Opinión

  • | 1997/11/01 00:00

    DIPLOMACIA DEL CAFÉ

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Hay capítulos olvidados en la diplomacia del café. ¿Olvidados? Tal vez, mejor, desconocidos. Una de las curiosidades de la vida venezolana es la cobertura mediocre de temas petroleros en la prensa de ese país -veredicto ponderado, que he verificado con expertos amigos venezolanos-. Tal vez ello se deriva de la seguridad que tiene el venezolano común de que entre sus gobernantes alguien debe saber lo que está pasando. El paralelo colombiano es el cubrimiento por la prensa colombiana del tema del manejo internacional del café: raras veces en años recientes ha sido sujeto de un periodismo penetrante. Los colombianos, con cierta pasividad, han presumido que esta parte, hasta hace poco principal, de su diplomacia comercial, ha estado en buenas manos. ¿Quién, fuera de los círculos dirigentes del gremio, se atreve con confianza a contestar aún a las preguntas más sencillas? ¿En la diplomacia cafetera, verdaderamente han jugado bien sus naipes los colombianos? ¿Mientras regía, el Acuerdo Internacional del Café tuvo éxito? ¿Por qué al fin murió?



Acaba de salir un libro corto y estimulante que sirve bien como introducción a estos problemas: Robert H. Bates, profesor de la Universidad de Harvard, "Open Economy Politics: The Political Economy of the World Coffee Trade", (Princeton University Press: en el competitivo mundo académico de Estados Unidos, el título de un libro por necesidades de la sobrevivencia de su autor siempre tiene que ser más grandioso que su contenido; Bates concentra su atención en el Acuerdo y en la política internacional cafetera de Brasil y Colombia). El autor conoce muy bien el mundo internacional cafetero y la política interna del país consumidor número uno, Estados Unidos; ha investigado cuidadosamente la política interna de Colombia y Brasil en relación con sus bien formuladas preguntas -no importa tanto que se equivoque, en el mes y en el año, en la fecha de la muerte de Gaitán-. Partes interesantes se basan en los archivos de la Federación Nacional de Cafeteros.



Entre sus conclusiones: Como 'free rider' -pasajero sin pagar- Colombia sí aprovechó bien los diversos esquemas ensayados por Brasil en defensa de los precios internacionales del grano en las primeras décadas del siglo; el sistema político colombiano en general favoreció la defensa interna del gremio en contra de los apetitos fiscales de los gobiernos, o su intromisión directa, especialmente en los años de mayor competencia política -el libro trae un análisis novedoso sobre cómo Alfonso López Pumarejo fracasó en un temprano intento de imponer, en solidaridad con los brasileños, una política de retención- el autor sí detecta ventajas para los cafeteros en la muy difundida presencia del café en la geografía nacional y, en franco desacuerdo con ciertos autores 'revisionistas' recientes, en el menor grado de concentración de la producción, en comparación con Brasil.



Ya antes de la Segunda Guerra Mundial, anota, la industria cafetera colombiana había resistido con éxito las tendencias de sobrevaluar el peso, eludió impuestos distorsionantes y logró implantar una buena política competitiva en los mercados internacionales. Además, creó una institución a prueba del "free riding" interno que proveyó de bienes públicos a la zona cafetera y al sector cafetero en general. Bates concluye en que el Acuerdo Internacional tuvo cierto éxito en mantener precios más altos. Pero este sacrificio de los consumidores ordinarios no se debía a la habilidad de los negociadores de los grandes países productores, aunque una vez establecido el pacto los colombianos y los brasileños dominaban bien el álgebra peculiar de sus arreglos. Se debía más bien a los intereses estratégicos de Estados Unidos, combinados con relativa facilidad con los intereses bien protegidos de los grandes tostadores, favorecidos por los exportadores con importantes pero discretos descuentos. Distintas circunstancias terminaron con esta coalición de fuerzas en Estados Unidos: cambios en la percepción de los intereses estratégicos de la nación, empezando en el énfasis en los ochenta sobre los problemas de América Central y culminando con el fin de la Guerra Fría, y cambios en el mercado, de gustos y de empresas participantes, que chocaron con las inflexibilidades del Acuerdo.



Bates cita la correspondencia de la delegación colombiana frente al inminente colapso del pacto a finales de los ochenta: frente a la demanda de parte de Estados Unidos por una ampliación de las cuotas centroamericanas "Nada", reaccionó la delegación, "más lejos de la realidad política". La realidad política, como la delegación reconoce en el mismo informe, iba a ser el fin del Acuerdo y de la principal razón de ser de la delegación misma. No debe haber sido una sorpresa. Dos preguntas finales quedan en la mente del lector: ¿cuál es la estrategia en asuntos del café que ahora debe adoptar el país? Después de confiar tanto y por tanto tiempo en la pericia de la Federación, ¿cómo está manejando la Colombia poscafetera su comercio exterior?
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