Opinión

  • | 2010/01/22 00:00

    Educación Financiera... ¿De qué estamos hablando?

    Reflexiones sobre algunos puntos fundamentales a la hora de definir una estrategia nacional de educación financiera.

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En los últimos años, el desarrollo de productos financieros cada vez más complejos y sofisticados ha generado crecientes dificultades para que las personas evalúen los riesgos asumidos en sus operaciones con los intermediarios financieros.

Según diversos estudios, incluso en economías desarrolladas la mayoría de la población realiza transacciones financieras sin los conocimientos y la asesoría necesarios, o recurriendo a consejos no profesionales de familiares y amigos, lo cual puede acarrear consecuencias muy costosas.

Sin duda, este no se puede considerar un problema menor. Por ello, muchos países han diseñado y desarrollado programas de educación financiera para que los ciudadanos, en su vida cotidiana, tomen decisiones bien fundadas, respaldadas por suficiente información. Asimismo, diversas entidades especializadas han elaborado definiciones del concepto "educación financiera", coincidiendo en que esta tiene por objeto el desarrollo de las herramientas y de los conocimientos para que los consumidores estén en capacidad de manejar sus finanzas personales, y de tomar decisiones financieras acordes con sus necesidades, expectativas y perfiles de riesgo.

El interés por promover en la ciudadanía el alfabetismo en temas económicos y financieros surge de las bondades que, para el individuo en particular y para la sociedad en general, produce el que las personas cuenten con un nivel mínimo de formación en estas materias. Entre otras virtudes, la educación financiera potencia la capacidad de los individuos para reconocer riesgos y oportunidades financieros y los dota con las herramientas necesarias para no incurrir en costos excesivos o ser víctimas de fraudes; promueve la cultura del ahorro entre las personas, inculcándoles la importancia de planear financieramente su futuro y de contar con "fondos de emergencia" para enfrentar imprevistos; finalmente, complementa la regulación financiera al fomentar la transparencia y la competencia en el sector, fortaleciendo la confianza entre los usuarios y las instituciones financieras.

Se puede afirmar que desde septiembre de 2008, cuando se desató la crisis financiera internacional, la educación financiera se convirtió en un término de moda. Sin embargo, este no es un tema nuevo. Países como Estados Unidos, México y el Reino Unido cuentan con instituciones que trabajan desde hace décadas en la estructuración de programas dedicados a promover la educación económica y financiera de sus ciudadanos. Incluso estos países han creado organismos gubernamentales encargados de la coordinación de iniciativas emprendidas por entidades públicas y privadas, lo mismo que del diseño de políticas nacionales de educación financiera (ver recuadro).

Al revisar la experiencia internacional en la promoción de la educación financiera, se encuentra una amplia variedad de programas con sus propios enfoques y matices. Dichas iniciativas, que pueden tener origen gubernamental o en el sector privado, atienden diferentes segmentos de la población (niños, jóvenes, adultos, desempleados, próximos padres, personas con bajo nivel educativo, etc.), y utilizan para su divulgación canales como internet, televisión, radio y las publicaciones impresas. Adicionalmente, es común que los gobiernos combatan el analfabetismo financiero de sus ciudadanos con la inclusión de contenidos básicos de economía y finanzas dentro de los estándares curriculares de los colegios, y con el desarrollo de talleres y conferencias en los lugares de trabajo de las personas.

Colombia no ha estado ausente a la preocupación por incentivar la educación financiera. Recientemente, distintas instituciones entre las que se pueden mencionar gremios, empresarios, establecimientos de crédito y entidades gubernamentales, han emprendido iniciativas en esta materia. Sin embargo, hasta ahora los resultados en términos de cobertura y alcance de estos programas son mínimos.

El Legislador, consciente de este problema, incluyó en la Ley de Reforma Financiera de 2009, la obligación para las entidades privadas que ofrecen servicios financieros, y para las entidades públicas que intervienen en el sistema financiero, de promover la educación financiera en la ciudadanía.

Resulta entonces urgente trabajar en el diseño de una estrategia nacional de educación financiera, que incorpore las "mejores prácticas" de los países que han avanzado en esta materia. Para ello, considero importante debatir sobre algunos puntos fundamentales a la hora de definir dicha estrategia:

¿Se debería crear un órgano rector que coordine las diferentes iniciativas individuales y dicte política en materia de educación financiera en Colombia? De ser así, ¿cómo se organizaría

, ¿qué entidades deberían estar representadas? y ¿de quién dependería?

¿Cuál debería ser la interacción entre el sector público y las instituciones privadas para desarrollar esta tarea? ¿Cómo separar en las entidades financieras los objetivos comerciales de los objetivos educacionales? ¿Se deberían regular la forma o los contenidos de los programas de educación financiera que ofrece el sector privado?

¿Cuál sería la forma más eficiente y expedita de incluir contenidos de educación financiera en los currículos de los colegios? ¿Se requiere introducir una asignatura específica o se pueden adecuar las materias actuales para incorporar este tipo de contenidos, por ejemplo, en matemáticas?

Con estas preguntas no pretendo más que abrir la discusión sobre un tema trascendental en el mundo actual, que requiere ser abordado con plena conciencia, tanto de su urgencia, como de su complejidad.

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