Opinión

  • | 2003/12/12 00:00

    Defender lo Nuestro

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El crecimiento de las importaciones en el mes de marzo de 1993 vuelve a constituir un registro nunca obtenido de US$1.192 millones con un crecimiento de US$104 millones sobre el mes de febrero, que también fue un mes sin precedentes. Las importaciones crecieron un 50% con respecto al mismo período del año anterior.

Sectorialmente el mayor crecimiento lo tienen los bienes de consumo (111%) y dentro de ellos sobresale la importación de vehículos con un crecimiento del 164%.

¿Deben constituir las anteriores cifras motivo de sano orgullo para el país en su con

junto? Los gerentes y directores del aparato productivo nacional ya sean ellos industriales, agricultores o ganaderos, grandes o pequeños, están en la obligación imperativa de reflexionar cuidadosamente y concluir sobre la forma como estamos gastando un porcentaje alto de divisas en bienes de consumo y la consecuencia que esto tiene sobre el aparato productivo del país.

En opinión de muchos, el mantenimiento y desarrollo de las políticas que nos

han llevado a estos resultados pueden llegar a infringirle a ciertos sectores importantes, que son por demás generadores grandes de empleo, traumatismos duros o graves, según el caso, tal como sucedió ya dos veces en los años 76 y más tarde en los 80.

La experiencia ya vivida en décadas anteriores dejó como respuesta graves consecuencias en todos los sectores, pero especialmente en el agrícola, en el textil y en las confecciones; por lo cual deberíamos pensar que esos hechos y resultados históricos, conforman parte del bagaje de experiencias que permitan evitar errores similares, que a su turno volverían a arrojar, como parece que pueda suceder, resultados iguales a los obtenidos hace diez años. El sector textil ya los está viviendo.

En el campo automotriz, la participación de los vehículos importados que durante el año pasado ya fue del 24% del mercado, en el mes de marzo de 1993 se acerca al 50%. El anterior proceso ha sido alimentado por la industria ensambladora colombiana que ha realizado significativas importaciones y ha establecido nuevas redes de distribución. Existe, sin embargo, una responsabilidad directa con el sector de partes y piezas en general, ya que muy seguramente, en el futuro la industria nacional en su conjunto no estará en capacidad de sortear la competencia internacional en mejor forma de lo que han podido hacerlo las fábricas americanas o europeas, a quienes los productores coreanos y japoneses han colocado en difíciles circunstancias.

Las economías robustas de Francia, Inglaterra, Japón, Alemania y Estados Unidos acusan fuertes golpes y traumatismos serios que no han vacilado en admitir con claridad, procurando desde todo punto de vista proteger sus producciones y el empleo, ya que comprenden, a diferencia nuestra, que la economía y el comercio internacional son cambiantes y, por consiguiente, los modelos económicos no deben ser manejados como dogmas irreversibles e inflexibles. La rigidez ha sido siempre la característica del manejo colombiano, y ella ha sido una de las causas de los problemas sufridos en el reciente pasado.

Y ni qué hablar o pensar del sufrido sector agropecuario, azotado durante décadas por enfermedades que parecen incurables, como la violencia, la inseguridad, el boleteo, el chantaje y el secuestro que se aúnan a grandes inundaciones unas veces y a fuertes sequías otras, que comportan además plagas como la roya, la broca y otras enfermedades fruto ya de la naturaleza, y en la más de las veces de la improvisión y ausencia de planes y políticas en el sector agropecuario. No ha existido una debida voluntad para proteger al campo ni al campesino y su producción, que al final de cuentas, son la única despensa segura para el abastecimiento de cualquier país.

Así lo han entendido los países ricos, fuertes y desarrollados. No en otra forma han actuado y continuarán haciéndolo los miembros del Mercado Común Europeo, los Estados Unidos y Canadá.

Basta con haber seguido las nunca terminadas negociaciones en el GATT. Es interesante leer y aprender cuáles han sido las conductas de los campesinos franceses frente a la apertura, siendo ellos dueños de una gran capacidad de protesta pública, que en Colombia no existe.

Para una mayor claridad: el sector agropecuario (café, flores, algodón, banano, arroz, carne, frutas, pesca y acuacultura) no podrá sobrevivir sin una tasa de cambio adecuada, superior a la actual, que estimule las exportaciones y no premie la importación indiscriminada de productos agrícolas subsidiados.

Según reciente estudio de Analdex la tasa de cambio real ha caído un 22% en los últimos 24 meses y actualmente se ubica en 90, por debajo del nivel mínimo requerido para competir internacionalmente, y lógico es suponer que en estos sectores no hay nuevas inversiones ni siembras de nuevos cultivos.

Según el comportamiento del último trimestre, las exportaciones disminuyeron 20% con relación al mismo período del año anterior, mientras que las importaciones, como ya lo vimos, aumentan fuerte, indiscriminada y agresivamente y, por primera vez, en el mes de marzo de 1993, las reservas internacionales del país han descendido de (US$8.049 a US$7.932 millones). En solo alimentos, un país que es dueño de todos los climas y de tierras excelentes, se da el lujo, por la falta de políticas, de importar más de dos millones de toneladas de alimentos al año, prescindiendo además de sembrar en algodón, sorgo, maíz, soya, arroz, cebada, trigo y otros cultivos semestrales y tardíos una extensión superior a las 250 mil hectáreas. Con esta estrategia y la mala política de fomento, hemos sido exitosos generando desempleo y abandono en el campo y aumentando la pobreza y las necesidades rurales, forzando así aún más las gigantescas y dañinas migraciones masivas del campo a engrosar los cinturones de miseria y violencia en las grandes ciudades.

El comercio mundial de alimentos siempre ha sido subsidiado, protegido en grado sumo y el campesino europeo o norteamericano cuenta con riego, carreteras, energía eléctrica de alta calidad, transporte eficiente y barato, telecomunicaciones, hospitales, escuelas y, ante todo, con una total seguridad de la vida y los bienes. Pagan bajos impuestos o tienen exenciones importantes. Los créditos son blandos, bajísimos los intereses y largos los plazos, acompañados de seguros, de cosechas con primas pequeñas que protegen la producción del campo contra todo riesgo. Aquí la protección integral del campesino y sus bienes solamente la depara la Divina Providencia.

Aprovechando el momento actual y la riqueza en divisas, es oportuno sugerir que se estudie la posibilidad de revisar la política económica actual hacia una verdadera estrategia de fomento a la producción en general y al campo en particular, con una protección razonable y definitivamente mejorando los servicios sustancialmente, para hacerlos eficientes y competitivos en términos internacionales. Con los malos servicios que hoy presta a precios altos el Estado colombiano, acompañados de una inmensa e ineficiente fronda burocrática, plagada de requisitos, permisos, autenticaciones, huellas digitales, firmas y sellos, es muy difícil competirle a la producción proveniente de países donde los servicios son excelentes.

Crear y principiar negocios y empresas es tarea larga y difícil; golpearlas, quebrarlas y terminarlas es labor rápida y sencilla. El país está en la obligación de defender su ahorro y su patrimonio, fruto del trabajo de muchas generaciones; sería saludable también que nos explicaran cual es la técnica que vamos a emplear, para poder resistir en el tiempo, dentro de un sistema en el cual las importaciones crecen 50% y el producto interno bruto lo hace al 3.5%. O será que la estrategia puede llegar a ser la de entregar el mercado nacional, golpeando la producción y prescindiendo de un alto porcentaje de empleo?
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