Opinión

  • | 1994/11/01 00:00

    Coordinando el gasto

    Los gobiernos no resisten la tentación de gastar más allá de lo debido. Aunque se cumplan las metas de "déficit fiscal", la inflación no cede.

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Motivos laborales nos obligan a abandonar temporalmente el país y, consiguientemente, a suspender esta columna. Si bien en el último año y medio hemos abordado diversos temas, la política fiscal ha recibido nuestra máxima atención. Ahora que, prácticamente sin mediar debate, ha sido aprobado el presupuesto de la Nación para 1995, el tema vuelve a recobrar importancia.

Desde que la Constitución de 1991 reformó al Banco de la República, haciéndolo virtualmente independiente, la "coordinación" entre éste y el gobierno se volvió un aspecto central de la política económica. ¿Para qué coordinar? Para que el logro del mandato del banco -que es bajarla inflación, o, puesto en otros términos, tener una moneda fuerte y competitiva- se alcance, en armonía con otras iniciativas gubernamentales.

Por razones que no son nada claras para nosotros, hasta el momento dicha "coordinación" ha hecho referencia, en esencia, al tamaño del déficit (o superávit) fiscal que el Banco considera tolerable para no comprometer la meta de inflación. Es decir, el Banco analiza una cantidad de variables económicas, deduce un balance fiscal que razonablemente se compatibiliza con su meta de inflación y

compromete al gobierno al logro de aquél.

Existen varios motivos por los cuales este procedimiento de "coordinación" es infortunado, razón por la cual no es

de sorprender que, después de haber hecho lo divino y lo humano, hoy la inflación ronde el 22%, cifra a la que Hommes aspiraba a llegar hace cuatro años.

De una parte, sorprende que la "coordinación" se refiera a una variable que el gobierno no controla. Al fin y al cabo, el balance del sector público incluye dentro de sus ingresos conceptos tan erráticos y poco predecibles como el precio internacional del café o del petróleo. Estos no sólo no los fija el gobierno sino que pueden tener efectos adversos sobre la inflación. Así, un aumento en el precio internacional del café, que naturalmente mejora la posición fiscal, no sólo no refleja ningún mérito de la política fiscal sino que, lo que es peor, tampoco facilita el logro de la meta inflacionaria. En segundo lugar, el balance fiscal incorpora una cantidad de gastos que poco o nada tienen que ver con el comportamiento de la inflación. Entre éstos destacamos el servicio de la deuda externa o la importación de bienes para uso del sector público. Al no tenerse en cuenta la composición del gasto, el gobierno podría ser fiel a su compromiso de "coordinación" con el Banco, gastando más en burocracia y retrasando el servicio de la deuda externa. El balance fiscal sería el mismo, pero las connotaciones inflacionarias serían radicalmente diferentes.

En un reciente estudio elaborado conjuntamente con Andrés Escobar en Fedesarrollo se muestra que dentro de los determinantes de la tasa de cambio real se destacan los términos de intercambio (cuando mejoran -producto por ejemplo de una bonanza cafetera- la tasa de cambio real cae) y el gasto público en bienes no transables (por ejemplo, cuando se incrementa el gasto en burocracia, la tasa de cambio real disminuye). Por el contrario, no se encontró evidencia de que el déficit fiscal juegue un papel importante como determinante de la tasa de cambio real.

Cuando en el Congreso no se discute en profundidad el presupuesto (es decir, el tamaño y la composición del gasto público) y cuando la "coordinación" entre el gobierno y el Banco se plasma en una variable que nadie controla y cuyo efecto sobre la inflación y la tasa de cambio real es incierto, estamos en serios problemas. No sorprendería que la inflación se mantenga alta y la tasa de cambio real se continúe apreciando. Pronto saldrán gremios y técnicos a cuestionar el tamaño del gasto público, pero ya será muy tarde. El presupuesto ya estará aprobado y Banco y gobierno seguramente ya habrán acordado una "meta de déficit fiscal" para 1995.

Vamos para cuatro años de estar escuchando que, en el propósito de bajar la inflación, "cabe un déficit fiscal de x%". La meta de déficit generalmente se ha cumplido -cosa que el anterior gobierno siempre nos recordó- y la inflación no ha bajado. Más claro no canta un gallo.

Por cierto, descontado el servicio de la deuda, el presupuesto que acaba de aprobar el Congreso contempla un incremento real en el gasto del gobierno central superior a 10 puntos, continuando la tradición de gasto desbordado implantada por la anterior administración. No resta sino desearle ánimo a Juan Camilo Restrepo, uno de los pocos parlamentarios que le dio la debida importancia a semejante bobadita.
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