Opinión

  • | 1995/01/01 00:00

    De la, cardiocracia a la narcocracia

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Resulta que mi querido sobrino Mamoncillo, quien hasta bien entrada su adolescencia se desempeño como monaguillo del reverendo prior, el abate Sismos, por esas cosas de la vida, que Dios da y que Dios quita, a raíz de la muerte de su madre, se fue a vivir con su padre, un masón llerista quien se desempañaba como profesor de la Universidad Libre de Barranquilla. Víctima de un atraco con burundanga, se le borraron varios sectores de su disco duro, entre ellos la memoria donde guardaba sus conocimientos de teología.

Tan brutal destete intelectual hizo las delicias de su progenitor, quien con gran esfuerzo lo convirtió en aventajado bachiller. Muerto su padre cogió su herencia y se fue a estudiar polieconomía en la Universidad de Copenhagen, que según parece queda en Dinamarca.

Como todo indica que mi sobrino Mamoncillo se mantiene más desinformado que el Virgilio que sabemos sobre los aconteceres y ocurrencias de su lejana patria, he resuelto resumirle grosso modo lo acaecido en Colombia en los últimos meses.



Muchas cosas ocurrieron en estos días en esta viña del Señor, que se define como' una de las democracias más pujantes y empujantes del continente de la OEA. Si a este siervo de Dios se le preguntara cuál fue el acontecimiento que más me conmovió, no vacilaría en reconocer que fue la declaratoria de inconstitucionalidad del Sagrado Corazón de Jesús.

No fue sino declarar inexequible la consagración de nuestra patria a tan calificadísimo patrono para que ganara la presidencia el bojote

Samper; hiciera autogol Andrés; fracasara estruendosamente la Selección de Fútbol Club Colombia, y se anunciara otro proceso de paz que amenaza con causar más muertes que el anterior.

Menos mal que por una gentileza de Joe Toft, la revista Time y Tom Quinn, inmediatamente nos adjudicaron un nuevo patronato. La cardiocracia quedó atrás y nos convertimos en una narcocracia. Pero dejemos esos temas teológicos y constitucionales de tan poco recibo en un año que comenzó con revolcón y concluyó con amenaza de salto.

Después de un triunfo sampírrico, estalló el escándalo de los narcocasetes, según el cual unos "filántropos de Cali" habían colaborado para el triunfo del nuevo presidente. ¡Y quién dijo miedo! En menos de lo que canta un gallo el presidente electo firmó con la Casa Blanca un tratado de paz que en la práctica era un tratado de guerra contra el cartel de Cali. Las relaciones con el Tío Sam han estado desde entonces tirantes, pero el armisticio, o mejor la política de sometimiento a las directrices de la DEA, fueron enfriando el debate de los dineros calientes que se lavaron en las elecciones.

A partir de ese momento desde la Casa de Nariño se ha venido impulsando con éxito mociones de indignación nacional. Cada vez que se nos acusa de narcocracia respondemos al unísono que no tenemos la culpa de albergar en nuestro suelo a un gran número de prósperos narcotraficantes que asedian ciudades, campos y Congreso. La culpa de que haya tantos colombianos delincuentes no es nuestra sino de la DEA, de la CIA, de la Interpol y del alcalde Marion Berry de Washington.

El perfil del nuevo gobierno se ha visto resaltado por el ministro de Defensa, Botero Zea, quien moja pantalla día y noche. Incluso algunos fieles de la viña están llegando a creer que el verdadero presidente es ese ministro y que la primera dama se llama Gloria.

Más que crear una buena imagen del nuevo gobierno, los asesores contratados y de oficio se han dedicado ' a demoler la imagen del pasado gobierno.

Ya pasaron los primeros cien días de la administración y los colombianos siguen viendo a Samper actuar como un candidato presidencial, lleno de promesas y de buenas intenciones, porque aunque no ha cesado de hacer nombramientos, queda la impresión de que el gobierno no ha arrancado y que Samper se ha comportado más como un jefe de personal que como un ,jefe de Estado.
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