Opinión

  • | 1999/05/07 00:00

    Crédito traumatizado

    El brutal aumento de las tasas de interés en 1998 traumatizó el mercado del crédito.

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Uno de los síntomas más preocupantes de la recesión en que se hundió la economía desde finales del año pasado es la contracción del crédito. La cartera bruta del sistema financiero, ajustada por la inflación, cayó más de 6% en los últimos 12 meses a pesar de que en ella incluimos la cartera vencida, la única que está creciendo.



El problema no tiene una solución fácil ni inmediata. Hay algo de verdad en cada una de las dos explicaciones más frecuentes. Primera, que la demanda de crédito se vino abajo y tardará en responder a las tasas de interés. Segunda, que debido a la explosión de la cartera morosa muchos prestamistas no querrían o no podrían ampliar su crédito aunque la demanda se recuperara.



Pero, a menos que ambos problemas se resuelvan, la economía seguirá en coma y el desempleo seguirá elevándose, aunque ya hayamos alcanzado niveles impensables hace un año.



La demanda de crédito



Una de las características mejor conocidas del ciclo económico es que durante la fase recesiva la demanda de crédito casi no responde a una baja de las tasas de interés. Los economistas suelen referirse a ese fenómeno recordando que "uno puede llevar el caballo a la fuente, pero no puede obligarlo a beber" o que "es imposible empujar un hilo".



Una buena parte de la teoría sobre el manejo del ciclo económico, que la nueva sabiduría convencional para países emergentes decidió echar por la borda, gira en torno a las limitaciones de la política monetaria para reactivar la economía y explica por qué es un error reducir la inversión pública en medio de una recesión, algo que hoy hasta nuestros halcones del equilibrio fiscal parecen reconocer.



Las razones por las que en una recesión la demanda casi no responde a una baja de las tasas de interés son similares a las que hacen que a nadie se le ocurra que, cuando la actividad edificadora está paralizada, una reducción del precio de los ladrillos aumente mucho las ventas de ladrillos. El crédito es un insumo para la producción y, por bajo que sea su precio, nadie va a demandarlo a menos que espere poder vender el producto final.



La diferencia entre la tasa de interés y el precio de los ladrillos es que una reducción importante de la interés real sí tiene la capacidad, dentro de un plazo razonable, de reactivar la demanda total porque reduce la carga de intereses de los deudores, porque hace que más proyectos de inversión sean rentables, porque aumenta la competitividad de las exportaciones y por muchas otras vías.



Pero esos efectos sólo pueden esperarse con bajas tasas de interés reales. Aunque mucha gente parece incapaz de distinguir entre tasas nominales y reales y habla hoy como si ya tuviéramos tasas de interés bajas, una vez se descuenta la inflación se confirma que todavía tenemos una DTF real más del doble de la promedio de 1997 y seis veces (¡sí, 6 veces!) la tasa DTF real promedio de 1992-1993.



Sigo creyendo que, pocos meses después de que la DTF real caiga al 4% o 5%, las expectativas de los negocios mejorarán y que la demanda de crédito (el insumo para la producción) se reanimará. Falta ver si en ese momento la oferta de crédito puede responder o si el trauma ya causado al sistema financiero arruina las esperanzas de recuperación económica.



El problema de la oferta



Otro posible obstáculo para la reactivación es que los bancos no quieran o no puedan prestar. No le doy mucha importancia a lo primero porque las entidades de crédito o bien prestan o se retiran del negocio dejando su lugar a otras que estarán muy dispuestas a ocuparlo. Disminuir en forma deliberada la cartera sería fatal porque haría cada vez más difícil cubrir los costos fijos.



A menos, claro, que el gobierno o el Banco Central creen una oportunidad artificial de inversión del ahorro captado por los bancos, que compita con el crédito. Algo así se observó en Venezuela entre 1995 y 1997, cuando la banca de ese país dejó de prestar y se dedicó a comprar Títulos de Estabilización Monetaria del BCV, que ofrecían tasas superiores que las que ellos pagaban por las cuentas de ahorro y los CDT.



No descarto que algo similar ocurra en Colombia pero, aunque nuestra autoridad monetaria ya le hizo un daño terrible a la economía ­siempre con la mejor buena fe­, me resisto a creer que ahora, que la ve malherida, opte por rematarla en lugar de darle otra oportunidad.



El otro problema con la oferta de crédito se relaciona, precisamente, con el daño del que hablo. Muchas entidades financieras han entrado en un proceso de contracción real de su cartera porque los fondos que captan ni siquiera les alcanzan para financiar sus activos improductivos, que están explotando debido a la ruina de los deudores. En el primer bimestre de 1999 los depósitos y bonos de las entidades de crédito aumentaron $958.000 de millones, pero los activos improductivos (principalmente cartera vencida, bienes recibidos en pago y cuentas por cobrar) aumentaron $1,7 billones ($1.745.000 millones).



La solución de ese problema exige una política general de reactivación económica, uno de cuyos elementos claves es la baja de las tasas de interés reales, y medidas específicas para devolverles la liquidez a los activos de las entidades de crédito, hoy inmovilizados en una proporción peligrosa para la salud de la economía.



La situación es compleja. La baja de la tasa de interés no bastará para sacarnos del atolladero pero ninguna otra cosa puede contribuir tanto. Si las tasas reales caen a niveles razonables y la economía sigue en coma, todos reconoceremos que el Banco de la República hizo lo que pudo.



Pero que, sin que haya motivaciones de estabilización de precios o razones de disciplina monetaria, se siga bloqueando la baja de las tasas de interés, para salir luego con el lastimoso argumento de que la economía se quebró porque la baja de las tasas no podía resolverlo todo, sería imperdonable.
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