Opinión

  • | 2009/01/23 00:00

    Educación y competividad

    Hace años, los empresarios pedían al sistema educativo proveer habilidades para el mundo laboral. Hoy pedimos personas competentes.

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Según el Foro Económico Mundial, el país más competitivo del mundo es Suiza. Le siguen Finlandia, Suecia, Dinamarca y Singapur. No son los más ricos, pero sí los que tienen el mayor dinamismo económico y social, junto con condiciones de vida excepcionalmente buenas. Sus elevados niveles de competitividad son producto de múltiples factores, como capacidad institucional, pacto social estable, calidad del sistema judicial y ecuanimidad política, entre otros.

Todos esos factores tienen un motor común: la educación. Pero no cualquier educación, sino la que es brindada por un sistema educativo universal, único y público, de muy alta calidad, que está en la primera línea de las prioridades políticas e incide en la vida de todos los ciudadanos. Suiza es modelo de consistencia y sostenibilidad en políticas educativas incluyentes. Por su parte, Finlandia es uno de los casos más citados de mejoramiento acelerado del sistema educativo con alto impacto en el desarrollo económico y social. Cada uno de los países citados tiene como valor político primordial un sistema educativo que crea ciudadanos integrales y a la vez cohesiona a la sociedad. Un sistema educativo que forma "capital humano" en el sentido de personas capaces e inteligentes, adaptables y críticas, cooperativas y con alto sentido de pertenencia a su comunidad.

A menudo pensamos que la competitividad es un asunto meramente económico. Gran equivocación. En realidad, la competitividad es uno de los grandes retos de los seres humanos y de sus organizaciones.

Competitividad es un concepto asociado a competencia. Pero ¿qué es competencia? El Diccionario de la Academia tiene dos acepciones. La primera equivale a competición, es decir, a la rivalidad entre quienes buscan obtener un resultado en disputa (competencia deportiva, política, comercial...). La segunda, se refiere a la condición de competente, o sea de aquel que se involucra y que tiene "pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado".

Aparentemente son dos conceptos distintos, pero en realidad tienen la misma raíz porque son equivalentes. La competencia es la capacidad de triunfar (primera acepción) porque se tienen las cualidades necesarias para lograrlo (segunda acepción). Ambas acepciones aluden en esencia a una idea: tener capacidades, ser competente.

A cada uno de nosotros la vida nos exige ser competentes, es decir, tener la voluntad, las actitudes y conocimientos necesarios para desempeñarnos cotidianamente como seres humanos y para encarar los desafíos de lograr bienestar y construir una sociedad mejor.

A cada una de nuestras empresas, el mercado les exige ser competentes mediante el desarrollo de capacidades que les permitan hacer su producto o servicio con tal calidad y valor que los consumidores lo escojan porque estos -como personas competentes- consideran que les brindan mayor bienestar y que benefician a la sociedad.

Observamos entonces el círculo virtuoso de la competitividad en torno al bienestar de los individuos y el progreso de la sociedad: ciudadanos competentes que son el soporte de empresas competentes. Empresas competentes porque están orientadas a ciudadanos que tienen altas competencias para exigir mejores bienes y servicios.

Es plausible que el sistema educativo esté planteándose como reto fundamental formar personas competentes. ¿Competentes para qué? Para ser buenos seres humanos. Personas con un proyecto de vida basado en su responsabilidad consigo mismas y con los demás. Personas con habilidad para trabajar, convivir y actuar colectivamente. Personas que respetan las normas de convivencia y justicia. Personas con creatividad y capacidad innovadora. Personas capaces de conocer, entender, relacionar y transformar. Personas con liderazgo y capaces de tomar decisiones fundamentadas. Ese es el sentido que debe tener el enfoque de competencias educativas que promueve el Ministerio de Educación.

Hace años, los empresarios pedían al sistema educativo proveer habilidades para el mundo laboral. Hoy pedimos personas competentes. Competentes para el trabajo, para la convivencia, para la vida familiar y social. Competentes para participar en las decisiones políticas. Competentes para comprender el mundo global. Competentes para hacer empresa. Competentes, en fin, para contribuir a la construcción de una sociedad con mejor calidad de vida.

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