Opinión

  • | 1997/12/01 00:00

    Convergencia lenta y segura

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Audaz, el presidente Samper al sugerir en isla Margarita una serie de laudos españoles para arreglar diferencias y diferendos entre repúblicas americanas. ¿No iba a traer a la memoria venezolana los legendarios triunfos diplomáticos de hace cien años del nefasto y encantador Carlos Holguín, con sus coqueteos a la reina y el regalo del tesoro quimbaya?



Pero las relaciones entre Colombia y Venezuela, entre colombianos y venezolanos, entre las economías de los dos países, abarcan temas de interés más profundo que la línea de la frontera, la gama de los problemas fronterizos de guerrilla, secuestro y contrabando, de los indocumentados, de los presos, de los carros robados.



Contemplar el espectro de las diferencias y las similaridades entre los dos países siempre fascina (las notorias continuidades culturales entre los llanos de ambos y entre los santanderes y el Táchira conforman un espectro en sentido estricto). Y con todos sus altibajos, ha habido en los últimos años un verdadero proceso de integración, de hechos, de inversiones y de flujos comerciales, de creciente curiosidad, no sólo de retórica. Las verdaderas integraciones siempre implican convergencias. ¿Qué pasa en este caso?



Hace diez años eran dos sectores privados, dos medios políticos bien distintos. Venezuela siempre ha sido un país en donde el poder político es mucho poder, aún antes del petróleo y del general Juan Vicente Gómez, desde los días de José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco. El sector privado ha tenido que funcionar de manera subordinada. No ha producido muchas figuras autónomas. Su manifestación típica ha sido el grupo, el conglomerado, compenetrado con un Estado de grandes recursos, que hace grandes obras y que ha tenido una propensión igualmente grande a la intervención y la reglamentación.



Sus líderes raras veces han puesto la cara en la vida pública de manera franca, pero han tenido que vivir de la política mucho más que los empresarios colombianos. Aunque existen muchos gremios, todos bien politizados, esa política se hace esencialmente de manera individual, sin estructuras formales. La compenetración con el Estado llega a veces a grados todavía impensables en Colombia, como hasta hace poco cuando el muy activo jefe de un conglomerado era el presidente del Banco Central.



En Venezuela, el ambiente empresarial ha sido de oligopolios, de competencias y de componendas esencialmente políticas. Dada la riqueza natural del país, el tamaño de algunos de sus resultados, de sus conglomerados y de sus escándalos ha excedido con mucho las proporciones típicas de lo colombiano. Dado su sistema político, no sorprende la tendencia de sus empresarios a prestar atención a los medios masivos de comunicación.



¿Y qué ha pasado en la última década? El sector privado venezolano ha sido sacudido por una serie de cambios y crisis, empezando con las reformas de Carlos Andrés Pérez. En alto grado, por lo menos ha sobrevivido. Con las privatizaciones, incluso ha crecido. Ha vivido las sorpresas de uno que otro genuino, no subsidiado y no especulativo éxito exportador. Han regresado a trabajar en sus predios, antes exclusivos, los inversionistas extranjeros y aún los colombianos.



¿Y qué tal el lado colombiano de nuestra hipotética convergencia? Tal vez este país se ha venezolanizado un poco. El derecho-deber de consumir mercancías importadas, que en el pasado fue casi un artículo de la Constitución venezolana, ha invadido a Colombia, sustituyendo paulatinamente el viejo derecho-deber de contrabandear, que agoniza en los gritos de los sanandresitos. También los jefes de nuestros conglomerados exhiben en años recientes tendencias a comportarse de manera más venezolana, en su más alto perfil en las sombras, en sus intereses en los medios de comunicación, en su indiferencia a los gremios formales, en cierto afán de ser más políticos.



La presencia de Colombia en Venezuela ha sido casi siempre más visible que la venezolana en Colombia (decir casi es un deber: recordemos la independencia). Mientras la presencia de tanto colombiano a veces preocupa al venezolano, es más bien la ausencia del venezolano lo que debe preocupar al colombiano. Pero en cualquier proceso de integración, la vía es en ambas direcciones y los ejecutivos que llenan los ya muy frecuentes vuelos entre los dos países reflejan un intercambio de costumbres y de experiencias que no va sólo de aquí hacia allá.
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