Javier Fernandez Riva

| 8/9/2002 12:00:00 AM

Devaluación e inflación

Si el crédito externo se cierra, sería imperdonable darles a las Farc el "papayazo" de una nueva recesión para compensar el efecto inflacionario de la inevitable devaluación.

por Javier Fernandez Riva

¿Sabía usted que en los últimos cinco años el gobierno colombiano no pagó un solo dólar de intereses sobre su deuda externa que no hubiera financiado con más deuda? La financiación en más del 100% de los pagos de intereses externos con más bonos, más la propensión a usar el crédito externo como antes se usaba la emisión monetaria, para poder financiar un mayor déficit fiscal, fue una condición necesaria para que el déficit fiscal se mantuviera y es la explicación de que la deuda pública externa del gobierno nacional más que se duplicara, en dólares, en los últimos cinco años.



Durante años los mayores esfuerzos de la administración estuvieron orientados a asegurar más crédito externo. A partir de 1999 entramos, incluso, por la vía de los acuerdos con el FMI, para que nos diera un aval de ortodoxia que sirviera, qué paradoja, para poder seguir acudiendo al mercado internacional de capitales y colocar más deuda externa de la que habría sido aconsejable.



Pero nos acaban de cortar el chorro. Bueno, no del todo: solo nos piden 13% en dólares. Cualquier empresa solvente a la que los prestamistas externos le pidieran más de 8 puntos sobre la tasa prime en dólares los mandaría al cuerno. Cuando alguien acepta semejantes tasas solo confirma que está en serios problemas y crea dudas sobre su disposición a pagar, lo que impulsa nuevas alzas. Al final solo le prestan los audaces, confiados en cosechar altos retornos durante un tiempo y poder retirarse antes del default.



El gobierno espera que el encarecimiento de la deuda externa sea transitorio, pero la experiencia mundial sugiere que es improbable que las tasas vuelvan a descender, salvo accidentes, mientras Colombia no demuestre que, de verdad, no necesita la plata.



El cierre del crédito externo tendrá muchas consecuencias. Aquí solo puedo referirme a la más obvia: debido a la reducción de la entrada de capitales en el futuro el dólar será más escaso y, en ausencia de sustentación o de represión cambiaria, su precio real tendrá que subir. Discutir si la devaluación es buena o mala es tan poco pertinente en estas circunstancias como discutir, ante una caída de la cosecha de arroz, si es bueno o malo que el precio del arroz suba. Sencillamente, así opera el mercado: cuando un bien se hace más escaso su precio sube. La mayoría de los economistas se inclina a pensar, también, que es conveniente que los precios reflejen la escasez, porque ello contribuye a orientar los recursos en la dirección correcta. Pero lo que piensen los economistas no va a cambiar la dirección del mercado.



A largo plazo el Banco de la República no puede evitar el aumento del dólar pero sí puede intentarlo, como en 1998, elevando las tasas de interés para atraer capitales golondrinas, aunque eso solo agrave el problema cuando esos capitales salgan volando posteriormente. También puede inducir otra recesión como la de 1999 para tratar de equilibrar la balanza de pagos vía menores importaciones. O puede hacer que caiga la demanda agregada para compensar el efecto inflacionario de la devaluación.



No importa a qué retórica se acuda, si la autoridad monetaria hace ese tipo de cosas no estará defendiendo un interés legítimo porque, cuando el desempleo está en los actuales niveles, que el Ministro de Trabajo Juan Luis Londoño calificó con razón como "horribles", es absurdo pretender que un punto más de inflación causa más miseria que un punto más de desempleo. Empeñarse en compensar con recesión el efecto inflacionario de un dólar más alto solo serviría al orgullo de los funcionarios, a costa de más miseria para millones de colombianos, y de un fenomenal papayazo a la subversión, que seguramente no esperaba contar con tanta suerte.
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