Opinión

  • | 2003/09/19 00:00

    Corrupción y crecimiento

    Samper salvó su pellejo, pero deja el desprestigio de la Presidencia. Urgen programas anticorrupción efectivos.

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En la encuesta de Napoleón Franco, contratada por El Tiempo y publicada en ese diario a finales de septiembre aparece la corrupción como el tercer problema que afecta al país, después del desempleo y de la guerrilla. Los colombianos creen que los partidos políticos son tan corruptos como el narcotráfico, lo cual no debe sorprender a nadie después del proceso 8.000, los rumbos que toma la ley de extradición y la aparición de otro proyecto de ley que pretende descongestionar las cárceles, comenzando por los padres de la patria que las habitan -otro supernarcomico-.



Lo que los medios no destacaron es que los colombianos piensan que hay mucha mayor corrupción en la Presidencia de la República que en la guerrilla, el Congreso de la República, el narcotráfico o las oficinas de tránsito. Esto no había ocurrido antes. La Presidencia de la República, con la Iglesia católica y el Ejército, siempre había mantenido un alto nivel de respetabilidad. Pero la corrupción ha llegado muy alto, tan alto que logró acabar con la buena imagen y el prestigio de la Presidencia.



La mayoría de los colombianos está preocupada por este fenómeno de la corrupción y quiere contribuir a extirparlo, no sólo por razones morales, sino porque cuesta, incomoda y les crea obstáculos a sus quehaceres económicos y profesionales.



Tienen razón. El problema de la corrupción tiene consecuencias económicas muy graves adicionales a las consideraciones éticas: La corrupción afecta negativamente la inversión y ello lleva a un menor crecimiento económico. Este ya es un hecho confirmado empíricamente y hace indispensable que el país piense en serio cómo va a ponerle fin a la corrupción del sector público. No debe pasar inadvertido que una disminución apreciable de la corrupción -por ejemplo, pasar de tercero a vigésimo segundo en la lista de los países más corruptos- podría significarle un aumento de la tasa de inversión de ocho puntos porcentuales y, en consecuencia, una elevación de la tasa de crecimiento de largo plazo de más de dos puntos porcentuales por año. ¿Vale la pena el esfuerzo? Claro, porque reduciríamos el tiempo necesario para duplicar el ingreso en una tercera parte y se podría hacer bajar la tasa de desempleo por lo menos al 8% del nivel actual del 13%.



En los años sesenta, algunos investigadores afirmaban que un nivel bajo de corrupción -la corrupción limitada a sus justas proporciones- podría favorecer el crecimiento económico porque creaba un camino para que el sector privado evitara los costos de las demoras impuestas por las trabas burocráticas y porque supuestamente estos pagos a miembros de la burocracia los motivarían para trabajar con mayor tesón. Estos absurdos argumentos se esbozan todavía hoy para justificar o para minimizar el efecto de la mordida y el soborno.



La realidad es muy distinta. La corrupción induce un menor crecimiento económico porque afecta negativamente la inversión e inhibe la inversión extranjera de empresas de los países que castigan el soborno. Esto último es particularmente cierto cuando la corrupción afecta a las entidades responsables de la infraestructura o las telecomunicaciones, a la administración de impuestos o a las agencias regulatorias porque crea condiciones para que las empresas que utilizan el soborno obtengan los contratos, eludan los controles o paguen menores impuestos. Las ventajas sobre las que no utilizan dichas prácticas ilegales crean condiciones de competencia desleal. Ello provoca que la inversión extranjera no fluya hacia Colombia, sino que busque condiciones de mayor transparencia, en el sur del continente, por ejemplo.



El otro costo económico de la corrupción es que induce ineficiencia. Ello lo hace de dos maneras: por una parte, la corrupción estatal estimula la creación y proliferación de reglas absurdas y de tramitología, pues estas reglas y los trámites que conllevan son precisamente las oportunidades para extraerles a los usuarios del sistema las mordidas que aceitan la maquinaria. En segundo lugar, la corrupción produce ineficiencia porque desvía recursos del Estado de las actividades y áreas con mayor beneficio económico y social, como la educación, a aquellas que ofrecen las mayores oportunidades para el enriquecimiento ilícito de contratistas y funcionarios -los macroproyectos, las armas y los elefantes blancos-. También induce a que se mantengan monopolios estatales en forma innecesaria, con lo cual se desestimula la inversión privada en muchas áreas.



Finalmente, la corrupción acentúa la tendencia a realizar proyectos mucho más grandes que los que se necesitan, o mucho antes de que sean necesarios, porque de esa manera se aumentan las posibilidades de enriquecimiento, en valor presente, de los sospechosos de siempre.



Por este camino se ha llegado a que el país posea muy bajos índices de eficiencia de la inversión, a tal punto que los ajustes macroeconómicos de mediados de los ochenta, cuando se redujo considerablemente la inversión pública, no afectaron apreciablemente la tasa de crecimiento.



Llamamos la atención de los candidatos a la presidencia para que le pongan atención a este tema, ahora que se están definiendo grandes temas como los de las telecomunicaciones, las licitaciones de programas y noticieros y la televisión privada, y en un momento en el que es necesario rescatar la confianza en el Estado y la eficiencia de las instituciones gubernamentales.



Samper salvó el pellejo, pero enredó en el proceso a la institución más importante del país y les deja como legado el desprestigio de la Presidencia. Para volverla a poner en alto es necesario instaurar programas anticorrupción efectivos. La erradicación de la corrupción pública y privada genera crecimiento económico, fortalece las instituciones legales y beneficia a todo el país, en especial al sinnúmero de desempleados que existen porque la corrupción no deja crecer la economía al ritmo necesario para darles trabajo a las 500.000 personas que se quedaron sin empleo y viendo un chispero ante el fracaso rotundo del Salto Social.
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