Opinión

  • | 1994/07/01 00:00

    Corbatas o pantalones

    Aunque seguir hablando del deterioro de Bogotá es llover sobre mojado, hay que seguir haciéndolo ante la perspectiva de tener de alcalde o a un filósofo sin pantalones o a un dirigente sindical o a un general policía.

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Hablemos de clientelismo. Contra lo que todos pensamos y decimos, es falso que nuestra ciudad no tenga dueño: tiene muchos dueños.

En muchos barrios hay pequeños jefes con electorado propio y endosable que usufructúan su pedacito de poder electoral recibiendo, a cambio de los votos, puestos para sus amigos en cualquier dependencia distrital. El resultado es fatal, pues no solamente los funcionarios que ocupan esas "corbatas" no se escogen por su capacidad o experiencia, sino que sus jefes son los dueños de los votos o los elegidos con ellos y no los que les corresponden en el organigrama. Y además quedan en la obligación de retribuir a sus electores y lo hacen la mayoría de las veces con obras locales inútiles o que no consultan las prioridades de la ciudad, o con influencias y contratos. Y esas corbatas son de todos los niveles, desde poliéster hasta Hermés, y las hay de muchas pintas, especialmente de animales.

Este fenómeno, que para utilizar una palabra de moda es "autosostenible", ha producido una desbordada de administrar una ciudad? Ninguna de estas cifras incluye las tres empresas de servicios públicos, que juntas tienen más de 15.000 empleados. ¿Qué tal el caso de la empresa de teléfonos donde el sindicato sacó en hombros a " Antonio Galán, no propiamente por haber botado a zánganos y corruptos? Y muchos lo consideran el candidato ideal para alcalde, cuando, en el mejor de los casos, calificaría para líder sindical . Pero lo más perjudicial de esta burocracia no es su costo, sino la traba para todos los particulares que de penden de permisos. Los trámites son cada día más complejos y agobiantes y los esfuerzos para simplificarlos han sido inútiles porque van en contra del interés de os funcionarios, ya que o justifican su chanfaina o, mucho peor, son fuente de ingresos para su bolsillo o el de sus padrinos. Y lo más injusto es que en la administración municipal hay muchos funcionarios capaces y honrados, pero su buena labor la tienen que desempeñar a contrapelo de los otros. Sobran corbatas y faltan pantalones para eliminarlas.



Otro aspecto del problema, es lo que podríamos llamar la "privatización" de Bogotá. Nuestra ciudad ha sido pionera en ese tema, ahora de moda, pues desde hace años su administración está contaminada de intereses particulares. Hace poco pregunté por qué en Medellín no hay, desde hace 20 años, nuevas urbanizaciones ilegales y la respuesta de Perogrullo fue: porque metieron presos a los piratas. Eso no se ha hecho en Bogotá, simplemente porque aquí hacen parte del gobierno distrital. Algunos ejercen su actividad desde las curules del Concejo y someten a los funcionarios a presiones para que otorguen permisos ilegales a sus urbanizaciones, o simplemente se "pasan por la faja" todas las normas y entregan a los pobres lotes sin servicios para luego aprobar, desde su posición oficial, la inversión de recursos públicos para adecuar esos barrios subnormales.



La renovación de nuestra ciudad requiere no sólo la modernización del aparato estatal, sino un cambio de las costumbres políticas. A veces piensa uno que para Bogotá ha sido un gran mal la elección popular de alcalde, pues cuando éste era nombrado por el presidente, al menos había un camino expedido para cambiarlo.

Sin embargo, hay que aceptar que en el pasado también hubo alcaldes nombrados "de cuyos nombres no quiero acordarme", cuya gestión ganaría premios en un campeonato de ineptitud. ¿Qué tal el que planeó Ciudad Bolívar como la solución de la vivienda para pobres en el sitio menos apropiado por los enormes sobrecostos de infraestructura que requería? Y hablando de alcaldes con períodos de tres años, éstos deberían entender que en una ciudad como Bogotá ningún alcalde puede ser el que siembra y cosecha, pues todos los planes que tengan algún impacto real trascienden un período. Por eso es infantil que cada administración quiera apropiarse de las obras que inaugura cuando vienen de gobiernos anteriores, o que se ufane de haber empezado una obra cualquiera pues lo más difícil es llevarla al feliz final. Castro inauguró El Guavío, que lleva como nueve administraciones y ni a Pastrana se debe el agua que muchos barrios recibieron durante su mandato, ni Caícedo es el único-papá de la troncal de la Caracas, para mencionar sólo tres casos. Claro que el próximo alcalde tendrá poco de qué apropiarse .

Lo más triste del cuento es que las perspectivas son descorazonadoras. No aparecen en el panorama aspirantes a la Alcaldía y mucho menos al Concejo, que nos hagan ver una lucecita al final del túnel. Claro que es un gran adelanto que el caos en que vivimos empiece a hacer caer en cuenta a los ciudadanos de la importancia de elegir bien, pero sí en octubre tenemos que escoger entre un filósofo sin pantalones, un dirigente sindical y un general policía, mejor apague y vámonos.
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