Opinión

  • | 2009/12/11 12:00

    Copenhague ¿Preludio de un suicidio colectivo?

    El cambio climático es una realidad que no se puede tapar con las manos y su solución pasa por la adopción de un nuevo modelo de desarrollo, bajo en emisiones de gases efecto invernadero.

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A principios de diciembre se inició en Copenhague la Cumbre sobre el Clima, tal vez la reunión más importante que se haya realizado por Naciones Unidas después de la Cumbre de Río en 1992, a la cual asistieron más de 160 Presidentes para firmar las Convenciones de Biodiversidad, Cambio Climático y Desertificación. A diferencia de Río, en esta oportunidad serán muchos menos los dignatarios que se harán presentes para la foto, puesto que no se llegará a ningún acuerdo jurídicamente vinculante para la reducción de los gases efecto invernadero (GEI) que ocasionan el calentamiento del planeta. Me atrevo a pronosticar que a lo máximo que se llegará es a una declaración política llena de buenas intenciones que identificará acciones por desarrollar pero sin definir metas precisas, medibles y verificables de reducción de las emisiones, que es lo que el mundo está exigiendo para evitar la catástrofe. Posiblemente, la declaración también señalará fechas futuras para resolver lo que no se logre pactar y acordará algunos mecanismos institucionales.

Algo similar ocurrió cuando estalló la crisis económica y los líderes mundiales de las principales economías se reunieron de urgencia en Londres, solo que esta vez la crisis tiene otro carácter y no se soluciona emitiendo billetes para inyectarle al sistema financiero. En esta oportunidad se trata de tomar acciones que impactarán el modelo de desarrollo vigente para avanzar hacia una economía cero emisiones. He ahí la gran dificultad, en medio de una crisis económica que aún no termina, lo cual no es excusa.

Los hallazgos del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) que agrupa a más de 2.500 científicos de todo el mundo son incontrovertibles. La concentración de GEI en la atmósfera a partir de la era industrial (1750) son muchísimo mayores que aquellas que se dieron a lo largo de miles de años de manera natural. Solo entre 1970 y 2004 hubo un crecimiento del 70% en las emisiones de GEI, lo cual es atribuido a la mano del hombre. Las observaciones empíricas muestran el derretimiento de los casquetes polares y de los glaciares. El aumento de la temperatura global está estimado en 0,2 grados centígrados por década en los próximos veinte años y en la medida que el planeta continúe calentándose, menor será su capacidad natural para la absorción de CO2. Pero, además de todos estos hallazgos, el IPCC recuerda que con la información disponible es incierto poder determinar los niveles del aumento de temperatura que puedan ocurrir en el largo plazo y que las proyecciones más allá de 2050 son altamente dependientes de escenarios y modelos aún no existentes. Una de las conclusiones es que tal como están las cosas las emisiones continuarán aumentando a no ser que se tomen las medidas del caso; sin embargo, la gravedad del asunto es tal que el calentamiento y el aumento de los niveles del mar continuarán a lo largo de los siglos así se adopten las medidas para reducir las actuales emisiones, esto debido a la dinámica natural de causa y efecto.

El cambio climático es una realidad que no se puede tapar con las manos y su solución pasa por la adopción de un nuevo modelo de desarrollo, bajo en emisiones de GEI. Esto implica la transformación de los sistemas productivos y la adopción de nuevas fórmulas económicas. Uno de los imperativos es la sustitución de energías dependientes de los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón, causantes de gran parte de las emisiones de GEI, a energías sostenibles como la solar o la eólica. También el establecimiento de nuevos sistemas de impuestos que regulen las emisiones y castiguen a los emisores, sean estas empresas o ciudadanos del común. Implica nuevos mecanismos de financiamiento para evitar la deforestación y también la transferencia de recursos por parte de los países industrializados hacia países en vías de desarrollo que requieran mitigar y adaptarse a cambios devastadores que ellos no han ocasionado. Lamentablemente, los avances en todos estos campos son tímidos.

Es por todo lo anterior que los dirigentes mundiales no podrán llegar en Copenhague a acuerdos jurídicamente vinculantes en el corto plazo y todo esto a pesar de que en la conciencia colectiva está claro que el no lograr acuerdos sobre acciones concretas es el preludio para un suicidio colectivo.

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