Opinión

  • | 2009/04/17 00:00

    Del G20 a la quinta Cumbre Hemisférica

    El G20 llegó a acuerdos para afrontar la crisis mundial. La Cumbre Hemisférica podría inaugurar una nueva era de relaciones entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe.

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Dos eventos internacionales pueden traer consecuencias importantes para la economía mundial y las relaciones continentales: la reunión de los líderes G 20, que tuvo lugar en Londres el pasado 2 de abril, y la quinta Cumbre de Presidentes del hemisferio occidental. La primera acordó acciones comunes de los veinte países más grandes del mundo (incluyendo, además del antiguo G 7 -los Estados Unidos, los mayores países europeos y Japón- a los mayores países emergentes: China, India, Brasil, México, Corea y Sur África) para capear la crisis económica mundial y restaurar el funcionamiento del sistema financiero internacional. La segunda puede inaugurar una década de nuevas relaciones entre los Estados Unidos y América Latina y el Caribe.

Los acuerdos del G 20 están resumidos en tres comunicados: el Plan para la Recuperación y la Reforma, la declaración sobre el Fortalecimiento de los Sistemas Financieros y la Declaración para Proveer Recursos a través de las entidades financieras internacionales. De éstos, el que tiene mayor importancia para América Latina, en el corto plazo, es el último. Mediante él se acordó triplicar los recursos disponibles para el Fondo Monetario Internacional, hasta una suma de US$750 billones (US$250 en forma inmediata), aumentar la liquidez internacional mediante una nueva emisión de derechos de giro por US$250 billones, apoyar al menos US$100 billones adicionales de créditos de los Bancos Multilaterales de Desarrollo y US$250 billones adicionales para financiar el comercio. Los compromisos ascienden a la bicoca de una inyección de US$1,1 trillones para apoyar la liquidez y la recuperación de la economía mundial, en adición a los US$4 trillones equivalentes de expansión fiscal en la que ya se habían comprometido los líderes mundiales. Se trata de sumas impresionantes, que aún no se sabe si serán suficientes y que deben pasar del papel a la aplicación práctica, entre las cuales hay un buen trecho, como lo han recordado Jeff Sachs y otros comentaristas. Pero no cabe duda de que son buena noticia para los países emergentes, ante la posibilidad no descartable de que la actual crisis dure mucho o se profundice.

El gran ganador inmediato fue el Fondo Monetario, que con estos recursos podrá cumplir en mayor medida el papel de un prestamista de última instancia para países en desarrollo y en transición. Los líderes apoyaron de manera entusiasta la Línea de Crédito Flexible recién establecida y celebraron la decisión de México de aplicarla de inmediato. Como lo he indicado en otros escritos, a varios otros países latinoamericanos, incluidos Colombia y Perú, les convendría tomar un seguro mediante esta línea precautelativa, ante las dificultades que podrían surgir más adelante. Los mercados han respondido muy bien a la decisión mexicana. Los líderes del G 20 también felicitaron al Fondo por avanzar hacia una mayor automaticidad y menor condicionalidad en sus otros programas y lo autorizaron a usar los recursos de ventas de parte de sus reservas en oro para aumentar en US$6 billones los préstamos concesionales a los países más pobres.

Es importante subrayar, además, que el G 20 se comprometió a apoyar una rápida reforma en la gobernabilidad del Fondo, aumentando las cuotas de votación a favor de los países grandes en desarrollo y los más pobres a costa de las de Estados Unidos y Europa y a nombrar en lo sucesivo al director gerente del Fondo (y al Presidente del Banco Mundial) mediante un concurso abierto, por méritos. Estas habían sido solicitudes reiteradas de los países en desarrollo, habida cuenta de que las cuotas actuales, basadas en el tamaño relativo de las economías en la posguerra, otorgan un peso excesivo a los países más desarrollados (en detrimento en especial del Asia que ha aumentado su importancia en la economía mundial y no ha tenido aumentos en participación en las votaciones de las organizaciones internacionales) y que un antidemocrático y antipático acuerdo entre los países ricos ha reservado la gerencia del Fondo a un europeo y la del Banco a un norteamericano.

La nueva emisión de Derechos Especiales de Giro constituirá una importante inyección de liquidez global. De los US$250 billones nuevos, se convino que US$100 irán directamente a países emergentes y en desarrollo. Los Derechos Especiales de Giro están lejos de constituir una nueva moneda de reserva que sustituya en ese papel al dólar, como lo previeron sus creadores, lo han venido reclamando varios premios Nobel (entre ellos Mundell y Stiglitz) y recientemente lo han planteado las autoridades chinas y rusas. Ese sería, sin duda, la reforma más importante del maltrecho sistema monetario internacional, pero posiblemente pasarán aun muchos años antes de que se convierta en una realidad.

En lo que hace a los Bancos Multilaterales de Desarrollo los US$100 billones nuevos representarían un aumento de 33% sobre los niveles actuales y se les urgió a utilizar a un máximo su capacidad de préstamos. Se convino apoyar la nueva línea de crédito del IFC por US$50 billones para financiar el comercio, con US$3 a US$4 billones en contribuciones bilaterales adicionales.

En cuanto a las solicitudes para capital adicional por parte de los bancos regionales se convino un aumento del 200% para el Banco Asiático de Desarrollo y "revisar la necesidad de aumentos para el BID, el Banco de desarrollo Africano y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo". Es notable el contraste entre el apoyo decidido a nuevos recursos para el Fondo, el grupo del Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo en comparación con la cautela con la que se han recibido otras solicitudes. Esta actitud concuerda con las condiciones esbozadas por el secretario Geithner en Medellín para que Estados Unidos apoye la capitalización solicitada por el BID. Este tema debería ser tratado de nuevo, con insistencia, en la Cumbre Hemisférica, como lo ha propuesto el Secretario General de la OEA.

En lo qua hace al sector financiero, se convino expandir el mandato del antiguo Foro de Estabilidad Financiera y convertirlo en una Junta de Estabilización Financiera, dotándola de mayor capacidad y una base institucional más sólida. La Junta debe coordinar sus acciones con el Fondo Monetario. Asimismo, se avanzó en los principios de reforma de la regulación prudencial del sistema financiero internacional, conviniendo una expansión considerable de los entes y operaciones financieras a ser regulados, la introducción de consideraciones anticíclicas, un mayor control de riesgos excesivos, políticas sobre compensación de ejecutivos, restricciones al uso del secreto bancario en paraísos fiscales, estándares contables y agencias de rating. Es aun muy temprano para saber exactamente a dónde conducirán estas declaraciones de principios. El restablecimiento del funcionamiento del sistema financiero mundial continúa siendo el principal factor de incertidumbre en cuanto a la duración y profundidad de la actual crisis y apenas se pueden adivinar las grandes líneas de reforma de la regulación y supervisión financiera en el futuro.

¿Qué se puede esperar de la Cumbre Hemisférica? Los líderes latinoamericanos, que han estado muy divididos, no llevan propuestas conjuntas importantes. El borrador de la Declaración constituye un catálogo de buenas intenciones en frentes tan variados como la productividad de nuestras economías, las redes de protección social, la educación, la salud y el medio ambiente. Ojalá el nuevo gobierno de los Estados Unidos tome la iniciativa para proponer algunos acuerdos mínimos de importancia, como lo hizo (conjuntamente con Inglaterra, la Unión Europea, Brasil y algunos países asiáticos) en Londres. Sería deseable, pero improbable, que anunciara su decisión de apoyar la aprobación de los TLC negociados con Colombia y Panamá. También sería deseable que decidiera apoyar sin ambages la capitalización del BID. Lo más probable es que haga más explícita su nueva política de apertura hacia Cuba, e incluso anuncie su decisión de apoyar el reingreso de la isla a la OEA como lo han venido solicitando la mayoría de los mandatarios latinoamericanos. Esta nueva actitud, que al parecer es correspondida por el nuevo gobierno cubano, la popularidad doméstica e internacional del presidente Obama (en contraste con el desprestigio de su antecesor) y los muy menguados recursos con los que cuenta ahora el Gobierno venezolano, seguramente lograrán que haya un cambio de tono con respecto a lo que sucedió en las últimas cumbres. Ojalá así sea y de verdad se inaugure una nueva era en las relaciones hemisféricas.

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