Opinión

  • | 2010/02/19 00:00

    Desempleo juvenil: la punta del iceberg

    Las oscuras perspectivas laborales de los jóvenes son el resultado de un problema generacional.

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Hay más de siete millones de jóvenes desempleados en América Latina, 600.000 más que hace un año debido a la crisis financiera internacional, según la Organización Internacional del Trabajo. Las tasas de desempleo entre los jóvenes son más del doble de las tasas generales de desempleo.

La búsqueda de empleo se ha vuelto tan infructuosa para los jóvenes que muchos han decidido no malgastar energías en algo tan improbable. Menos de la mitad de los jóvenes entre 15 y 24 años tiene algún trabajo, pero muchos de los que no tienen trabajo tampoco estudian. Uno de cada cinco jóvenes no está haciendo nada productivo con su vida, ni estudiar, ni trabajar.

Entre las generaciones jóvenes quien consigue un empleo estable es un afortunado que tiene dotes extraordinarias o muy buenas conexiones. Apenas 10% de los empleados de menos de 24 años tiene un empleo que ofrezca las mismas condiciones de estabilidad y los demás beneficios de que gozan los empleados de las generaciones mayores.

La situación laboral de los jóvenes latinoamericanos refleja una falla generacional, pero no de su propia generación, sino de la de sus padres. Las nuevas generaciones tienen más educación, una mente más abierta y un dominio de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones que sus padres no pueden siquiera soñar en adquirir. El número de jóvenes que puede desenvolverse en dos idiomas es mayor cada día, aunque aún sea una minoría en casi todos los países latinoamericanos.

Pero los jóvenes son víctimas de las reglas laborales que se establecieron para beneficio de las generaciones anteriores. Las generosas promesas de jubilación a los 55 o a los 60 años son el ejemplo más obvio. Generosas no porque las pensiones sean altas en relación con los salarios, sino porque durante la mayor parte de la vida laboral los trabajadores que hoy están empezando a recibir esas jubilaciones pagaron contribuciones muy bajas. Muchos países hicieron reformas en las dos últimas décadas para corregir ese problema pero lo hicieron a costa de las nuevas generaciones, ya que la mayoría eximieron total o parcialmente de los costos adicionales a las generaciones mayores.

Las viejas generaciones habían establecido un pacto social, que consistía en que el gobierno protegía a las empresas, las empresas protegían a los trabajadores, y trabajadores y empresas contribuían conjuntamente a mejorar las condiciones sociales financiando programas de capacitación laboral y de protección social. Con ese pacto se crearon los empleos y el crecimiento económico hasta fines de los setenta.

Pero el pacto se resquebrajó después, principalmente porque al amparo de la protección las empresas se volvieron improductivas y no lograron absorber la nueva fuerza de trabajo, que terminó ocupándose crecientemente en actividades informales. Por supuesto, esto dejó desfinanciados los programas de capacitación y protección social, exigiendo mayores contribuciones laborales e impuestos a cargo de las nuevas generaciones de empleados en el sector formal de la economía.

Las soluciones que suelen proponerse para combatir el desempleo juvenil son bondadosos pañitos de agua tibia. ¿Quién puede oponerse a que haya más y mejor educación, programas de capacitación más eficaces o sistemas de intermediación laboral que faciliten a los jóvenes la búsqueda de empleo?

Desafortunadamente, estas soluciones no van a resolver el problema, que consiste en que las generaciones mayores, de las cuales soy parte, pretenden que los jóvenes paguen las deudas en que nosotros incurrimos. Los elevados impuestos y contribuciones que gravan el empleo desalientan tanto a los jóvenes como a las empresas a establecer una relación laboral estable. Como resultado, la informalidad crece cada día y los gobiernos no encuentran cómo financiar los crecientes déficits de los sistemas públicos de seguridad social y protección social. Por no tener una relación estable, los jóvenes no adquieren las capacidades especializadas que necesitan las firmas, profundizando aun más el problema.

El alto desempleo juvenil no es pues el problema de esa generación, sino la punta del iceberg de un desarreglo social de grandes proporciones.

Nota: el autor está vinculado al BID pero se expresa a título personal.

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