Opinión

  • | 1997/05/01 00:00

    Corrupción y costos de transacción

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Los colombianos ya nos estamos acercando, peligrosamente, al punto de aceptar que toda transacción que efectuemos involucra un riesgo de ilegalidad. Por ende, aceptamos plácidamente pagar un sobrecosto por cada transacción (papeleo, demoras, trabas), de tal forma que los precios efectivos asociados con aspectos centrales de la vida difieren en grado notable de los precios nominales. Esto atenta contra la competitividad y el desarrollo.



La teoría económica tradicional no favorece propuestas en el sentido de que la sociedad intente un simple "borrón y cuenta nueva" eliminando de tajo las talanqueras, por el mismo tipo de razones que la hace poco amiga de las amnistías en general. En presencia de retornos grandes o de probabilidades de captura bajas, habrá corrupción porque el ambiente está creado. Las amnistías, si algo hacen, es elevar el retorno asociado con delinquir, medido en valor presente.



Hay evidencia creciente en el sentido de que esta conclusión no es completamente válida. Por ejemplo, se ha mostrado que ciudades muy similares tanto socialmente como en términos de su régimen legal y policivo, tienen tasas de criminalidad radicalmente diferentes1. Varios trabajos recientes han empezado a atacar la inconsistencia entre las cifras y la conclusión tradicional. Su análisis me parece pertinente.



Primero, empecemos subrayando que la evidencia sugiere que el nuestro es uno de los países más corruptos del planeta y que la corrupción tiene costos2.



Segundo, esto es curioso porque no es nada claro que los colombianos poseamos un gen alterado. Las explicaciones biológicas no son satisfactorias. Cada cohorte de colombianos está compuesta por una proporción de gente propensa al crimen, quienes cometerán delitos, sin que importe la estructura de penas e incentivos. Otra parte está formada por gentes propensas a la honestidad, quienes jamás delinquen, también sin que en la decisión medien incentivos. La masa se ubica en la mitad: son "pragmáticos" y actuarán a lo largo de su vida según los costos y beneficios de turno.



Con base en la idea de que la mayoría de los sistemas de talanqueras se imponen para corregir un esquema de incentivos perversos para los pragmáticos, Jean Tirole, sugirió, recientemente, la siguiente idea3. Como la sociedad no tiene información perfecta acerca de cuál es el tipo (corrupto, honesto, pragmático) de cada uno, la población queda sujeta a la "fama" que tenga. La "fama" es un stock, en buena parte heredado y constituye una solución al problema de información imperfecta.



El punto es que Colombia puede estar atrapada en un equilibrio de alta corrupción, alta desconfianza mutua, altos costos de transacción y baja productividad, del cual no es fácil salir, aun si se modifican en grado sustancial las penas y las probabilidades de captura.



Desde el punto de vista de un "pragmático", con fama (merecida o no) de corrupto, la decisión de delinquir puede ser racional, aun si las penas efectivas suben en grado importante. Si hay altos índices de corrupción inicial y -por ende- un alto grado de desconfianza y talanqueras, el proceso de reincorporación, tras una elevación de penas, es demorado. La razón es que el riesgo esencial persiste: yo seguiré desconfiando de quien me quiera comprar a crédito y me demoraré en darle la oportunidad de que se comporte civilizadamente. Esta rigidez, de por sí, es un incentivo para la otra persona en el sentido de que sigue siendo rentable tumbarme.



Esta demora en solucionar el problema tiene costos: el número de personas dedicadas por demasiado tiempo a oficios con aporte social negativo o nulo (expertos en saltar talanqueras), que podrían estar ejerciendo actividades productivas. El valor presente de este costo se debe comparar con el costo de estrategias alternativas.



Otorgar un "borrón y cuenta nueva" a todos los ciudadanos, al tiempo que se aumentan las penas efectivas, implica un costo: el desfalco efectuado por todos los criminales "puros" a quienes nada frenará. Al mismo tiempo, sin embargo, se modifica positivamente el esquema de incentivos para los pragmáticos, quienes pueden pasar a convertirse en gentes productivas.



En Colombia, por la incapacidad del Estado de eliminar ex post a los malhechores, la estructura de incentivos se ha ido deteriorando en favor de la corrupción. Hoy en día una proporción inusualmente alta de pragmáticos es -o se presume que es- deshonesta. Las talanqueras surgen para intentar solucionar ex ante este problema de impotencia ex post. Se genera un círculo vicioso: más corrupción, más desconfianza, más talanqueras, más corrupción.



Según lo expuesto, la decisión depende de tres parámetros. Primero, el porcentaje de corruptos "puros", que supongo igual al caso de cualquier otro país. Segundo, el costo de aceptar que ellos desfalquen hasta que los saquemos del sistema, cosa que será más rápida cuanto más radicalmente cambien las penas y el sistema policivo. Tercero, el beneficio que reporta poner los pragmáticos a producir bajo el nuevo esquema de incentivos, el cual puede ser grande en un país como Colombia, dotada con dos actividades que no aportan beneficio social: una, poner barreras contra la corrupción y otra, hacerles el quite.



En nuestro contexto, el simple aumento de penas se va a demorar en surtir efectos visibles. Por esto, hay más probabilidad de que una eliminación radical de las talanqueras, combinada con un replanteamiento serio de las reglas del juego, sea beneficiosa en términos de valor presente.



Sintetizando, mi punto es que estamos metidos en un círculo vicioso de alta corrupción, alta desconfianza mutua, altas talanqueras y creciente ineficiencia. Cada día con más gravedad afectamos el desarrollo y la calidad de vida. Es el momento de comenzar una reflexión seria sobre esquemas radicales de solución. Aquí he planteado, primero, que seguir implantando talanqueras ex ante es inferior, como eje de la política, a la penalización ex post. Segundo, que hay razones de costo beneficio a favor de complementar lo anterior con una reducción fuerte de las talanqueras actuales.



Sin duda, nos van a robar. El planteamiento que hago lo acepta pero tiene dos argumentos. Primero, ya nos estamos acercando al punto en el cual la suma de este desfalco puede ser menor al beneficio que en valor presente tendría reincorporar rápidamente a los pragmáticos que hoy optan por delinquir. Segundo, el simple aumento de penas efectivas puede ser insuficiente para el logro de esta reincorporación rápida.
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