Crecimiento y clima de los negocios

| 6/9/2000 12:00:00 AM

Crecimiento y clima de los negocios

El clima de los negocios y el ambiente político solo influyen críticamente en la economía cuando la política económica es inadecuada.

por Javier Fernández Riva

Hace años dejé de dictar clases, cuando me aburrí más de la cuenta de la corrección de exámenes y cuando perdí la dichosa seguridad de los profesores jóvenes que saben, sin el resquicio de una duda, todas las respuestas. Pero a veces me engaño con la idea de volver, y me imagino teniendo una buena discusión, en un curso de principios de economía, sobre la influencia del clima de los negocios y el entorno político sobre la producción y el ingreso nacional.

Claro, dirá el lector típico de Dinero. Es deseable que los futuros economistas entiendan desde el principio la estrecha relación entre el ambiente para los negocios y las variables económicas, porque es peligroso que luego vayan por ahí, incluso haciendo política económica, sin una clara comprensión de algo tan crítico.

Pero si lo dice no está ni tibio. La verdad es que ese, como tantos otros axiomas de los negocios, tiene poco qué ver con la economía real. Y no porque la política y el clima de los negocios no influyan en el crecimiento y otras variables económicas, pues no hay necesidad de plantear extremos. Sencillamente, la importancia de esos factores es muy inferior a la que suele atribuírseles en los medios empresariales.

No sé si las cosas son así en otras partes, pero en Colombia una persona que en las últimas décadas se hubiera valido de la "obvia" relación entre el ambiente político y de los negocios, por un lado, y la economía, por el otro, para prever si la producción empeoraría o mejoraría habría hecho, en promedio, predicciones inferiores a otra que se hubiera limitado a tirarlo a cara o sello. Y mucho peores que quien se hubiera concentrado en analizar con cuidado las tasas de interés, el crédito, la inversión pública y el tipo de cambio real, relegando a un segundo plano la información sobre el "entorno".





Ejemplos

Permítanme ilustrar esta afirmación con cuatro ejemplos del último cuarto de siglo.



El más lejano de ese período, pero todavía vivo en la memoria de muchos, es el del último año del Gobierno de López Michelsen, de agosto de 1977 a agosto de 1978. Habría que esperar dos décadas para ver, en el gobierno Samper, un mayor desaliento empresarial y un peor clima político. La oposición política del pastranismo era feroz. Los empresarios, desesperados por las consecuencias de la primera apertura económica, no hablaban más que de lo mal que iba todo y de la necesidad de cambiar el modelo. ¿Y los trabajadores? Bueno, los trabajadores dejaron consignada su opinión en el Paro Nacional de 1977, cuyo sangriento fantasma todavía recorre el país.

Según la supuesta relación de sentido común íbamos derecho al desastre. Pero resulta que en 1978 el crecimiento fue 8,5%. La inflación cayó a plomo. El desempleo alcanzó en junio un mínimo histórico de 7,6%. La balanza en cuenta corriente tuvo superávit. Fue el año bandera de la historia económica colombiana. Una adecuada política monetaria y fiscal logró todo eso en medio del pesimismo empresarial y un terrible clima sociopolítico.



1991 es el ejemplo opuesto. El entusiasmo de los empresarios por las "leyes de la apertura" era desbordante. Todo el mundo estaba feliz con la revocatoria del Congreso y la expedición de una nueva Constitución, que se creía la gran cosa, y en cuyo diseño habían participado el antiguo M-19 y hasta el gato. ¿Quiere una prueba numérica del optimismo? El índice de la Bolsa de Bogotá aumentó 258% en 1991.

Pero todo eso no impidió la "recesión", inducida por una restricción crediticia decidida por Hommes para parar la inflación. La inversión se desplomó y el producto interno solo creció 2,0% en 1991, menos de la mitad de lo que había aumentado en 1990. Hasta hace poco esa se consideraba una "recesión" de cuidado.



Tercer ejemplo. Hace tres años, entre junio de 1997 y junio de 1998 sufrimos las peores condiciones políticas y de los negocios del siglo XX. Hombre, si se le paran a uno los pelos de punta de recordarlo. El Presidente, sin visa de Estados Unidos. El país, "descertificado". La mitad de la población temerosa de que Samper resistiera hasta el final y la otra mitad muerta de miedo de que lo reemplazara De la Calle. Los empresarios, en olor de quiebra y todo el día en las trincheras políticas, porque tenían poco qué hacer en las fábricas...

En 1997 lo único para compensar ese entorno tan negativo fue una tasa de interés real moderada, que se mantuvo hasta que, al año siguiente, el Banco de la República decidió salvar al país quintuplicándola. Y la baja tasa de 1997 funcionó: en los 12 meses hasta junio de 1998 la producción creció 4,1% anual.



Va mi ejemplo final. Hace 22 meses subió a la Presidencia Andrés Pastrana. En seguida, recepción en Washington, con todos los fierros. Inicio de las conversaciones de paz. Y, para tranquilidad de los empresarios, que habían vivido con el corazón en la boca durante el irresponsable gobierno de Samper, un programa económico ortodoxo. ¿Y qué pasó? ¡Cataplum! Ni para qué alargarme.



El ánimo a la baja

Hoy estamos, nuevamente, con el ánimo en los zapatos. Muchos dicen que, debido a los escarceos políticos de abril y mayo, y a la resistencia del partido Liberal a aprobar las reformas FMI sin cambiarles una coma este año, si bien nos va, el producto apenas crecerá 1,5%. Y que el próximo será peor.

Por mi parte, reconozco que no es fácil mantener el optimismo cuando el Gobierno se empeña en ejecutar la política fiscal que he bautizado como "a la Herbert Hoover", en honor del genial Presidente estadounidense que en el siglo XX logró convertir una caída de la bolsa de valores en la Gran Depresión Mundial. Pero ni siquiera esa política fiscal será capaz de frenar la recuperación en curso, a menos que logre el concurso de un manejo monetario igualmente torpe.

Y, ni siquiera con la ayuda del FMI, creo que la política económica del país vaya a caer tan bajo.
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