Opinión

  • | 2010/05/07 00:00

    Efectos económicos de la Independencia: la agricultura - Salomón Kalmanovitz

    La Independencia desató un largo proceso de inestabilidad política que afectó negativamente todas las actividades económicas de la naciente república, algo que comenzó a revertirse a partir de las reformas liberales de mediados del siglo XIX.

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Por Salomón Kalmanovitz
Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano


El Virreinato de la Nueva Granada logró un notable crecimiento económico durante la segunda mitad del siglo XVIII, que se frenó desde 1808 con el colapso de España a causa de la invasión y la guerra contra las fuerzas de Napoleón. El crecimiento luego se tornó negativo debido a la interrupción del comercio, las cruentas guerras de Independencia, la decadencia del esclavismo y el estancamiento del comercio internacional, hasta 1850. La inexperta burocracia criolla que reemplazó a la de la Corona no tenía capacidad para solucionar los problemas; según decir del historiador peruano Carlos Contreras, “ganaron los buenos pero administraron los malos”. De este modo la Independencia inauguró un largo proceso de inestabilidad política que resultó muy costoso para la sociedad, aunque se iniciaron una serie de reformas fiscales y legales que empezaron a modernizar la economía de la nueva república independiente.

Los diezmos eran un pesado impuesto del 10% sobre la producción bruta agropecuaria que financiaba los costos del culto católico. Su evolución desde la segunda mitad del siglo XIX revela la prosperidad aludida pues el recaudo se incrementó 350% en cosa de 45 años, para después deteriorarse rápidamente. Las causas pueden ser de dos clases: el deterioro del sistema de administración tributaria y el propio deterioro de la actividad agrícola en general y de la ganadera en particular.

La guerra de liberación de la Nueva Granada, combinada con los enfrentamientos sociales, causó grandes costos económicos: pérdida de vidas, fuga de capitales, destrucción de activos productivos y aumento de la criminalidad (Bushnell, 1966, 64 y 65). “En 1825-1826 los gastos militares seguían absorbiendo tres cuartas partes de los ingresos del Estado. El conflicto fue destructivo y dejó muchas haciendas en ruinas, víctimas de la confiscación y el saqueo durante las guerras y las venganzas personales después de ella” (Lynch, 2006, 214). Los chapetones ricos sacaron los capitales que tenían invertidos en el país o al menos la parte que pudieron hacer líquida en medio de la contienda.

Hubo además cambios importantes en la distribución de la propiedad agraria debido a la confiscación de las propiedades de los realistas y, más adelante, por el reparto de tierras entre las tropas de los ejércitos libertadores. Los soldados recibieron vales que eventualmente cambiarían por tierras, pero los caudillos y altos oficiales se los compraban por una fracción de su valor. “Una nueva élite de terratenientes, recompensada con propiedades secuestradas o tierras de la nación, se unió a los propietarios de la colonia y en algunos casos los reemplazó.” (Lynch, 2006, 212).

Hubo otros efectos sociales y económicos, como el colapso de la esclavitud, la recesión en las zonas mineras que dependían de ella –el Cauca y el Chocó– y la desarticulación de las haciendas de Popayán y del Valle del Cauca. Aumentó el cimarronaje, lo que ocasionó pérdidas a los dueños de esclavos, amenazó la seguridad de sus bienes y redujo la capacidad para pagar sus deudas a la Iglesia. La Costa Atlántica sufrió aún más: la liberación de los esclavos también la perjudicó y, además, se esfumaron los recursos para los gastos militares y la construcción en Cartagena, que jalonaban el alto ritmo de la actividad económica de la región. La reconquista fue especialmente cruenta en lo que hoy es el Departamento de Bolívar, mermó su población y arrasó buena parte de su agricultura, su ganadería y sus mulas (Earle, 2000, 63). En consecuencia, la región costera involucionó durante la mayor parte del siglo XIX y sólo empezaría a recuperarse en el siglo XX. La población de Cartagena pasó de 17.600 habitantes en 1809 a 9.896 en 1851 (Calvo, 2002, 197).

En fin, la Independencia desató un largo proceso de inestabilidad política que afectó negativamente todas las actividades económicas de la naciente república, algo que comenzó a revertirse a partir de las reformas liberales de mediados del siglo XIX. El auge exportador tabacalero, de cueros, café, índigo y quina a partir de 1850 benefició sin dudas la agricultura que comenzó a modernizarse, haciéndolo en especial la ganadería.

 

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