Opinión

  • | 1998/05/31 00:00

    Cuando Moody's habla...

    Las calificadoras de riesgo obligarán a Colombia a ver lo que muchos han preferido ignorar: el desequilibrio corriente es serio y no se arreglará reduciendo el déficit fiscal.

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Durante las últimas semanas se conocieron las conclusiones de las tres firmas calificadoras de riesgo país que otorgan calificaciones a Colombia. En todos los casos se mantuvo la calificación básica de "grado inversión", pero con serias advertencias sobre la tendencia al deterioro. El último concepto, de Moody's, fue el menos favorable porque incluyó explícitamente una "perspectiva negativa" para la calificación.



Todo el mundo en Colombia destacó que Moody's había vuelto a llamar la atención sobre el problema fiscal, cosa que hizo. Sin embargo, lo realmente novedoso e interesante del último concepto de Moody's es que puso similar énfasis en la gravedad del problema de la balanza en cuenta corriente, que subrayó que ese problema tiene raíces muy distintas a las fiscales, y que está lejos de considerar que su solución sea un subproducto del problema fiscal, la necia idea que han tratado de vender algunos de nuestros expertos locales.



Moody's ha visto lo que muchos analistas colombianos todavía se niegan a ver, esto es, la peligrosa rigidez relacionada con el extraordinario crecimiento de los pagos de intereses y dividendos al exterior por un crecimiento demasiado rápido de la deuda privada y del pago de utilidades sobre la inversión extranjera. Me voy a permitir citar el informe con alguna extensión, porque sobre este asunto se han dicho muchas inexactitudes en Colombia, incluyendo algunas contenidas en el último informe de la Junta del Banco de la República al Congreso Nacional:



"La estructura del déficit de la cuenta corriente probablemente se volverá menos flexible en el futuro. Con un déficit comercial relativamente constante durante los últimos cuatro años y una cuenta de servicios no financieros más o menos balanceada, el principal factor detrás del aumento del déficit corriente ha sido un creciente déficit de servicios financieros, que subió de US$1.700 millones en 1993 a US$3.400 millones en 1997. El déficit de servicios financieros refleja un marcado aumento de los intereses, ligado principalmente al endeudamiento externo del sector privado, y mayores remesas de utilidades asociadas con la inversión extranjera en el sector petrolero".



Y añade algo que debería leer con especial atención nuestra autoridad cambiaria, que todavía sigue preocupándose más por el financiamiento del déficit corriente que por su corrección:



"Dada la importancia del déficit de servicios financieros ­el cual representa dos terceras partes del déficit en cuenta corriente acumulado entre 1995 y 1997­ una corrección del déficit de la cuenta corriente requerirá un ajuste más que proporcional en la balanza comercial".



El informe de Moody's no dice nada más sobre la corrección del déficit corriente, ni podría esperarse que lo dijera. Mi impresión personal es que sus técnicos requerirían ser muy ingenuos para pensar que ese ajuste "más que proporcional" en la balanza comercial pueda ser un subproducto del ajuste fiscal, sin el complemento de un ajuste cambiario.



Cuando los analistas cuyos conceptos afectarán críticamente el acceso del país al financiamiento externo están diciendo que el déficit de la cuenta corriente ya ha alcanzado un tamaño que hace necesario corregirlo, confieso mi perplejidad al enterarme que la entidad responsable de la política cambiaria ha estado ocupada abogando para que se consiga más financiamiento, a fin de estirar la cuerda un poco más.



En efecto, según informó la prensa hace unos días el gerente general del Banco de la República, Miguel Urrutia, envió una carta a una concejal de Bogotá destacando las bondades de la venta de la Empresa de Telecomunicaciones que, según él, "tendría efectos muy positivos sobre la economía" pues proveería financiamiento muy sano al déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.



Personalmente no puedo estar más de acuerdo con la privatización de la ETB porque, como cualquier otro usuario, estoy cansado de pagar caro por un pésimo servicio y soportar abusos, y porque tengo una gran fe en la empresa privada. Pero me preocupa que la venta de unos activos, que se usará para financiar más gasto público y no generará en el futuro un dólar de exportaciones, sea considerada por el banco central como un financiamiento sano y un gran aporte a la solución de los problemas macroeconómicos.



¿Exactamente por qué sería sano ese financiamiento? Aunque la inversión extranjera se recupera con utilidades, que no tienen la rigidez contractual del pago de intereses y la amortización del capital, apuesto lo que quieran a que el valor presente del flujo de las remesas de utilidades al extranjero a los que la venta de la ETB dará lugar en los próximos años será muy superior al que habría resultado de un crédito de largo plazo. Me asombraría mucho si la tasa de retorno que usaron los compradores para calcular el valor presente del flujo de utilidades remesadas, como base para presentar sus ofertas, bajara del 20% en dólares.



La inversión extranjera es una gran cosa, especialmente cuando se vincula a proyectos nuevos que no sería posible desarrollar sin su concurso y cuando aporta tecnología. Pero es un craso error considerarla como la solución para el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.



Hace rato que pasó el momento en que era razonable explorar alternativas para financiar el déficit de la cuenta corriente. Las políticas responsables deben orientarse ahora a la corrección del déficit, no a su financiamiento. Me da mucha pena con nuestro banco central, pero no creo que quebrar a la economía con intereses de usura para poder atraer, cada vez con mayor dificultad, los capitales requeridos para tapar el hueco, o privatizaciones que no generan divisas, sólo para posponer un poco más el ajuste necesario, sea lo que estamos necesitando.
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