Opinión

  • | 1998/04/13 00:00

    Dos problemas, no uno solo

    El país no puede darse el lujo de seguir atribuyéndole el problema de la balanza de pagos al déficit fiscal. Se trata de asuntos graves, pero diferentes.

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En los últimos dos años los analistas económicos han dado en la flor de atribuir casi todos los males de la economía al déficit fiscal, sin ruborizarse por el simplismo de esa monocausalidad económica y ni siquiera por la ridiculez de usar lo que el codirector del Emisor Antonio Hernández llama argumentos palíndromos, aludiendo a aquellas frases que se leen igual al derecho y al revés, como "Anita lava la tina" o "dábale arroz a la zorra el abad". Al déficit fiscal le han achacado en forma alternada e incluso simultánea la inflación y la recesión, la revaluación y también la devaluación.



Con la idea de echarle toda el agua sucia al actual gobierno ­¡como si alguien todavía lo considerara limpio!­, se ha fomentado empeñosamente la ilusión de que todo se arreglará cuando se corrija el déficit fiscal. Esa desfiguración de la realidad no sólo va a generar frustraciones, sino que hará perder un tiempo precioso, descuidando otros frentes en los que se debería actuar para evitar una verdadera crisis cambiaria en el próximo cuatrienio.



No voy a referirme a lo peliagudo que resultará reducir un déficit fiscal consolidado que, hoy por hoy, se explica en más del 160% por pagos de intereses, irreductibles a corto plazo. Pero supongamos por un momento que el déficit fiscal desaparece como por ensalmo. ¿Cómo, exactamente, contribuiría esto a resolver el enorme déficit de la balanza de pagos y cómo atenuaría la presión alcista sobre el dólar?



Ruego la tolerancia del lector para presentar unas cifras, sin las cuales la discusión resultaría muy gaseosa. Según proyecciones algo optimistas del Banco de la República, en 1998 el déficit corriente de la balanza de pagos será de US$4.500 millones. Ese sería el hueco que habrá que llenar con préstamos, inversión extranjera o sacrificio de reservas internacionales. Si el hueco no se llena, o si hay que dedicarle demasiadas reservas, habrá "crisis cambiaria", esto es, una devaluación forzada.



A su vez ese déficit corriente estará compuesto de un déficit comercial de US$1.000 millones y un déficit de servicios (en esencia, pagos netos de intereses, dividendos y utilidades) por US$4.000 millones. A la adición de estos dos factores, se le restan US$500 millones por transferencias recibidas.



Una vía por la cual la solución del problema fiscal podría aliviar el déficit corriente sería mediante una gran depresión económica que desestimulara las importaciones. Los estudios sugieren que por cada reducción de US$1.000 millones en el Producto Interno Bruto (más o menos, un punto porcentual del PIB) las importaciones podrían reducirse entre US$150 y US$200 millones. Así, quienes hoy presentan la corrección del déficit fiscal como la panacea para la balanza de pagos no nos dicen una cosa: el resultado de la corrección que arreglaría el déficit comercial sería una depresión económica de padre y señor mío. Por el contrario, afirman que gracias a la corrección la economía crecería más rápido que antes.



La otra forma como una reducción del déficit fiscal mejoraría la cuenta corriente sería reduciendo el servicio futuro de la deuda pública externa. Pero resulta que del pago neto de US$4.000 millones al resto del mundo proyectado por el Banco de la República para este año por concepto de intereses y utilidades, sólo US$1.000 millones corresponden al sector público, mientras que más de US$3.000 millones corresponden al sector privado.



Incluso si la corrección fiscal fuera tan drástica como para parar en seco el crecimiento de la deuda pública externa, ello apenas evitaría que los pagos de intereses oficiales siguieran creciendo y no tendría ningún impacto sobre los US$1.000 millones que habría que pagar este año en intereses netos sobre la deuda pública externa ya acumulada.



¿Quiere decir lo anterior que el déficit fiscal no tiene nada que ver con la posibilidad de una crisis cambiaria? No, ni mucho menos. Pero la relación es completamente diferente a la que suele sugerirse: en las actuales circunstancias colombianas, la corrección del déficit fiscal no es una vía para reducir el déficit de la cuenta corriente y poder usar menores recursos externos sino, precisamente, para poder seguir financiándolo.



Ello ocurre porque, aunque cualquier análisis objetivo revela que la corrección del déficit fiscal tendría un impacto insignificante sobre la cuenta corriente, el mercado mundial de capitales sí percibe el déficit fiscal como un riesgo cambiario porque tiende a asociarlo con desorden monetario, que eventualmente dispara la inflación y hace inevitable una devaluación abrupta. No importa cuán inadecuada resulte esa asociación conceptual entre déficit fiscal, desorden monetario, inflación y crisis cambiaria para Colombia. Si el déficit fiscal no se corrige, probablemente las agencias calificadoras de riesgo país nos degradarán, el financiamiento externo se quedará corto y la "crisis cambiaria" será inevitable.



El país tiene que superar el inane concepto contable de los "déficit gemelos" y reconocer que no sólo tiene un gordo problema fiscal sino también un grave problema en cuenta corriente. Una "buena conducta fiscal" futura apenas pospondría la crisis cambiaria, al estirar por unos años el acceso al financiamiento externo.
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