Opinión

  • | 2007/06/08 00:00

    Efectos de la Revaluación

    El efecto más perverso de una revaluación acelerada, cuando no viene acompañada de mayor eficiencia, es el desempleo.

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Durante los últimos meses se ha escrito prolíficamente sobre el tema de la revaluación de nuestra moneda, sus causas y sus efectos. Buena parte de la población la ve con halago porque tiene un efecto favorable en los precios de los bienes o servicios que se importan, como los carros o las computadoras, e indudablemente beneficia a quienes están endeudados en dólares de los Estados Unidos. Una significativa proporción de estas acreencias le corresponden al gobierno. Aunque vale la pena anotar la constante preocupación de la Presidencia sobre este tema en particular, aún no se ha llevado a cabo la corrección definitiva de un déficit presupuestal tradicional, que presiona constantemente hacia la apreciación del peso colombiano. Sería magnífico si pudiéramos mantener la actual tendencia revaluacionista indefinidamente, pues nos volveríamos riquísimos. Podríamos llegar a tener un ingreso por persona fabuloso. Sin embargo, otros sectores como el de servicios y los fabricantes de productos  para el mercado externo la califican de nefasta, como lo vienen repitiendo los periodistas.
Recientemente Asocolflores publicó un llamativo y dramático aviso aludiendo al empleo, o mejor dicho al desempleo que se está generando. Sobre esta realidad existe una percepción  equivocada o mal dimensionada: el problema, como lo explicaré más adelante, es mucho más grave.

¿Qué ocurre cuando se revalúa o se devalúa la tasa de cambio? El efecto práctico es que dicho fenómeno opera como un gravamen arancelario; si se devalúa, se aumenta la barrera del arancel y si se revalúa se diminuye, en otras palabras, se vuelve más costoso producir en el país y por  tanto es más barato comprar en el exterior. Cuando el peso se fortalece frente al dólar, es mejor pasar vacaciones en Punta Cana o en Cancún que viajar a Cartagena o a Santa Marta. Es más barato comprar la ropa en el exterior que producirla en Colombia. Somos más ricos. ¡Qué rico! Pero esta dicha no dura y luego viene el guayabo.

Para consolidar una revaluación constante se requieren factores económicos que la sustenten, como es el caso de China o de Brasil, donde existe desde hace  bastante tiempo  un balance muy favorable en el comercio externo. Infortunadamente, éste no  es el caso de Colombia. Aquí ya se registra un déficit comercial que, de mantenerse la actual tendencia  revaluacionista, se incrementará. Claro está que el comercio externo no es el único factor que incide en la tasa; los flujos de capital son también muy importantes. Los Estados Unidos han vivido con un déficit comercial inmenso por no pocos años, sólo compensado por los ríos de dinero que fluyen hacia esa nación en busca de refugio. Ojalá Colombia tuviese ese halo que atrae capitales. No se necesita ser grande en tamaño para infundir confianza y ser atractivo, como es el caso de Suiza; sólo se requiere tener políticas adecuadas y persistentes.

La reciente tendencia revaluacionista es el producto del aumento acelerado de las remesas, de las ventas de empresas colombianas como Bavaria y Telecom, y del ingreso de inversiones de portafolio. De ninguna manera corresponde a una mayor capacidad competitiva de nuestro país, como es el caso de Brasil y China. Ocurre que nuestra economía es pequeña y cualquier ola modesta, producto del ingreso de divisas, se convierte en tsunami.

En Colombia existe un rubro de exportaciones no registrado y por lo tanto tampoco contabilizado en las cuentas nacionales, la venta clandestina de drogas ilícitas en el exterior, cuya cuantía infortunadamente debe ser muy grande. Imagínese el lector cuánto tiene que vender un exportador para que se le justifique económicamente guardar en caletas 90 millones de dólares sin ningún rendimiento. Se requiere haber exportado mucho, con unos márgenes inmensos. Este factor definitivamente ha fortalecido nuestra moneda durante mucho tiempo.  

El efecto más perverso de una revaluación acelerada, cuando no viene acompañada de mayor eficiencia, es el desempleo. Hasta ahora sólo se han mencionado con insistencia los efectos de ella sobre las exportaciones de productos como las flores, el café o el banano, cuya actividad no llega a ser el 20% del PIB. Somos insulares, nuestras exportaciones por habitante se encuentran entre  las más bajas del continente. Sólo tangencialmente se ha destacado el efecto de la revaluación sobre los servicios, como es el caso del turismo y, lo que es más grave, se han pasado por alto completamente los bienes transables de cualquier género, ya sean materiales o inmateriales. La transabilidad es el elemento que los hace vulnerables a los vaivenes de las tasas de cambio. Los bienes transables viajan, es decir, se importan o se exportan, porque el costo del transporte no es tan alto como para impedir su desplazamiento. Estos bienes  son seguramente más del 50% de nuestro PIB; no se sabe con exactitud porque no se miden, pero son muy superiores en valor a nuestras exportaciones. Son buena parte de nuestra producción nacional y generan un alto porcentaje de los empleos industriales.
El impacto de la revaluación trasciende las exportaciones,  y sus efectos son más profundos de lo que hasta ahora se ha mencionado profusamente en los medios.
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