Opinión

  • | 2004/01/23 00:00

    Contravía

    En los últimos meses el gobierno y el Banco de la República hicieron exactamente lo contrario de lo que había solicitado el Presidente Uribe.

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Cuando empezaba a hacerme a la idea de una economía aburrida, como suele ser la de cualquier país bien manejado, me doy cuenta de que era una falsa alarma. Los medios bullen de noticias sobre protestas de los exportadores, operaciones de intervención del Banco de la República en el mercado cambiario y reuniones de emergencia del Presidente con su equipo económico. Y todo porque el peso se apreció frente al dólar, en términos reales (esto es, ajustando por los efectos de la inflación colombiana y la de Estados Unidos) cosa de 8% durante el último año.

¿Por qué el barullo? ¿Qué de malo tiene un peso fuerte? ¿No es esa, acaso, la situación con la que sueñan muchos países? Lo único malo con el aparente vigor del peso es que no corresponde a una fortaleza real. Sus alardes son fieros de borracho, en medio de una rasca producida por haber tomado muchos capitales golondrinas y préstamos para el gobierno. De ella solo quedará el guayabo. O algo peor, si sigue tomando.

Insisto, la fortaleza del peso no es real. Nada en la situación o las perspectivas de la balanza de pagos autoriza a pensar que el vigor del peso tenga fundamentos sólidos. Seguimos con un déficit en la balanza de pagos, que financiamos a crédito, aunque ya estamos endeudados más de la cuenta. Y eso ocurre cuando todavía los precios del petróleo están por las nubes, cuando aún faltan unos años para que nos convirtamos en importadores de hidrocarburos y cuando estamos negociando a las carreras un tratado bilateral con Estados Unidos, cuyo efecto más seguro será un aumento explosivo de las importaciones.

Es cierto que Colombia recibe hoy cuantiosos ingresos por concepto de remesas de trabajadores. Pero no es cierto que la caída del dólar se explique por esos ingresos. Las entradas por remesas en los últimos meses, cuando el dólar se desplomó, no fueron muy diferentes de las de un año atrás, cuando la devaluación iba disparada y muchos preveían un dólar por encima de $3.000 a pocos meses vista. La apreciación del peso frente al dólar se explica por entradas de capitales.

Parte de esos capitales son los llamados "golondrinas", que hoy vuelan a Colombia, y a muchos otros países, atraídos por el exceso de las tasas de interés locales sobre las externas, para invertirse en activos líquidos, y listos a salir en desbandada apenas cambien las circunstancias. Que no tengan como destino exclusivo a Colombia no justifica limitarse a mirarlos. La medida más eficaz para disuadir esas entradas sería reducir la tasa de interés, como hizo Chile hace dos semanas. Entiendo que el Banco de la República no quiera reducir la tasa mientras no tenga noticias más tranquilizadoras en el frente de los precios pero me parece que, si el entusiasmo de las golondrinas se mantiene, esa acabará siendo la única opción eficaz.

Sin embargo, en Colombia hay otra importante fuente de revaluación del peso: desde hace mucho rato el gobierno no ha pagado un solo dólar de amortizaciones o intereses de deuda externa que no le hayan financiado con más crédito. Ese aumento sin fin del endeudamiento externo le permite reducir a casi nada su demanda de dólares en el mercado cambiario, contribuye a que el precio del dólar siga cuesta abajo, y casi fuerza al Emisor a comprar dólares y acumular reservas para evitar un desplome de la cotización.

Confieso no tener idea sobre las razones que llevan al gobierno a preferir elevar la deuda externa a la interna, y pedir que el Banco de la República acumule reservas internacionales para atenuar la caída del dólar. Este país tiene mala memoria, pero ya es el colmo. ¿Acaso nadie recuerda que hace menos de tres meses el Presidente Uribe alborotó la opinión económica cuando pidió exactamente lo contrario, esto es, que se usaran reservas internacionales superfluas para prepagar deuda externa?
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