Opinión

  • | 2005/03/04 00:00

    ¿Dictadura o bloqueo?

    Deben negociarse simultáneamente tratados complementarios que compensen los efectos perversos del intercambio entre desiguales y no resignarnos a que lo único que se espera es diferirlos.

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Podemos suponer que un individuo primitivo podría satisfacer todas sus necesidades básicas bajo un régimen de total autonomía y autosuficiencia, que tuviera la capacidad de construir su vivienda, producir su vestimenta, algo de mobiliario y abastecerse de alimentos. Y que otro menos capaz o con menos recursos también lo lograría, aunque con mayor trabajo.

Asumamos que al primero le toma 200 horas coser un vestido y 500 horas armar una silla, y que el segundo gasta 300 y 600 horas para los mismos productos.

Es decir, la 'canasta' de silla y vestido les 'cuesta' 900 y 700 horas de trabajo, respectivamente, o sea, 1.600 horas para obtener ambos los dos bienes.

Si el más hábil se dedica exclusivamente a producir vestidos y el otro a producir sillas, no solo mejorará la calidad por la especialización, sino, que, como dentro del sistema capitalista el valor no se mide en el trabajo sino en dinero, y como el salario del primero será más alto (es más eficiente) que el del segundo, tendremos, por ejemplo, con un salario respectivamente de $1.000 y de $750 por hora, un costo del vestido de $200.000 y el de la silla $450.000; es decir que, si acuden al intercambio, el más hábil necesitará 650 horas de trabajo y el otro 650.000/750 = 867 horas para adquirir la canasta.

En conjunto necesitarán solo 1.517 horas de trabajo para alcanzar lo que antes requería 1.600, y ambos ganaron, pues con menos horas de trabajo obtienen el mismo resultado individual.

Esas son las bondades del intercambio que suponen justificar la negociación de los tratados de libre comercio.

Lo que pasa es que antes por cada hora de trabajo del primero, lo equivalente para el segundo era 900/700 = 1.28 horas y ahora la relación pasó a ser 817/650 = 1,33, es decir, la brecha del poder adquisitivo del trabajo entre los dos aumentó.

Pero si el salario del menos desarrollado fuera $680 hora, las sillas costarían $408.000 y cada par de vestido y silla $608.000, o sea 608 horas para el primero y 608/680 = 894 horas para el otro, y solo 1.502 entre ambos.

El beneficio conjunto es mayor, y ambos ganan, pero mucho más el que tiene las mayores ventajas; y lo que el uno adquiere con 1 hora al otro le exige 894/608 = 1,47 veces más. Como bajo el principio de la competencia, cada cual tratará de beneficiarse sin que entre en consideración el efecto en la contraparte, el más avanzado tenderá a ganar con base en su ventaja en recursos mientras el segundo tenderá a defenderse con la baja del valor del salario. Como en la relación el primero tiene más poder negociador (es más fácil encontrar mano de obra barata que desarrollar tecnologías avanzadas), el sistema tenderá a explotar la diferencia salarial al máximo, ampliando de paso las diferencias de desarrollo y la relación de dependencia entre quienes participan del libre intercambio. Y como el proceso va agrandando la brecha, tiende a retroalimentarse y a agrandarse.

Si además los intercambios se realizan utilizando la moneda que una de las partes controla (y por ello es necesario que la otra conserve reservas en esa divisa), la devaluación será un instrumento de competitividad comercial manejado a discreción por ella, pero asumiendo ambos los costos (si la moneda vale menos, las reservas valen menos).

Esto se puede ilustrar con el caso de Cuba, que padece aún sorprendentes aspectos del subdesarrollo, a pesar de que posee envidiables recursos naturales (es el país con el porcentaje de tierra cultivable más grande de Latinoamérica) y ha acumulado lo que dentro de la teoría económica moderna más cuenta, el capital social (la seguridad del cumplimiento en las relaciones entre particulares y la capacidad de implementación de políticas por parte de las autoridades) y el capital humano (0 analfabetas y 0 desnutrición, cobertura total de necesidades básicas -salud, alimentación, vivienda, empleo-, el nivel promedio de educación más avanzado y liderazgo en varios campos de investigación): a causa del bloqueo comercial se encuentra en la condición de nuestro hombre primitivo, ya que por falta de acceso al intercambio (y al mundo de la financiación) no logra optimizar sus potencialidades, pues es imposible ser productor de tractores, de telares, de automóviles, de maquinaria industrial, etc. y de todo al tiempo.

Como confirmación de lo que la teoría dice (en cuanto a potencial del capital humano y social), está el desarrollo del turismo que en cinco años ha montado una industria que lleva un millón de extranjeros al año y les produce US$2.500 millones en divisas -un ingreso per cápita 80 veces (¡!) mayor que el mismo sector en Colombia-.

Si se entiende que afirmar que el sistema cubano es un fracaso porque no tienen bienes de consumo es como pretender que los países mahometanos deberían alimentarse de cerdo por ser su producción más barata que la de otras proteínas animales (es decir, asumir que la visión occidental y capitalista es el paradigma por el cual toda sociedad se debe guiar), se entiende también que la principal explicación de los problemas de Cuba no está en el modelo socialista ni en el régimen dictatorial de Fidel Castro.

Igualmente se entiende la renovación del bloqueo como un acto de guerra por parte de Bush (quien mal puede aducir como pretexto la violación a los Derechos Humanos por la existencia de presos políticos, cuando en la misma isla para vergüenza y horror de la humanidad su país administra la base Guantánamo como un espacio donde ningún derecho humano o ciudadano es reconocido), y la razón de Castro para prohibir la circulación del dólar.

También dentro de este contexto analítico es que se encuentran las alternativas para que el TLC no traiga el resultado negativo que predice la teoría y que están viviendo países que como México ya han entrado en ese camino.

Ni las exclusiones ni los diferidos en el tiempo que buscan conseguir nuestros negociadores van a evitar el resultado que la dinámica misma del libre comercio conlleva; evidentemente es mejor tener que no tener estos pañitos de agua tibia, pero de nada sirven ante una enfermedad terminal. Lo que se debe cambiar es el espíritu del tratado y el propósito que se busca.

Si en vez de regirnos por el principio de la competencia y la regla de 'depurar' los ineficientes (sean estos personas o sectores), los sustituimos por el principio de la solidaridad y el propósito de salir conjuntamente adelante, podremos beneficiarnos del resultado conjunto pero aplicando esos beneficios a crear un mundo más convivencial.

El ejemplo está a la mano: la Unión Europea logró un desarrollo económico mucho mayor que Estados Unidos desde que estableció internamente el libre comercio (la devaluación de casi 50% del dólar y la fuerza del euro como moneda de reserva y de intercambio son suficiente prueba de ello), pero cerró la brecha interna entre sus miembros al otorgar financiación y subsidios a sus miembros atrasados, para crear una comunidad más armónica y no solo más rica pero con mayores desigualdades.

Conclusión: deben negociarse simultáneamente tratados complementarios que compensen los efectos perversos del intercambio entre desiguales y no resignarnos a que lo único que se espera es diferirlos.
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