Opinión

  • | 2004/11/26 00:00

    Cuando la locomotora desacelere

    Aun si Colombia no tuviera razones propias para cuestionar la efímera fortaleza del peso haría bien en evitar que el próximo ajuste mundial la agarre con los pantalones abajo.

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En todo el mundo, con la única excepción crítica de China, empeñada en no ceder competitividad cambiaria, el dólar sigue cayendo. Cuando envío esta nota a Dinero el dólar está en 0,7667 euros, su mínimo histórico. Creo que hemos cruzado un umbral y que estamos próximos -digamos, a 18 meses o menos- de vivir cambios que afectarán seriamente las condiciones económicas mundiales y locales para el crecimiento.

Contra lo que suele afirmarse, la debilidad del dólar tiene poca relación con el déficit fiscal de Estados Unidos. La financiación de ese déficit aumenta la deuda pública, no la oferta de dólares. Lo que irriga dólares al mundo es la decisión de ese país, imprudente y manirrota, pero comparable con la del millonario botarate que crea empleo derrochando su riqueza, de comprarle al mundo mucho más de lo que le vende.

El déficit de la cuenta corriente de Estados Unidos, que es un déficit comercial, explica que hoy se perciba un exceso mundial de dólares y no, por ejemplo, un exceso de yenes, así el déficit fiscal japonés sea, en proporción al PIB, mayor que el de Estados Unidos. La irrigación mundial de dólares vía balanza de pagos se produjo incluso durante los años Clinton, cuando ese país tuvo superávit fiscal.

Lo malo es que, después de haber financiado un déficit corriente acumulado de Estados Unidos de US$3,4 billones (millones de millones) desde 1992, el apetito global por dólares comenzó a reducirse, precisamente cuando el déficit adquirió proporciones de torrente: más de US$500.000 millones por año. Nadie sabe cuántos más dólares por año podría absorber el mundo, pero no podrá sostener ese ritmo.

Con independencia de cómo se llegue a ese resultado la solución implica una gran reducción del déficit. Supongamos, para fijar ideas, que el déficit corriente sostenible de Estados Unidos -el que el mundo podría absorber sin atragantarse- sea de US$200.000 millones por año. ¿Cómo podría lograrse una reducción de US$300.000 millones en el déficit actual, y con qué consecuencias para Colombia?

Una vía sería la aceleración del crecimiento mundial, sobre todo de Europa, que llevara a comprarle más a Estados Unidos, y una revaluación del yuan chino para que China también le compre más a Estados Unidos y le venda menos. Para Colombia eso sería ideal: se mantendría un buen crecimiento de Estados Unidos, crecería más Europa y se debilitaría la competitividad china. Pero es improbable pues Europa se niega a aceptar cualquier riesgo inflacionario y China pospondrá cualquier revaluación hasta que virtualmente la obliguen a efectuarla, y en ese caso hará lo menos que Estados Unidos acepte.

La solución extrema opuesta es teórica: China y otros países con superávit comercial frente a Estados Unidos se niegan a recibir más dólares por sus exportaciones. Es teórica porque, aunque para Estados Unidos implicaría reducir a la brava su gasto en importaciones, para quienes le exportaban sería el colapso: primero, el del valor de sus reservas monetarias en dólares -pues en ese caso el dólar caería como coco- y, enseguida, de su producción y su empleo. En cuanto a Colombia, quedaría aplastada debajo del elefante.

La tercera vía es que el dólar caiga hasta que, para Estados Unidos, las importaciones se hagan tan costosas y las exportaciones tan competitivas que el déficit se reduzca por efecto de los precios. En la práctica, pues debo abreviar, esa solución probable sería adobada con una política fiscal y monetaria menos expansiva, a fin de acelerar el ajuste. El problema para Colombia sería que una vez el mercado de exportaciones a Estados Unidos se contraiga la lucha entre los exportadores emergentes a ese país se pondrá a mordiscos. En ese momento llorarán sangre quienes, a diferencia de China, hayan mirado con complacencia la revaluación de sus monedas.

Aunque el plazo de una proyección de este tipo es muy conjetural, no me extrañaría que esa situación, de mercado estadounidense en contracción y competencia al degüello entre los exportadores de países emergentes, coincidiera para Colombia con la primera etapa del TLC y con la etapa final de la campaña para la reelección de Uribe.
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