Opinión

  • | 2009/07/24 00:00

    Educación, aprendizaje, trabajo y desarrollo

    Cuando entrevistamos jóvenes bachilleres, técnicos o profesionales, para ocupar cualquier vacante en una organización, además de lo que saben, lo que más nos interesa es su ser, su actitud, sus hábitos, costumbres y comportamientos.

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Las personas que verdaderamente sobresalen en la vida tienen sueños, que los convierten en metas, estrategias y planes. En forma disciplinada y permanente se preocupan por desarrollar actitudes, habilidades y competencias para hacer siempre lo correcto, bien hecho, logrando resultados cada día, cada mes, cada año, avanzando en sus áreas de desarrollo personal y dando más de lo que se espera de ellas.

El niño, desde que nace, tiene curiosidad y deseo de aprender, de investigar, de preguntar. Permanentemente se plantea qué es cada cosa, por qué, para qué y las respuestas que van dando los adultos despiertan en él más curiosidad y deseo de aprender o rechazos, inseguridades y tabúes, actitudes que le abren o le cierran su mundo de posibilidades.

La comprensión del mundo, del hombre, de la vida la va formando el niño de acuerdo a sus vivencias, a su relacionamiento con los demás. Si vive en un entorno donde reina el afecto, la solidaridad, el respeto, la convivencia, eso será lo normal para el niño y esos serán sus patrones de comportamiento. Por el contrario, si hay violencia, agresividad, maltrato, ese niño creerá que así es el mundo y actuará en consecuencia.

El niño tiene la capacidad de soñar. Para él no hay límites, ni imposibles. Es responsabilidad de sus padres y maestros orientarlo para aprender a convertir los sueños en realidades, analizando y comprendiendo el por qué y el cómo de todo lo que pasa, partiendo de realidades, entendiendo potencialidades y limitaciones y aprendiendo a superar todos los obstáculos.

Si desde pequeño sabe que todos sus actos tienen consecuencias y va asumiendo responsabilidades, primero de pequeñas tareas y luego de compromisos cada vez mayores, el niño aprende que él es el constructor de su futuro, que cada día puede ser más capaz y lograr resultados más exigentes y desafiantes, tanto en lo académico, como en lo deportivo, en lo familiar, en lo social y aprende que si tiene un buen plan y va cumpliendo cada una de sus metas podrá alcanzar todos sus sueños.

Unos buenos padres, un buen maestro y un buen colegio se preocupan por formar seres humanos autónomos, responsables, exigentes consigo mismos, entusiastas, alegres y apasionados. Personas que adquieren hábitos y disciplina, que les permiten ser constructores de su futuro, avanzar día a día, aprender y desarrollarse para ser cada vez más capaces y alcanzar resultados más exigentes.

La actitud del estudiante ante la vida depende en gran parte del ejemplo que él percibe de padres, maestros y entorno. Si todos ven en el estudio, el aprendizaje y el trabajo oportunidades de ser, crecer, convivir y desarrollarse, vivirán cada día apasionadamente, disfrutarán todas sus actividades y aprovecharán sus potencialidades. Por el contrario, si ven el trabajo como un castigo, como una obligación, como una carga, será motivo de sufrimiento, tristeza y desagrado y vivirán cada día desanimados y frustrados, esperando el fin de semana para vivir, para disfrutar o para ahogar las penas.

El buen maestro indaga qué motiva al estudiante y lo orienta para que sea una persona apasionada por la vida, que cada día está buscando oportunidades de aprender, de saber y ser más. Así el niño y luego el joven, se convierten en un "aprendiz permanente", que siempre está investigando, leyendo, construyendo su propia filosofía y su proyecto de vida, llevando a su vida personal sus conocimientos y aprendizajes, apropiándose de ellos y poniéndolos en práctica.

El "aprendiz permanente" ve en cada persona un maestro y en cada ocasión una oportunidad de aprender. Al compartir con otros ve seres humanos diferentes, con formas propias de vivir y de ver las cosas, y puede decidir qué imita o rechaza, encontrando su camino y la forma como puede avanzar mejor hacia el logro de sus ideales.

El estudiante que adquiere estos hábitos tiene una actitud positiva, entusiasta y optimista, cada día comprende mejor la vida, va aclarando quién es, qué quiere, a dónde quiere llegar y avanza permanentemente hacia su plena realización.

En síntesis, las competencias laborales del adulto hay que desarrollarlas a partir del niño, pues la comprensión de la vida, la manera de relacionarse con los demás, las actitudes y comportamientos que forman parte de lo que la persona es, son las que le permitirán después desempeñar cualquier arte, oficio, ciencia o profesión, en forma adecuada.

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