Javier Fernández Riva

| 3/7/2003 12:00:00 AM

Desequilibrios necesarios

La movilización de recursos requerida para conquistar la paz no podrá lograrse a menos que se acepten y se manejen algunos desequilibrios económicos.

No sé si los mirages que nos regaló España son tan viejos que nos costará un ojo de la cara operarlos y mantenerlos, como dijo el comandante de la FAC que, cuando usted lea esto, seguramente ya será ex comandante. O si esos aviones solo serán costosos e inútiles, excepto para fastidiar todavía más a Venezuela y fomentar un escalamiento militar entre pobres. Pero creo que, en la guerra contra la subversión y el terrorismo, nos van a servir poco.

Sin ninguna pretensión de "progresismo", que ya no estoy para esas, quiero expresar mi convicción de que la paz no será alcanzada, ni siquiera si se captura o se da de baja a toda la cúpula de las Farc, mientras no se den dos condiciones. Primera, un aumento suficiente del pie de fuerza que permita amplio dominio territorial permanente de las fuerzas del orden. Segunda, un cambio económico profundo que haga desaparecer el caldo de cultivo de la subversión: una gran proporción joven en la miseria y carente de oportunidades.

Estoy lejos de compartir la posición de quienes creen que bastaría una "política social" para alcanzar la paz, o la de quienes insisten en que "la única salida es la negociación". La última frase se vuelve una trivialidad cuando se interpreta en el sentido de que en algún momento habrá que sentarse nuevamente a la mesa de negociaciones, pues nadie que conozca este país cree que su Estado tenga la decisión y la capacidad para dar de baja o meter en prisión a todos los subversivos. Pero es una falacia peligrosa cuando se usa para sugerir que puede evitarse confrontar militarmente a la guerrilla cuando esta, carente de legitimidad pero inflada políticamente, y consciente de su capacidad de daño, pretende imponerle sus condiciones a la mayoría.

La debilidad de la tesis de la negociación como único camino debido al "equilibrio de fuerzas" fue expuesta con claridad hace años por Chucho Bejarano, que conocía la almendra del conflicto y en uno de sus libros subrayó que "la sola existencia de una perturbación permanente no significa empate" y que "así como hay mercaderes de la guerra también hay mercaderes de la paz", que aúpan la creencia de la guerrilla de que tiene derecho a negociar de igual a igual con el Estado.

Las dos cosas que en mi opinión se requieren para conquistar la paz, un gran aumento del pie de fuerza con armamento moderno pero convencional (en contraste con inversiones en tecnología de guerra de las galaxias) y recuperar una senda de rápido desarrollo económico con progreso social, exigen recursos. Pero esos recursos están disponibles porque la fuerza de trabajo abunda y, como tan nítidamente lo apreciaron los economistas clásicos, con las infinitas posibilidades del comercio el trabajo puede transformarse en cualquier cosa.

Según la más reciente encuesta de hogares del Dane, en enero la población económicamente activa era de 20 millones, y solo había 16,8 millones de personas ocupadas, incluyendo en ese grupo -esto no lo dice el Dane, lo digo yo- cuidadores de carros y vendedores de semáforos, con una densidad no inferior a 10 rebuscadores por manzana. Vale la pena precisar que la cifra de 20 millones de trabajadores potenciales ya descuenta 12,3 millones de colombianos en edad de trabajar, que ni trabajan ni buscan empleo porque están estudiando, son jubilados o retirados, amas de casa, están incapacitados o tiraron la toalla.

No hay "receta" para poner a trabajar a todo el mundo en las cosas que se requieren. Ninguna oficina burocrática puede aspirar a combinar el capital y el empleo para que se dediquen a producir exactamente lo que tendrá demanda. Eso no funcionó ni siquiera en la Unión Soviética de la planificación central donde, según el viejo chiste obrero, "el gobierno fingía que nos pagaba y nosotros fingíamos que trabajábamos", en medio de un gran despilfarro de recursos. En el fondo, no muy diferente, aunque sí menos degradante y peligroso, que nuestro desempleo de 16% de la fuerza de trabajo total, y de 30% entre la población joven.

Lo único que funciona para movilizar productivamente los recursos es el mercado. Pero, aunque desde hace más de un siglo los economistas se deleitan explorando las condiciones de "equilibrio", la verdadera potencia del mercado radica en la dinámica generada por los "desequilibrios": los excesos transitorios de demanda o de oferta que inducen cambios en los precios reales y la rentabilidad y hacen que los recursos se desplacen, en un proceso continuo de creación de valor vía prueba y error.

Pero cuando la prioridad absoluta de la política es reducir la inflación, la creación deliberada de un exceso inicial de demanda, como sería un gran aumento del pie de fuerza militar financiado con un déficit contable, queda inmediatamente descartado. Peor aún, cualquier aumento de un precio real, por justificado que sea, se convierte para las autoridades en una amenaza y las lleva a adoptar medidas compensatorias que enfrían la economía. No es improbable que este año veamos nuevamente esa política en acción, cuando el Emisor suba las tasas de interés para compensar, con una menor demanda agregada, los efectos inflacionarios de la devaluación, sin la cual los exportadores colombianos ya estarían en la ruina.

Ojalá me equivoque, pero creo que, desde cuando hace 12 años la preservación del equilibrio macroeconómico se volvió el único norte de la política, como si estuviéramos en Suiza y nuestro único problema fuera el aburrimiento, se sacrificó la posibilidad de hacer el esfuerzo militar y de desarrollo requerido para alcanzar la paz.
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