Opinión

  • | 2011/03/18 00:00

    Durmiendo con el enemigo

    Continuamente caemos en los mismos errores de hacer negocios con dictadores corruptos y seguimos buscando nuevos mercados sin importarnos la calidad de la contraparte.

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Cuando veo los recientes sucesos en Oriente Medio y el cambio de opinión que están teniendo los políticos de los países occidentales, se me viene a la cabeza una película que vi en 1991. La misma estaba protagonizada por Julia Roberts y Patrick Bergan y trataba sobre una relación tortuosa de pareja, con abusos emocionales e interdependencia económica de ambos. El titulo en la versión original era Sleeping with the enemy, o Durmiendo con el enemigo en español.

Parece que de un día para otro se enciende la luz y encontramos que llevamos décadas haciendo negocios con dictadores corruptos que han exprimido sus países en beneficio de los suyos y sus familias. Todo ello por el interés comercial de hacer acuerdos beneficiosos para las empresas y sus países, o para asegurarse materias primas a precios razonables. Los socios a los que hemos puesto alfombra roja ahora les queremos detener y llevar a los tribunales internacionales. Los banqueros que han estado recibiendo su dinero, en el momento de su caída deciden bloquearles las cuentas (¿acaso no sabían el origen de su dinero la semana anterior o, de un día para otro, tienen sospechas del mismo).

Continuamente volvemos a caer en los mismos errores y seguimos buscando nuevos mercados para invertir o para colocar nuestras mercaderías, sin importarnos la calidad de la contraparte. En mi impresión, se debe llegar a un momento en que digamos ¡basta ya! Hay muchos políticos que ven en la apertura económica una forma de obtener libertades políticas posteriores. Es cierto que en algunos casos ha sido de esta forma, pero en la mayor parte lo que se ha conseguido es fortalecer a las clases dirigentes e indirectamente validar sus regímenes totalitarios.

El problema migratorio también tiene sus raíces allí, al menos en esta parte del mundo. Los estados con mayores aperturas son, por naturaleza, los destinos más apetecidos por aquellos que se sienten reprimidos en su propia tierra. El problema es que esto no es algo que ha sucedido de la noche a la mañana; solo se magnifica cuando eventos como estos suceden, pero existe por la inequidad de los sistemas. Es increíble ver cómo aproximadamente seis millones de libios viven en un país físicamente mucho más grande que Egipto, en donde la población sobrepasa los 95 millones. Y, aunque ambos países vivieron bajo el yugo de dictadores, es claro dónde se radicalizaba más el poder.

En este momento se está hablando sobre la transición de los países del norte de África y de Oriente Medio hacia unos sistemas democráticos basados en revoluciones populares. Uno de los riesgos es que los que tomen el poder sean radicales islamistas que puedan llevar a que sea peor el remedio que la enfermedad. Sin embargo, es difícil que eso pase si se mantiene una apertura informativa, ya que este alzamiento ha venido principalmente de los jóvenes, demandando mayores libertades, mejoras de su calidad de vida y oportunidades laborales que no tienen en sus países en la actualidad. La llamada revolución del internet, por el apoyo que han tenido en las redes sociales como Facebook, está en su infancia y, aun, el desarrollo futuro será exponencial. Al parecer, ya no se duda de que esta transición llegue, sino de cuándo se dará. Por lo menos en el caso de Libia parece ser así.

Los inversionistas tendrán el reto de preguntarse a sí mismos si su responsabilidad social va más allá de sus fronteras. En las últimas décadas hemos visto cómo regímenes muy estrictos y totalitarios han flexibilizado su hegemonía en aras de abrir sus economías y ser mejor vistos ante el mundo exterior. Los casos más comentados son China y Rusia, quizás dos de los países con mayor volumen de inversión extranjera per cápita del mundo y de mayor cambio en su esquema político-social, especialmente este ultimo. Es difícil pensar que esto solo sucede en países de alta insurgencia y elevada convulsión social. Pero lo que sí nos ayuda es pensar qué tanto podemos nosotros contribuir o no a causas radicales que van en contra de nuestros propios principios y juicios morales. No se trata de un tema nuevo y, de hecho, muchos de los grandes capitales institucionales tienen bajo su mandato abolir inversiones en compañías o inclusive en países que no estén alineados con los parámetros éticos establecidos previamente en sus políticas de inversión.

Desafortunadamente, estos ejemplos son más la excepción que la regla y, en la mayoría de los casos, las directrices utilizadas para la toma de decisiones de inversión ponen siempre un peso mayor a la parte cuantitativa que a la cualitativa. Por ahora, la situación actual en Oriente Medio nos desvela porque nos toca el bolsillo, pero en realidad deberíamos mirar seriamente si queremos seguir durmiendo con el enemigo.

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