haya subido por tan tristes razones. Pero lo que me preocupa no es el aumento del dólar sino la posibilidad de que el Banco de la República, con la ilusión de estar haciendo otra contribución decisiva al bienestar, similar a la de mediados de 1998 cuando, con tanto éxito, sostuvo la banda cambiaria, decida reducir la liquidez y elevar las tasas de interés para defender el peso.



Antes de entrar al asunto de fondo quiero despachar uno lateral. Claro que el salto del dólar es un golpe para los importadores y para quienes tienen que hacer pagos de deuda externa al precio actual, superior al que esperaban. Pero ya es hora de que aprendan a usar las opciones de cobertura que ofrece el mercado, comprando dólares a futuro si tienen pagos pendientes en esa moneda, en vez de jugar a especuladores. Ese, y no el aumento del costo de la deuda, es su verdadero problema, porque es muy discutible que un salto del dólar implique una elevación del precio en el largo plazo. Interpretar el reciente aumento del dólar como una tendencia, y decir que el alza es "imparable" sería tan necio como lo fue extrapolar la supuesta tendencia en septiembre de 1999, cuando el dólar había aumentado 32% desde marzo. En los siguientes tres meses el dólar se desplomó 7%.



¿Dolarización?

Ahora, al punto de fondo. Una vez la confianza del mercado sufrió los golpes que resumí al comienzo de estas notas, un intento de contener el alza del dólar solo empeoraría las cosas. El aumento del dólar no es una cosa terrible a la que debamos resignarnos por no tener una economía a la Argentina, con un tipo de cambio fijado por la Constitución, o una economía dolarizada, como la de Panamá o Ecuador. Al contrario, el aumento del dólar opera como un amortiguador que evita que la economía sufra males mayores.



La dolarización no habría apaciguado a la guerrilla, contenido a los terroristas, prevenido los errores del Gobierno, vuelto menos egoístas a los líderes de los partidos, o menos aprovechados a los congresistas. Tampoco habría cambiado la oportunidad o el contenido de los fallos de la Corte Constitucional, ni habría evitado que Estados Unidos subiera sus tasas de interés. Pero, bajo dolarización, las salidas de capitales inducidas por esas perturbaciones habrían barrido con las reservas internacionales del Banco de la República u obligado a restringir la liquidez e inducir una nueva recesión, tan profunda que haría parecer una fiesta el desastre económico de los últimos dos años.



La ilusión de que la dolarización evita los problemas, gracias a la rigidez cambiaria que implica, me recuerda el diseño de algunos carritos de Europa del Este, con una carrocería tan dura que, cuando sufrían un choque fuerte, el único amortiguador era el pasajero. Como se decía en mis tiempos, el tipo quedaba para recoger con papel secante.



Ninguna economía se ha hundido porque su moneda caiga frente al resto del mundo cuando hay que mejorar la balanza de pagos. Sin ir más lejos, el viernes 19 de mayo el dólar cayó 2% frente al yen, lo que equivale a que en Colombia el dólar aumente, en un día, $40. ¿Y quiénes se preocupan por eso? No los estadounidenses, que aceptan que la depreciación del dólar (¡la moneda de la economía más fuerte del mundo!) se requiere para reducir el déficit comercial, sin recurrir, a la colombiana, a una depresión para que el déficit caiga, junto con todo lo demás. Quienes están nerviosos son los japoneses, que tendrán que bajar más sus márgenes de ganancia para seguir exportando a Estados Unidos.



Después de todo lo que nos ha pasado, hay que congratularse de que, para absorber el impacto del choque, pueda abollarse el capó. Que se eleve el dólar. Porque, si el Banco de la República sube las tasas de interés para "defender el peso", todo el papel secante, o su equivalente moderno, no alcanzará para recoger lo que quede de la economía.
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