Opinión

  • | 2010/12/10 12:00

    ¿Dueño o inversionista?

    …educar dueños y no inversionistas es una labor necesaria para garantizar la continuidad de las empresas de familia…

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Por estos días leí una frase en la que el padre le decía al hijo: “Algún día toda la empresa será tu responsabilidad”. Me llamó mucho la atención y recordé de inmediato que en Colombia lo que suele escucharse es que los padres le dicen a sus descendientes: “Algún día esto será tuyo”. Me pregunté, ¿Tendrán estas dos frases el mismo significado? Concluí que tal vez no estamos afrontando la educación de los futuros dueños de nuestras empresas de una forma adecuada. He aquí una breve reflexión sobre la diferencia entre los dueños y los inversionistas en las empresas de familia.

Generalmente, el fundador de la empresa familiar es el primero al que podríamos llamar dueño de la empresa. En algún momento de su vida, decide empezar a construir su propio negocio, sacrifica largas y arduas horas de trabajo y prefiere reinvertir sus ganancias para que la empresa crezca y recibir mejores beneficios en el futuro. Este comportamiento es lo que François de Visscher llama el “Efecto Familia”. El dueño de la empresa trabaja e invierte pacientemente su capital, en espera de que la empresa crezca para dejar a las siguientes generaciones un legado que plasma en su empresa, gracias a años de trabajo y sacrificio. Además, guarda la esperanza y el deseo de que sus hijos y nietos sean también partícipes y dueños del proyecto que él empezó.

Con el pasar del tiempo y los cambios generacionales, es común que disminuya el “Efecto Familia”. Para evitarlo es muy importante que los fundadores y dueños de empresas se encarguen de transmitir a sus descendientes valores tales como compromiso, responsabilidad, amor y sentido de pertenencia con la empresa. Es decir, enseñarles desde pequeños que la empresa algún día será de ellos implica enseñarles que deberán asumir responsabilidades para con los empleados, clientes, los demás dueños de la empresa, la comunidad donde opera, etc. Así, los futuros inversionistas se preparan de forma adecuada para convertirse también en dueños. De no hacerlo, los descendientes de los dueños, bien sean sus hijos, nietos, etc. crecerán creyendo que sin importar su compromiso con la empresa, estaban destinados a heredarla. Por eso se convertirán en individuos que esperan con poco esfuerzo y dedicación continuar recibiendo grandes retornos de la inversión de los dueños. Aquí radica la diferencia entre el dueño y el inversionista. El dueño conoce cómo funciona el negocio y es consciente de las necesidades de capital y trabajo requeridas para que la empresa prospere y subsista a largo plazo. De otro lado, el inversionista se dedica a recibir utilidades y se convierte en una persona egoísta, para la que su prioridad es satisfacer sus necesidades y ambiciones a corto plazo.

Por lo tanto, educar dueños y no inversionistas es una labor necesaria para garantizar la continuidad de las empresas de familia y en ella deben involucrarse todos sus miembros. En las manos de los dueños se encuentran las herramientas, conocimientos y valores a transmitir a las siguientes generaciones para que entiendan que heredar la empresa de la familia no solo consiste en beneficiarse de los frutos del trabajo de las generaciones anteriores. Convertirse en el dueño de la empresa significa aprender a administrar pensando en las necesidades de la compañía, tanto a corto como a largo plazo, pues si no se logra un presente productivo, es poco probable pensar en ganancias a futuro. También se debe tomar conciencia de la importancia y el compromiso que existe con los stakeholders. Como dice Samuel S.C. Johnson, se deben tomar decisiones que le den la oportunidad a las futuras generaciones de hacer lo mismo. Los dueños deben decirles a sus descendientes: “algún día esto será tu responsabilidad”.

En Colombia, la mayoría de las empresas de familia atraviesan o atravesarán en los próximos años procesos de sucesión generacional, por eso es imperativo que los próximos accionistas interioricen su rol como Dueños de las empresas. De no lograrlo, es mejor empezar a hacer lobby en el Congreso para que las leyes, como en Estados Unidos, nos permitan dejarle todo nuestro patrimonio a nuestras mascotas. Así, al menos, nuestros descendientes aprenderán a valerse por sí mismos, a luchar por sus metas, cumplir sueños y emprender nuevos proyectos.

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