Opinión

  • | 2005/09/30 00:00

    Desvelo cafetero

    Si el precio del café sigue la tendencia de largo plazo de otros productos agrícolas tropicales, la única solución realista para la zona cafetera es una baja de las tasas de interés.

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Este año los buenos precios del café pasaron "como un paisaje visto en el tren cuando se va de viaje". Hoy se cierne, de nuevo, sobre los cafeteros la amenaza de pauperización por bajos precios externos y dólar depreciado. Ya son miles las familias que sobreviven con lo que sus parientes les envían del exterior, que cada vez rinde menos. ¿Qué le ocurrirá a la zona cafetera si el precio del café sigue cayendo? En ausencia de golpes de suerte, ¿está condenada esa región, de gente capaz y trabajadora, que tanto hizo para construir este país, a la pobreza o la emigración? Y si ello no es inevitable pero los precios no mejoran, ¿cuáles son las condiciones concretas que podrían salvarla de ese destino?

Siempre me ha intrigado la capacidad de las bonanzas de productos básicos, para hacer prosperar regiones enteras a veces hasta el exceso y el frenesí. También me llama la atención la forma tan definitiva en que esas bonanzas suelen esfumarse al cabo de años o décadas, para dejar detrás de sí solo fantasmas, incluyendo una que otra burocracia o federación. El nombre de cada bonanza, del oro, de la quina, del caucho, del cacao, del café o de la coca, es lo de menos. Lo que resulta fascinante es la forma en que el aumento de la producción y venta de algo que, como dirían los maestros, carece casi por completo de "valor de uso" y, en el mejor de los casos, solo podría satisfacer una pequeña parte de las necesidades de la comunidad, irriga la economía y la pone a generar empleos y riqueza verdadera.

Porque no se trata, como podría creerse a primera vista, de las virtudes del intercambio que le permite a la región obtener, mediante la venta de cosas que son más o menos inútiles para ella, pero que otros valoran, cruciales bienes y servicios del resto del mundo. Las importaciones siempre aumentan durante las bonanzas pero no es raro que muchas de ellas sean superfluas y estén orientadas a satisfacer consumos conspicuos. A veces, cosas hermosas, como las óperas de Fitzcarraldo. A veces, espantosas como los lavamanos áureos de nuestros mafiosos. Pero casi siempre por fuera del patrón de consumo de la población que en su mayor parte sigue comprando, en medio de la bonanza, bienes y servicios producidos por la misma comunidad.

Lo que aumenta la calidad de vida de la región en bonanza no son las importaciones sino el círculo virtuoso del empleo y la demanda que permite elevar la producción de los bienes y servicios en los que la gente corriente gasta su ingreso. Eso, por supuesto, es algo que sabe todo economista 'keynesiano'. Pero un keynesiano viejo, como el autor de estas notas, también sabe que, aunque la magia económica está en la demanda, rara vez sale bien el intento de crear bonanzas artificiales por el artificio de inyectarle demanda a la economía.

Ello es así porque los efectos colaterales y secundarios de las inyecciones de demanda son tan delicados que, como pasa con la cortisona, solo debe recurrirse a ellas para salvar la vida del paciente. Ningún médico responsable descartará el instrumento bajo cualquier circunstancia pero no es cosa de ir aplicando inyecciones de demanda hasta volver adicta la economía al gasto público y la emisión monetaria. Si se incurre en ese error a la vuelta de pocos años la economía se torna incapaz de sostenerse sobre sus propios pies.

Dicho lo anterior, insisto: la esencia de la solución está en la demanda. Claro que para elevar la producción se requiere aumentar la capacidad productiva pero, si la demanda es vigorosa, la inversión vendrá por añadidura. Y si la demanda es débil, ningún esquema de incentivos hará que los empresarios inviertan.

En ausencia de bonanzas aleatorias, ¿cómo inducir en forma ordenada y sostenible un aumento de la demanda que no distorsione la asignación de los recursos ni genere desequilibrios fiscales o monetarios, pero que logre el resultado de que la comunidad use plenamente sus recursos y entre en un proceso virtuoso de acumulación?

Quien esto escribe es cada vez más escéptico de que algo distinto a los precios pueda canalizar adecuadamente las fuerzas económicas en una economía con el grado de insolidaridad y despelote medio de la colombiana. Si el precio del café sigue la tendencia de largo plazo de tantos otros productos agrícolas tropicales la única solución que me parece realista para la zona cafetera, y por ende para el país, es una baja de las tasas de interés hasta el punto en que se induzca una reacción del tipo de cambio. La reacción debe ser suficiente para que no solo el café sino la mayoría de los bienes y servicios locales puedan competir con los del resto del mundo.
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