Opinión

  • | 2011/05/25 00:00

    Despiste, descuaderne o algo más grave

    ¿Tiene sentido pensar solo en subsidios, recompensas y represión para continuar con el mismo modelo, sin pensar en si es el modelo mismo el que está fracasando y generando todas las perturbaciones?

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Llama la atención lo pobre de la información que suministran nuestros medios de comunicación -sin profundizar para nada en las causas y las consecuencias, los antecedentes y las perspectivas que se derivan de un hecho- en comparación con órganos informativos más desarrollados (BBC, CNN, Fox) donde el evento va normalmente acompañado de un contexto y un análisis que permiten al público tomar posición ante él.

El despliegue sobre inundaciones, violencia y corrupción no busca situarnos ante estos males sino competir por el 'rating'. Su efecto es el de distraernos y que no nos fijemos mucho en el estado en que se encuentra el país.

Descuaderne dejó la 'Seguridad Democrática' en el campo de la moralidad, la ética, la legalidad y la institucionalidad. Pero más grave es su reflejo en otros campos que ni los gobernantes ni los medios de comunicación comentan.

Vender optimismo y esperanza es un deber del gobierno; pero hacerlo desconociendo la realidad no solo puede llevar a una mayor frustración sino a no dar la debida atención a quienes la padecen.

Mal hace un gobierno al decir que el país está creciendo al 4% o 4,5%, como si las pérdidas sufridas y su incidencia en la capacidad productiva no merecieran ser tenidas en cuenta; o al decir que la reconstrucción es una oportunidad, y en esa forma desconocer el tamaño de la catástrofe; es no entender -o entender y aprovecharse- que en el país hay una población tan marginada, tan excluida de la economía nacional, que 3,8 millones de afectados no alteran los indicadores de crecimiento o de consumo o los balances de las empresas.

Descuaderne de la Justicia, en la forma en que se aplauden recientes pronunciamientos que hacen evidente -y preocupante- que los fallos judiciales tienen relevancia y se orientan, no por el sistema normativo, sino por la popularidad de la decisión judicial. Pasa desapercibido en qué está la satisfacción de los derechos de las 314.383 víctimas inscritas en la base de datos de la Fiscalía, o los juicios por 17.262 hechos confesados por paramilitares (solo se han producido dos sentencias), o los procesos por 1.244 casos de ejecuciones extrajudiciales (falsos positivos). O despiste al suponer que es posible restituir administrativa o judicialmente sus predios a las 400.000 familias desplazadas. ¿Con el promedio de 20 nuevos capturados diarios o los mil ladrones de celulares capturados en 72 horas, serán solución los brazaletes, la libertad condicional para las sentencias de menos de tres años, indultos como a los 54.000 que se entregaron al Comisionado de Paz, o cuántas otras modalidades de impunidad tendremos que inventar?

Descuaderne la situación de la Banca que, al tiempo que produce resultados de balance escandalosos, desaparece su función misional como intermediario: la relación entre el stock de crédito bancario y el PIB en 2009 llegó a 37,2% en Colombia, mientras en América Latina la cifra es casi el doble (67,1%), en los países de ingreso medio casi el triple (89,4%) y en los países de ingresos altos llega a 201,8%; y ha bajado en la última década (cayó de 42,4% en 1998) mientras en el promedio de la región sucedió lo contrario (subió de 49,7%). De notar -como lo hace Alberto Carrasquilla al citar estos datos- que en esto se ve un paralelismo con la informalización del empleo.

Descuaderne de la industria (a pesar de que el Dr. Villegas todos los años afirma su progreso) cuando el debilitamiento del sector lo resume la Anif así: "el proceso de desindustrialización que hemos ido constatando a lo largo de las décadas, cuando la participación dentro del PIB de la industria ha ido cayendo 22% en los años setenta, 18% en los ochenta y actualmente tan sólo llega a 12%-14%...." Según Mauricio Cabrera, entre 1990 y 2010 la producción industrial creció 51% (2% anual), pero cayó la generación de empleo (sí, ¡disminuyó!) 30%.

Despiste porque mientras en 1998 se le asignó al sector ambiental el 0,76% del Presupuesto General de la Nación, en el Proyecto de Plan Nacional de Desarrollo 2010-2014 presentado por el Gobierno Nacional a la consideración del Congreso de la República, apenas le asignan 0,26%, cuando en los datos de Naciones Unidas Colombia ocupa el tercer lugar en el mundo en mortalidad por desastres naturales.

Despiste al reivindicar como progreso el incremento disparado en la venta de automóviles en un país donde el mayor atraso y el mayor problema es la falta y el estado de las mallas viales tanto nacionales como de las ciudades. Nuestra densidad por área de carreteras pavimentadas es de 14,6%, mientras el promedio latinoamericano y del Caribe asciende a 36%; sin embargo, como el culebrero que vende la pócima mágica, se vende la idea de que el TLC es la salvación, como si para nada tuviera que ver lo uno con lo otro.

Despiste o descuaderne cuando la deuda externa privada aumentó US$11.000 millones entre enero del año pasado y febrero de este año (la de corto plazo pasó de US$3.400 millones a US$8.500 millones) y, sin embargo, para el Banco de la República la revaluación que incentiva ese endeudamiento, acabando con el sector productivo nacional, no merece ni siquiera una línea en las actas que explican las decisiones que se toman (como lo denuncia Mauricio Cabrera).

Descuaderne que 1,9 millones de hectáreas bajo concesión minera en 2006 crecieran a 8,4 millones en 2009, y que se declare ese sector como la locomotora principal y la única visible del actual gobierno, al tiempo que, por considerarse inexequible la Ley de Minas por la Corte Constitucional, queda sin regulación y en el limbo su control.

La Ley de víctimas -máxima expectativa del Gobierno y del País- se hace depender del principio de sostenibilidad que ordena un Plan de Financiación condicionado a la persecución efectiva de los bienes de los victimarios, y, si prospera "la regla fiscal", solo se les reconocerían los derechos de acuerdo a la disponibilidad de recursos que defina el Ministerio de Hacienda.

Descuaderne cuando, como bien dice la Academia Nacional de Medicina, "La atención de la salud, que universalmente es un servicio social, en Colombia se convirtió en una incontrolada oportunidad de negocio y corrupción".

Despiste, cuando dos de cada tres colombianos afirman que podemos tener una salida política del conflicto armado (que es una forma de pedirlo), el Ministro de Defensa, en desafío, no solo a la verdad sino a ellos, sostenga que 'al abrir esa puerta se dilata un final adecuado para esta confrontación'.

Pero más que descuaderne o despiste estamos bajo algo peor. El mantener y defender el sistema es engañarnos. El creer que hay soluciones que no pasan por una gran revolución (no necesariamente violenta si la hacemos a tiempo) es el engaño en que nos inducen quienes gobiernan (que no necesariamente son quienes forman el Gobierno).

Igual que bajo Uribe no desaparecieron la insurgencia ni 'las fuerzas oscuras de derecha', no es verdad o no es posible lo que promete el nuevo gobierno.

Por eso debemos hacer un balance y, profundizando algo en el análisis, deducir si tiene sentido pensar solo en subsidios, recompensas y represión para continuar con el mismo modelo, sin pensar en si es el modelo mismo el que está fracasando y generando todas estas perturbaciones.

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